Bob Woodward fue uno de los dos famosos periodistas norteamericanos que con la denuncia del caso Watergate hicieron renunciar a un presidente norteamericano, Richard Nixon. Cuando hace unos años visitó la Argentina para una serie de notas -invitado por la revista «Noticias»-, dijo que, «viendo el decaimiento y hacinamiento en hospitales, no necesitaba conocer por ejemplo las oficinas judiciales argentinas porque en los países, salvo diferencias de tiempo circunstanciales, los elementos de una sociedad tienden a igualarse». Es cierto el concepto pero también extensible a los aspectos humanos. Con sólo ver de los argentinos la agresividad en el tránsito, el desprecio a las normas de circulación y el descuido por la vida ajena cuando se está frente a un volante, no cuesta mucho deducir cómo son nuestros ciudadanos como contribuyentes impositivos, como hinchas de fútbol, como pagadores de alimentos en divorcios, como opositores en política o mirar la televisión para conocer la calidad de nuestros programas.
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Estamos acercándonos a San Pablo en cantidad de secuestros pero aquí es mucho peor por la agresividad latente. El delincuente brasileño no balea, con rencor innecesario, a la víctima que logra zafar de su intento delictivo cuando el lucro ambicionado está perdido por la huida.
Salvo que admitamos los males que tenemos -o que se lo haga en procura de corrección a la par de los propios-, no es correcto generalizar carencias sectoriales de otros desde una tribuna pura que no existe.
Viene esto porque esta semana se conoció, al menos los que por obligación profesional leemos todo, un artículo del periodista británico radicado desde añares en la Argentina, James Neilson, acusando de «irracionales» a los políticos candidatos a presidente de la Nación en marzo Adolfo Rodríguez Saá, Carlos Menem y Lilita Carrió.
Neilson, que años atrás tuvo destacada actuación en el diario «The Buenos Aires Herald» en la época de su esplendor por denunciar permanentemente -cuando lo dirigía Robert Cox- los excesos de la represión militar, ha adoptado una forma periodística muy especial. Elabora sus columnas semanales en una revista desde Pinamar -imaginamos que debe seguir radicado allí- sin contacto directo con la realidad argentina. No actos, no conocer a los protagonistas políticos o funcionarios, no recorrer los estratos sociales. Sólo los comunicados y lo que publican los medios para sus deducciones. Quizá alguna visión televisiva y nada más.
En periodismo se puede juzgar -con cierta versación informativa y adecuada capacidad de análisis, obvio- lo que quiere hacer George Bush en Irak, lo que muestra o esconde Lula en Brasil y las perspectivas que se derivarían de su eventual presidencia, por qué se derrumbó la izquierda en Francia y si crean o no desapego al trabajo las políticas asistenciales de la señora Hilda Duhalde. Pero a nadie se le ocurriría, sanamente, deducir de los medios sin invocar fuentes serias las condiciones psicológicas de personas -nada menos- sin conocerlas ni haberlas visto ni entrevistado nunca en su vida. Menos tratarlas de cuerdas absolutas o «irracionales». Ni siquiera se puede con Bill Clinton, que interpretó «diálogos de la vagina» con habanos en la misma histórica Sala Oval de la Casa Blanca.
• Interrogantes
¿Es racional el periodista sin títulos en psicología y/o psiquiatría que, además, diagnostica «demencias» a kilómetros de distancia sin haber entrevistado una vez a «sus enfermos»? Además: ¿se pueden decretar «irracionalidades» desde nuestro periodismo cuando hay editores que han endeudado sus empresas prósperas en 1.700 millones de dólares para satisfacer ideas mesiánicas de «poder desde la prensa» o comprado rotativas, en un país medio, no rico, y en recesión desde hace 4 años como para imprimir juntos por día «The New York Times» y «The Wall Street Journal» con sus casi 2 millones de ejemplares?
Y si miramos con detenimiento: ¿es «racional» Fidel Castro 40 años al frente de Cuba sin elecciones? ¿Lo fueron Hitler, Mussolini y Stalin, que gobernaron décadas sus naciones? ¿Fue «racional» el pueblo próspero y culto de Alemania, que ratificó su histérico y despiadado «Führer» con 82% de los votos en los años '30? Nuestros «candidatos a presidente» -quizá la excepción sea Lilita Carrió con problemas serios de misticismo- son tan «irracionales» como nuestros editores, como nuestros legisladores demagógicos que votan leyes que jamás pueden cumplirse, como nuestros funcionarios actuales que en el siglo XXI creen que se puede vivir aislado del mundo, cuando ya en el pensamiento griego Aristóteles había dicho lo contrario. Los argentinos somos de determinado grado de irracionalidad en conjunto, como se deduce de lo que expresaba Woodward, y si hay alguna excepción sectorial circunstancial en este momento pueden ser deportistas o intelectuales -algunos realmente admirables- pero no, precisamente, el periodismo.
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