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No se lo justifica ya en la necesidad de crearse un poder que le llegó menguado por las circunstancias políticas. Se empieza a creer que habría actuado con la misma iracundia ganando una elección normal.
«Rebelde sano», como lo definiera Eduardo Duhalde, va dando paso a la idea de hombre violento, irascible, frenado sólo por los instrumentos institucionales en la medida en que no pueda eludirlos. El resultado es que el país se enfrenta a la perspectiva de más de cuatro años de tensión política permanente desde el gobierno, donde cada funcionario, político o figura pública va a estar pensando cuándo le sobrevendrá un encontronazo de tono violento con el primer magistrado. Si esto sucede en un país donde cada ciudadano, además, vive en libertad condicional, pensando cuándo lo secuestrarán o lo asaltarán -a él o a algún familiar- o lo matarán al entrar en su casa por sacarle el auto, convengamos que el clima nacional se está tornando irrespirable. Porque también vivimos en crisis económica y estancamiento. Demasiado para un país. Como si lo hubiera orinado un elefante.
En un gobierno normal, el enfrentamiento Kirchner-Scioli se habría resuelto en una comida. La carga de odio que hoy se extiende por la Avenida de Mayo desde la Casa Rosada hasta el Congreso, con ramificaciones al edificio del Ejército y al de Tribunales, hace que toda contradicción se agrave institucionalmente. ¿Cómo se pondrá este presidente si de las nueve elecciones provinciales próximas no surgen los candidatos a los que él apuesta su apoyo? ¿Cómo se vivirá en el país si, en el caso contrario, le salen electos los que él sostiene, dada su forma de ser?
Es probable que si a Daniel Scioli le ofrecieran rebobinar la última semana para volverla a vivir, en la nueva edición no aparecerían sus declaraciones sobre el inevitable aumento de tarifas de servicios públicos, ni sobre la seriedad o frivolidad de los países que anulan leyes (hay pocos: la Argentina también es fundadora de este club de un solo socio, ya que en el resto del planeta las leyes las «anulan» los jueces; ni siquiera eso: las declaran «inconstitucionales», es decir, contradictorias con una norma superior, pero no «nulas» en sí mismas). Es casi seguro que Scioli no está conforme con el papel que esas declaraciones le hacen jugar en la pieza. Por varias razones. La primera de ellas, que cuando habló no midió las consecuencias. Es cierto, no es fácil medir las reacciones de un presidente que es capaz de sacrificar el equilibrio general de su gestión por prestar demasiada atención a los detalles. El vicepresidente no estaba en condiciones de prever una reacción desaforada como la de Kirchner. Si porque alguien habló de más decide exonerarle a todos sus funcionarios en la administración, ¿qué hubiera hecho este presidente si hubiese tenido para sí todo el poder del Estado y del otro lado lo amenazara la insurgencia armada?
Scioli advirtió que «le sacaron hasta el banquito», como decía el memorable «Ringo» Bonavena para describir la soledad del boxeador en el comienzo de la pelea. Ni los empresarios que le llenaron la cabeza con el retraso de las tarifas y con la agresividad del gobierno hacia sus compañías, ni los dirigentes y especialistas sensatos que le hicieron ver el disparate (y, sobre todo, el peligro) que anida en un país que decide «anular» leyes, hicieron sonar ahora su voz. ¿Lo harán en los días que siguen? Scioli fue solista de un coro mudo y se vio ayer en la votación en el Senado. Duhalde y Chiche se resisten a subir al mismo ring. Buena parte de la clase dirigente argentina prefiere hoy silenciar sus objeciones ante un gobierno que se recuesta en un número que se invoca pero en el que ya nadie cree: 80% de popularidad, que parece relevar de la obligación de justificar racionalmente sus decisiones al presidente Kirchner. Ya conoció la Argentina fenómenos de este tipo: con la misma lógica plebiscitaria de presuntas mayorías no constatables. Se hizo desaparecer a personas, se amplió la Corte Suprema, se abrió y extranjerizó la economía de manera desenfrenada, se desplazó a Isabel Perón y se estableció la reelección presidencial, corriendo con la vaina de un plebiscito. Kirchner no se parece en nada a los enemigos a los que quiere combatir, salvo en el método. Hay una tercera razón que hace sentir incómodo a Scioli que, en la dimensión de su biografía individual, debe ser la más gravitante: el entredicho en el que se ha involucrado lo convierte decididamente en un político. Hasta ahora era bastante difícil determinar a qué se contraponía la figura de Scioli: su rol no pasó el de ser una figura de atractivo electoral pero de poca densidad política. Sus eslóganes, «Trabajo, trabajo, trabajo», «Hay que poner el hombro para sacar el país adelante» y frases por el estilo; o su especialización, el turismo y el deporte, no lo corrieron demasiado de su imagen originaria de campeón deportivo. La sociedad política lo está examinando por primera vez como el protagonista de un conflicto y, como se sabe, no hay política si no hay conflicto. Scioli está en medio de un examen al cabo del cual la opinión pública determinará si lo quiere o no como parte del elenco de los que pueden llegar a gobernarla. Cada uno de sus gestos (si ratifica lo que dijo, si se enardece más de lo debido, si se resigna o no a hacer amansadoras en la antesala presidencial como el martes) será observado desde este punto de vista y es posible que esto también lo haga estar inquieto con la dirección que tomó su relación con Kirchner.
Sin embargo, sería un error pensar que Scioli está solo en la escena. Los que le retiraron el banquito existen, están en un rincón deseando que gane. Es probable que el primero en advertirlo haya sido el Presidente y que la desproporción de su reacción se deba a eso. Kirchner distingue algunas sombras que se mueven detrás de Scioli tal vez más que el propio Scioli.
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