Charles Bukowski (1920-1994) se instaló entre los grandes escritores universales con "Cartero", "Mujeres", "Factótum", "La senda del perdedor" y "Pulp". Todas novelas publicadas cuando ya había pasado las cinco décadas de vida. Exponente del "realismo sucio", sus historias indagan en la pobreza, las adicciones y la marginalidad de Los Ángeles. Sin embargo, diez años antes de esa etapa, creó las obras que le dieron un lugar entre los poetas más destacados de Estados Unidos. Escribió decenas de libros de poemas y se ganó la fama de ser "el último poeta maldito". Una de las más recientes colecciones póstumas en publicarse es "Gatos", de Ediciones Continente.
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El título no deja lugar a la duda y el libro efectivamente es una recopilación de poemas sobre felinos, con algún que otro fragmento de narrativa y varias fotos suyas junto a sus mascotas. Pero más que sobre gatos, sus versos hablan de su relación con esos animales, la cotidianeidad de la convivencia. Un Bukowski sensible descubre en ellos la compañía ideal, el descanso de la ansiedad y una clara identificación.
Cuando estoy abatido me basta mirar a mis gatos para recuperar el ánimo.
Se compara con ellos y encuentra afinidades espirituales:
ninguno de los dos comprendemos las catedrales ni al hombre que riega el césped afuera
A través de diversos episodios que involucran a sus mascotas, Bukowski deja entrever una autobiografía que habla de sus años finales, su vejez, la escritura, la consagración, el alcohol y la vida hogareña. En "Mi gato el escritor", cuenta como Ting se pasea mientras él intenta escribir.
se sienta y me observa teclear. he colocado la copa de vino y la botella al otro lado de la máquina de escribir.
Los gatos entran en su vida, lo seducen y se empiezan a acumular. Al principio es sólo uno y hacia el final del libro ya habla de nueve. Los adora y los envidia. "En mi próxima vida quiero ser gato. Dormir 20 horas al día y que me den de comer. Pasarme el día lamiéndome el culo. Los humanos son demasiado miserables e iracundos y siempre están haciendo cosas", confiesa.
En esos años cómodos de su ancianidad, Bukowski ve un reflejo de su juventud despreocupada, independiente, pendenciera. Tal vez como hubiese querido que le sucediera a él, protege esa naturaleza y acumula gatos callejeros, ariscos algunos, los que más admira. Los gatos son un recuerdo nostálgico de sus propios vagabundeos, abandonados por una vida sedentaria y burguesa en la californiana San Pedro.
En un poema que no figura en la colección, pero que bien podría haber estado, Bukowski se enfrenta al fin de la vida y en un testamento de amor a quien será su viuda establece una analogía con sus queridos animales:
esperando la muerte como a un gato que va a saltar sobre la cama
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