26 de septiembre 2003 - 00:00

Solá, frente al peligro de la pérdida de poder

Se priorizó la gestión; fue un gesto de grandeza política; se inaugura un consenso. Esa interpretación es lo que difundió ayer Felipe Solá vía voceros para diluir la sospecha de que la llegada de Juan José Alvarez a su gabinete fue una imposición de Eduardo Duhalde.
Por la mutua desconfianza destilada entre Solá y Alvarez y la inocultable mediación de Duhalde, el desembarco del ex ministro en Buenos Aires empujó al gobernador a la necesidad de explicar las razones profundas del cambio de tener que espantar el fantasma de la intromisión.

Hay una exégesis felipista sobre la elección del nuevo ministro que, afirman los leales al gobernador, fue una decisión exclusiva de Solá. Es la siguiente:

• Juan Pablo Cafiero, sin duda un fiel a Solá, tenía acordado el derecho a elegir el momento para dejar Seguridad. «Juampi» consideró que ante la disminución del índice delictivo era su oportunidad de salir ileso y lo hizo. Eso obligó a Solá a rastrear, con poco tiempo, un reemplazante. Tenía pocas opciones: recurrir a un funcionario con experiencia o «inventar un ministro». Eligió, pensando en la gestión, que lo mejor era lo primero aunque implicara convocar a Alvarez, quien no es precisamente uno de los peronistas que más aprecia. Optó por Alvarez entre dos nombres que le arrimó Duhalde: el otro fue Alfredo Atanasof, por ahora condenado a ser un diputado electo raso.

• Alvarez, a pesar de los toreos con Solá, parece moverse como un dirigente «razonable» que además tiene expectativas políticas. «A él le conviene que le vaya bien como ministro porque quiere ser algo en el futuro y por eso no puede hacer gurkadas», arriesgan; y callan lo obvio: que Alvarez sueña, como otros, con ser gobernador en 2007. Y, en definitiva, tendrá que aprender a convivir con Solá porque «estará a tiro de decreto». Demuestra también «grandeza política» de Solá porque olvida los roces con Alvarez para garantizar una buena gestión en Seguridad.

• Hay otro salmo: Solá estrenó con la inclusión de Alvarez un marco de consenso con Duhalde que no excluye la «natural» confrontación entre ambos por cuestiones puntuales, aunque no sistemática. Y que esa nueva convivencia, pactada entre ambos, supone algún futuro beneficio para el gobernador. «A veces hay que comerse sapos para luego ganar algo», es el criterio, poco feliz con Alvarez, que se repartió ayer en La Plata. ¿Hay una letra chica auspiciosa para Solá que sólo conocen él y Duhalde? Eso dicen, sin detalles, los felipistas y advierten que ver únicamente la inclusión de Alvarez es mirar una foto de una larga película que todavía se está rodando.

• La última observación se basa en la ostentación. Está ligada a la lectura que difundieron sectores del duhaldismo respecto de las implicancias de la designación de Alvarez (como una muestra de poder del ex presidente), a los dichos, poco gratos con Solá, de Duhalde en una entrevista publicada el miércoles y a las quejas de Chiche por la política social bonaerense, sugiriendo incluso a Cafiero (h) como ministro del área, pocas horas antes de que trascienda su salida de Seguridad y su nominación en Desarrollo Humano. Ante eso, los felipistas manotean una frase: «Si Duhalde efectivamente tuviera el poder que se atribuye, no necesita mostrarlo».

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