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Para dar una idea de la magnitud, debe tenerse en cuenta que en su pico del año 2000, el valor total de las acciones de las empresas cotizantes en la Bolsa de Nueva York alcanzaba a los 15 trillones de dólares estadounidenses. Hoy el mismo valor alcanza a 9 trillones.
Obviamente, este impacto no puede ser asignado exclusivamente al efecto de estos colapsos, sino que ellos se insertan dentro de un contexto estructural coadyuvante al desplome de los mercados accionarios en general. Las consecuencias: cientos de miles de empleos perdidos, personas retiradas que han visto evaporarse gran parte de sus ahorros; ejecutivos, bancos, analistas, auditores, abogados, políticos y reguladores desprestigiados; una de las grandes firmas de auditoría pulverizada y, lo peor de todo, fundamentalmente en los Estados Unidos, la fenomenal pérdida de credibilidad sobre algunos de los íconos del sistema capitalista, la empresa, y los conceptos de ética en los negocios y responsabilidad individual, lo que tomará largo tiempo reconstituir.
Académicos, empresarios y reguladores están tratando de llegar a una conclusión sobre lo que ocurrió y las formas de minimizar la posibilidad de que hechos similares vuelvan a ocurrir. Sin embargo, no se debe pensar que hay unos pocos factores causales y que corrigiéndolos el peligro quedará eliminado. Los factores son muchos y complejos y complicada es su solución. Y siempre debe tenerse en cuenta lo que el profesor
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