Como los sindicalistas, los otrora guerrilleros uruguayos de los '60 y '70 lo eran más por ideología que por cualquier resentimiento fruto de ambicionar riqueza y cargos oficiales que se repartían históricamente el partido Blanco y el Colorado. En relación con la Argentina se parecían mucho más a nuestros subversivos del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), prácticamente extinguidos tras ser fuertemente ideologizados bajo el mando de Los «montoneros» fueron más fruto del resentimiento personal que de la ideología. De hecho provenían del nacionalismo católico y luego aparecieron algunos jóvenes líricos y los marxistas pero «a la criolla», o sea burgueses en cuanto tuvieran oportunidad de tomar cargos y manejar dinero.
Por eso no es fácil -ni conveniente- juzgar los procesos políticos uruguayos con la óptica argentina. En primer lugar la calidad de la clase política uruguaya por décadas, ya lo hemos dicho, ha sido superior a la nuestra. Digamos que durante la Segunda Guerra Mundial la mayoría uruguaya apoyaba a los aliados cuando los núcleos gobernantes argentinos apostaban al triunfo nazi. Conocieron después la dictadura y perdieron la democracia cuando hubo que combatir una guerrilla con fuerte ideología mientras nosotros -innovadores para mal- ya perdíamos las libertades, los parlamentos libres y la prensa independiente en los años '50.
El ideólogo de izquierda aunque errado, con relación al resentido del mismo lado, aporta al menos la ventaja para su patria de que puede rotar ideas.
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