Duhalde aquí, "duhaldismo" allá
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Pero algo totalmente aparte de ese sinceramiento es el «duhaldismo», un grupo de políticos mayoritariamente bonaerenses -los hay de otras provincias, como Jorge Yoma hoy, y de otros partidos, como Leopoldo Moreau, radical, por caso- que sí alientan el quedantismo en el poder, brindaron un apoyo en el Congreso a la reforma de la ley de partidos políticos ya con la intención solapada de luego hacerle vetar a Duhalde -y lo hizo-el punto 4 de reforma del artículo 29 bis (el que en la sanción original del Congreso prohibió a afiliados de un partido votar en la interna de otro). Hubo, entonces, un «plan duhaldista» no de Duhalde, de hacer fraudulentas las internas a las que se convocaba. Por eso se cae ahora en el absurdo de que este decreto del Presidente restituye el artículo de la ley que antes el mismo presidente de la Nación había vetado. En el camino queda la derrota del tenebroso accionar del «duhaldismo» aun contra el mismo Duhalde en quien escuda su accionar.
No imaginemos que ese «duhaldismo» se va a ir en soledad a rumiar su traspié. La única chance de mantener poder, ingresos y resguardos contra un accionar judicial futuro estará todavía en los «padrones partidarios» adulterados y falseados.
Chiche ¿es Duhalde como esposa y mujer política o integra el «duhaldismo»? Digamos que los cabecillas de este «ismo» la usan e incitan, es obvio.
• Confesiones
«No soy un hombre que le guste lo social ni los viajes como a Menem. Si gano más horas por día me voy a mi casa. Veo a mis hijos, mis nietos, un poco de televisión, poco. Me gusta estar con amigos, pescar, algún juego, tomar mate, irme unos días de descanso», le confesó en un largo almuerzo en intimidad, hace unos meses, el actual Presidente a dos hombres de este diario.
No le creímos mucho entonces. Hoy más, viendo el accionar de ese «duhaldismo» al cual desespera para sus ambiciones tal modo de ser del mandatario.
Chiche Duhalde es más difícil de definir. Hay dos aspectos que parecen claros. Uno es que no le agrada tanto la tranquilidad que ansía su esposo porque realmente ama la asistencia social. El otro nítido es que no tiene la menor idea de cómo su asistencialismo exacerbado puede dañar al mismo conjunto social que quiere proteger. Por ejemplo, aumentando extremadamente los déficit del Estado -nacional o provincial, indistintamente-impulsando así lo que ocurrió en diciembre: el estallido del país que casi triplicó, inevitablemente, la pobreza, que ella tanto buscaba combatir. Esto obliga a más ayuda asistencial que significa más déficit, más emisión de moneda espuria, por tanto más inflación de precios. Y más pobreza. Un círculo imparable.
Tampoco entiende la señora que la dádiva indiscriminada atenta contra la cultura del trabajo y que los argentinos -en realidad cualquier país del mundo, aunque aquí mucho más-se acostumbran a tales dádivas y merman el esfuerzo propio.
Que si da libremente el gobierno 2 millones de planes Jefas y Jefes de Hogar ya le piden tres. Y si les da tres le pedirán cinco.
Hay instituciones asistenciales contra algún tipo de enfermedad que ha sido superada mundialmente por el avance de la medicina moderna pero que sus fundadores/as se niegan a disolverlas o volcarse a otra enfermedad que sí necesita colaboración porque son un mal grave, como el sida, el medio ambiente afectado, extinción de especies, etc. Pero, a lo mejor, no se puede actuar a media hora de donde se vive...
Chiche Duhalde necesitará siempre que haya pobres para su necesidad de asistir, menos de ser sólo «primera dama». Por eso, porque ama con sinceridad su accionar y lo hace bien. Con autoridad, enfrentándose a intereses políticos zonales, sin llevarse fotógrafos oficiales para que difundan su abnegación, algo que hasta Eva Perón ejecutaba (inclusive adulterando imágenes como la famosa del reloj de la Plaza de los Ingleses de fondo marcando las 12 de la noche en que se retiraba de su tarea y en un auto iluminado en su interior para una «instantánea»). Dejemos a Evita porque similar tipo de foto se hizo tomar el norteamericano Paul O'Neill cuando visitó el país.
Chiche siente, aunque se equivoque, lo que hace. Y un país no debería en el futuro aunque su esposo deje el poder, desperdiciar este tipo de mujer aunque, eso sí, la destrozarán los celos.
Un ejemplo de su fuerza: los Duhalde donaron a la provincia su quinta «Don Tomás» en San Vicente. La Gobernación nunca hizo nada. Chiche la acaba de retomar y se la ha cedido gratuitamente a la Fundación Felices los Niños del padre Julio Grassi que comenzará a atender en setiembre también allí a niños pobres de la zona. Es comprensible y racional la decisión. Este sacerdote católico alimenta con 4 comidas al día y aloja a un niño carenciado con $ 60 por mes ($ 2 por día) mientras que por la burocracia de empleados públicos en los establecimientos del Estado lo mismo cuesta $ 200 por mes por chico.
También Chiche Duhalde ha tenido la valentía de denunciar algo típico argentino: disputa por espacios hasta en asistir a los pobres. El Ejército -que sólo alimenta por $ 4,50 por día a un carenciadodisputa con la iglesia católica mantener comedores públicos a carenciados, agregándose en la puja la izquierda que --también pensando en sus fines-no quiere que las Fuerzas Armadas tengan buena imagen en la población.
El asistencialismo, sus reales necesidades -ciertas en gran parte y más en esta crisis-y también la demagogia en la Argentina es un tema aún pendiente de análisis a fondo. Las pujas por asistir me hacen acordar a un caso que viví hace 10 años (en una Argentina aún sin crisis terminal). Ayudaba económicamente a una escuela en Gral. Las Heras (provincia de Buenos Aires). Un día me pidieron una camioneta. Fui a averiguar para qué: me explicaron que así podían abarcar un radio más amplio para traer chicos a estudiar... y le sacaban alumnos a otra escuela.
Volvamos al principio. Del asistencialismo de Chiche Duhalde, de su desesperación genuina de no poder ejercerlo más desde el llano político se aprovecha, como del Presidente, el «duhaldismo», los dueños del «aparato partidario bonaerense».
Con el decreto de internas de ayer perdieron una batalla. Sólo una batalla.




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