El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Pudo haber oposición, desdeños, hasta desprecios como fue el caso de Fernando de la Rúa, pero ningún otro «anti» muy exacerbado contra ningún otro presidente de la Nación en años, incluidos los militares. El nuevo «anti-Kirchner» fuerte, que se observa con pena hoy en el panorama nacional, quizá vaya camino a tener semejanza con el «antiperonismo» de hace 60 años, aun cuando se trate de dos figuras tan dispares. Perón era menos democrático, igualmente anticlerical pero no de izquierda y tenía carisma personal capaz de convocar a multitudes.
Desde ya los «anti», con iracundia extremizada, son los menos dentro de quienes no comparten hoy ideas con el gobierno pero el fenómeno, cada día más perceptible, tiene derivaciones electorales importantes en este momento. Por caso, en la Capital Federal están volcándose votos que claramente apoyarían a Mauricio Macri, si estuviera en juego administrar la Ciudad, hacia Elisa Carrió a quien ven más incisiva y capaz de causar más molestia hoy al gobierno -o en el futuro en el Congreso- que el hombre que hoy preside el club Boca.
Es cierto -y a este diario le consta, no de encuestas truchas ni de las del gobierno que publican en diarios oficiales como el monopolio «Clarín»- que la titular del ARI en muchos sectores igualó y en otros pocos aún supera a Mauricio Macri.
Personas conspicuas de centroderecha que no comparten nada con Néstor Kirchner admiten su voto a Carrió con la paradoja de coincidir así con el marxismo de un Horacio Verbitsky que también desea el triunfo de Carrió y no de Macri, si no es posible el del candidato oficialista Rafael Bielsa. Por supuesto ese ideólogo de izquierda, tan dentro del gobierno, aspira desde siempre a extirpar las ideas de liberalismo, iniciativa privada, apertura económica y ve que eso lo representa Macri y no Elisa Carrió aunque ésta se proclame «liberal de izquierda» en su
Periodistas de este diario que hacían encuestas este domingo entre la hinchada de Racing recibieron más agresiones por el clima enrarecido que tras encuestar entre barrios de emergencia de extrema pobreza.
Parecido fenómeno al capitalino se da en la provincia de Buenos Aires: muchos «anti-Kirchner» exacerbados, que normalmente no aceptarían el populismo tradicional de los Duhalde y votarían a Ricardo López Murphy, confiesan a los periodistas intención de voto hacia Chiche, también por creer que dañará más al matrimonio gobernante. También es evidente que influye contra este político de centroderecha que quienes lo apoyarían sienten que no tendrá fiscales suficientes para defender sus votos en el complicado territorio bonaerense donde quizá podrán contrarrestarse entre sí los dos aparatos políticos grandes, el duhaldista y el kirchnerista, pero quedan indefensos los restantes partidos.
El hecho de que sean sólo elecciones legislativas -no a Presidente, gobernadores e intendentes que llevan a meditar más el voto- favorece estos desplazamientos políticos. En la tradición argentina «las legislativas» nunca han sido muy valoradas y de ahí la baja calidad de parlamentarios que el país ha tenido en años recientes. En 1973, en Capital Federal, para senador en ballottage se votó a Fernando de la Rúa para frenar el impresionante triunfo de Juan Perón. En 1961, también en Capital se admiraba el desarrollo de la Argentina que había encaminado el presidente Arturo Frondizi, pero se le votó a senador a Alfredo Palacios, un prócer del socialismo pero de 85 años que había debutado como senador en 1904, casi 60 años antes. En 1962 al exitoso Frondizi se le votó en la provincia de Buenos Aires como gobernador al sindicalista Andrés Framini, casi una broma política de un país con época de prosperidad. El hecho costó el derrocamiento por los militares del propio Frondizi.
Aparte del efecto electoral inmediato merece ser meditado que otra consecuencia trae que una oposición normal derive, aunque sea en sectores, en un demasiado prematuro y duro «antikirchnerismo».
Desde ya no es bueno. Nunca lo es cuando el cotejo de ideas políticas llega a extremos. La Argentina tiene pasado nutrido de experiencias de ese tipo que costaron golpes militares, exilios, represiones dolorosas, cárceles, asesinatos, atentados.
Hoy por hoy el gobierno Kirchner no alteró demasiado las formalidades democráticas ni castigó más que con palabras agresivas, algunos silenciamientos inducidos o pérdida de algún dinero a quienes no le agradan, que considera muchos algunos por el simple hecho de haber gobernado antes. Nadie diría que la actual es una gestión de «conciliación nacional», ni muchos menos cuando el Presidente y su esposa prácticamente no conocen otra forma de discurso que no sea el agresivo.
El revanchismo hacia los '70, considerando sólo la crueldad de las muertes de la represión pero ignorando las de la subversión, también genera rencores. Aunque se ubique entre los que hablan cuando los sacan -como aquel ministro Gustavo Béliz- el juez de la Corte Antonio Boggiano dijo cosas muy duras sobre este mirar la historia sólo con un ojo, el izquierdo (ver recuadro en esta página). Que se haya volcado en la provincia de La Rioja el reconocido como más costoso operativo de donaciones por habitante de todo el país para tratar de impedir que el ex presidente Carlos Menem gane como máximo una simple senaduría habla también de esa iracundia extremizada en el propio gobierno hacia sus adversarios. En definitiva este riojano que obsesiona al Presidente fue un presidente constitucional que enfrentó levantamientos militares (el del coronel Mohamed Seineldín, por caso) y tuvo cinco años de prisión durante el Proceso militar que gobernó el país desde 1976.
Encolerizarse con militares que reprimieron y también con víctimas reprimidas, aunque sean hoy adversarios políticos, no habla de coherencia oficial en la iracundia propia que irradia.
De más está decir que el tono del proselitismo político desde los Kirchner -con imputaciones de «mafioso» y de «narcotraficante» por el piquetero oficialista D'Elía- contra Eduardo Duhalde, que les facilitó el acceso al poder, tampoco mejora la calidad ni el nivel del debate político.
El Presidente tiene algo que para algunos es cualidad: disminuye casi hasta agotar su agresividad cuando el rival deja de serlo. Carlos Reutemann sobrellevó en 2003, en la campaña presidencial, un discurso despiadado de Cristina Kirchner en Santa Fe y hoy es uno de los favoritos del matrimonio hasta mencionárselo como posible futuro canciller. Lo mismo José Manuel de la Sota, banqueros, empresarios.
Claro, la democracia con cotejo de ideas en nivel de respetabilidad mutua para que haya adversarios y no enemigos no se puede construir en base a postraciones. Ni podemos caer en aquella frase de un militar: «Cuando hablo la única interrupción que acepto es el aplauso».
Dejá tu comentario