Debemos asumir que estamos intentando transitar un cambio de rumbo. Pasando de más de 8 décadas de creciente anormalidad hacia una Argentina estable y normal. En este marco, una de las principales dudas que hay en el país es si el poder adquisitivo local del dólar será mayor o menor en el futuro que lo que fue en el pasado.
Lo primero es entender que, en Argentina, las monedas extranjeras tienen usos que no tienen en los países estables. Dado que tenemos una moneda que ha perdido mucho valor a lo largo de casi toda su historia y, por eso, no la usamos para ahorrar. Para ello, buscamos una que no se deprecie tanto, es decir, el dólar. Así que, por esto, la demanda de divisas extranjeras de los argentinos es mayor que en un país normal y es lógico que aquí tenga un mayor precio que en aquellos. Por otro lado, hemos sido fugadores de capitales netos, dada la gran incertidumbre en la que, casi siempre, hemos vivido. Cuando los argentinos vemos venir nubarrones negros, aquellos que pueden, empiezan a ahorrar y a armar un “colchoncito”, comprando dólares, para morigerar el impacto negativo en el bienestar económico en su familia de una eventual crisis.
Como vimos en el párrafo anterior, hay muchos otros factores por los que hemos demandado más divisas extranjeras que en otros países normales; por lo que no debería sorprendernos que tienda a valer relativamente mucho más aquí. Es decir, que sea muy alto el poder de compra del dólar en términos de lo que es argentino. La mala noticia es que el principal costo local es nuestro trabajo; por eso nos hemos empobrecido relativamente durante tantas décadas. Los bienes que componen nuestra canasta básica de consumo se comercializan internacionalmente; por lo que su precio depende del valor del tipo de cambio. Así que, cuanto más alto el poder adquisitivo del dólar, menos podemos comprar de ellos la mayoría de los argentinos.
Ahora, ¿qué pasará si logramos volvernos un país normal? Ahorraremos en la moneda local, como pasa en todas las economías con baja inflación, y desaparecerá un factor de demanda de divisas del exterior. También, dejaremos de usarlas como cobertura del alto riesgo argentino, que ya no existirá; por lo que deberían perder aún más valor y comprar menos localmente. Si encima le sumamos que empezamos a tener un ingreso de capitales para ahorrar, prestar o invertir en nuestro país, se incrementará la oferta de dólares y la merma del poder adquisitivo del dólar se profundizará.
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Por eso, en la medida que Argentina tiende a ir hacia la normalidad, deja de tener sentido comparar el actual valor del tipo de cambio con los que hubo en promedio en el pasado. Ese fue un pasado de anormalidad creciente y, también, lo fue en la demanda de divisas extranjeras. Sin embargo, eso es lo que muchos vienen haciendo porque no asumieron que hay un cambio de rumbo y que puede ser exitoso.
Si lo es, eso significará que nuestros ingresos aumentarán respecto a todos los bienes y servicios que se comercializan internacionalmente; porque su valor depende del dólar, cuyo poder adquisitivo local baja. Es decir, disminuirá el precio de casi todos los que son consumos básicos y, por ende, determinan los niveles de pobreza. Esto es muy bueno; porque el objetivo prioritario de cualquier política económica tiene que ser sacar a la gente de la pobreza. Objetivo que, hasta ahora, se ha logrado y hay que tratar de que se sostenga en el tiempo.
Riesgos de forzar una devaluación
Por eso, hay que resistir los cantos de sirena de los que piden que el Banco Central devalúe el peso. Ya vivimos el resultado en términos de empobrecimiento de la gente que eso significaría. Desde mediados del año pasado, cuando los argentinos vemos venir nubes de tormenta, como la creciente incertidumbre preelectoral de 2025, tendemos a bajar fuerte nuestra demanda de pesos. Cuando eso pasa con cualquier bien o servicio, su precio baja. Eso es lo que sucedió con nuestra moneda: perdió poder adquisitivo, lo cual se reflejó inmediatamente en el mercado cambiario. Sin embargo, lleva hasta 9 meses que impacte en el conjunto de los bienes y servicios de la economía, que también cotizan en pesos. Al principio, un conjunto cada vez mayor de ellos va reflejando esa baja de la unidad de cuenta.
Cuando los que quedan por hacerlo son cada vez menos, empieza la desaceleración de la inflación, en la medida que no se haya sumado alguna nueva depreciación de la moneda. Por eso, vimos una tendencia ascendente de la suba de precios al consumidor hasta febrero, que vino a complicarse con la guerra en Irán, por la suba del precio de los combustibles que gestó en marzo. Si el petróleo deja de subir en el mundo, veremos que la inflación empezará a perder dinamismo; ya que, desde las elecciones, el peso se ha mantenido muy estable. O sea, no se está gestando nueva inflación. Las mediciones privadas semanales están dando que eso ya viene ocurriendo en abril. Por supuesto que, si los hidrocarburos suben aún más, habrá que prepararse para un nuevo impacto alcista en los valores de la energía.
Es cierto que debe haber una estrategia clara y explícita para eliminar las restricciones del cepo que quedan. Pero, supongamos que, sin avanzar en dichas medidas, el BCRA empezara a depreciar nuestra moneda emitiendo de más para comprar dólares, como muchos hoy piden. ¿Qué pasaría? Pues, ya lo contamos: antes de las elecciones, el dólar superó los $1.500, debido a la caída de la demanda de pesos de la gente, que dejó excedente de pesos que terminaron bajando su valor.
La única diferencia es que ahora el que generaría ese exceso sería el BCRA aumentando la cantidad de moneda local. Entonces, veremos que dicha depreciación, primero, hace subir las divisas extranjeras y que, luego, impacta en los precios de los bienes que dependen del tipo de cambio. Es decir, todos los que pueden comprarse o venderse en el exterior y que son los que cubren la mayor proporción de la canasta de consumo de los más pobres.
Así que estos últimos y, también, el resto de los argentinos terminaremos transfiriéndoles ingresos a los que producen ese tipo de productos. También ganará el BCRA, que habrá comprado divisas con el impuesto inflacionario que nos habrá cobrado a todos. La mala noticia es que, pasados unos meses, la depreciación de la divisa local se habrá reflejado en todos los restantes bienes y servicios. Entonces, volveremos a estar hablando de “atraso cambiario” y reclamando nuevas devaluaciones. Cómo termina esa historia, también ya lo sufrimos demasiadas veces. Mal para la gran mayoría de los argentinos.
Economista y director de la Fundación “Libertad y Progreso”
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