El ex alto funcionario argentino estaba sentado frente a Anoop Singh, que lo había convocado. Este, de repente, dijo: «Lo que el presidente Duhalde debería hacer es lograr que la Corte Suprema no dicte más resoluciones financieras hasta que asuma el próximo gobierno».
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Ante la mirada sorprendida del argentino, el indio bajó la vista y hasta se percibió un ligero rubor en su tez morena. En definitiva, el director del Departamento Hemisferio Occidental del FMI y el más interiorizado de la crisis argentina había sacado, desde sus vísceras, un exabrupto antidemocrático que atenacea y molesta por igual a casi todos los expertos internacionales que han debido tratar en los últimos 11 meses el «caso argentino»: elucubran pensamientos y formulan propuestas que jamás se atreverían ni a pensar y menos formular en los propios países donde son connacionales o, al menos, se desempeñan. ¿Se le ocurre a alguien imaginar que Anne Krueger, también elevada funcionaria del Fondo, diría que el presidente George W. Bush debería presionar a la Corte Suprema de Estados Unidos para que se inmovilice por un tiempo?
La misma molestia que Anoop Singh tiene consigo por lo que le viene a la mente le su-cede a la propia Krueger, a Paul O'Neill, al titular del Fondo, Horst Köhler. Y desde ya al experto y ex titular del banco central alemán Hans Tietmeyer cuando lanzó aquel no menos brutal exabrupto de que «la Argentina se convirtió en un país insignificante y su futuro seguirá siendo insignificante». No debía estar refiriéndose, sin duda, al hecho objetivo de que hasta la crisis del año 1930 nuestro país representaba, por el volumen de sus exportaciones, 3% del comercio internacional y hoy apenas 0,4%.
Se expresan con dureza en sus declaraciones públicas y aún privadas como desahogo por la molestia que tienen frente al «caso argentino» y cuando maldicen por haber quedado involucrados en él. El contraste de su hábitat operativo natural con la crudeza del subdesarrollo los descoloca.
No ignoran todos estos influyentes internacionales que, pese a no contar con acuerdo y ayuda del Fondo en 11 meses -algo no común en este tipo de crisis en emergentes y sólo comparable, quizá, al caso de la crisis de Malasia-la economía argentina milagrosamente está sobreviviendo. Y no mal.
Saben que pese a una brutal devaluación de 275%, la inflación acumulada en el año del país sólo se limita a 40% con tendencia a reducir, por ahora, el guarismo mensual; que sin contar con tal acuerdo del Fondo el público local ya ha retornado a los bancos más de 3.500 millones de dólares, en su equivalente en pesos, en depósitos libres saneando considerablemente a esas entidades; que hay bancos que han comenzado a dar créditos y comercios particulares que también lo hacen, por su cuenta al menos, en 3 cuotas; que habrá un superávit comercial que rondará los 15.000 millones de dólares, absolutamente inédito en la Argentina, que es bastante más porque el INDEC no registra en sus estadísticas la «exportación hormiga» de miles y miles de compras que realizan los turistas vecinos o el contrabando por las fronteras con camiones, esta vez hacia afuera, por la amplia devaluación del peso; que la pérdida del salario real frente a la crisis no supera, entonces, 40% que debe considerarse modesto frente a tremendo colapso; que 65% de los perjudicados por el «corralito» ya han logrado la liberación de sus fondos y que sólo un promedio de 6% o 7% retira los que estaban inmovilizados dejando el resto en los propios bancos a los que antes insultaban y agredían por la retención forzada; que el índice de desocupación tiende a estabilizarse alto, es verdad, pero apenas superando 22% -el que alguna vez tuvieron España y Chile, por ejemplo, sin estar en similar crisis terminal- cuando se pronosticaba no menos de 30% frente a la magnitud del estallido económico de diciembre pasado; que las reservas del país se mantienen en un nivel aceptable de 9.400 millones de dólares pese a no haber recibido ninguna ayuda externa y, al contrario, haber satisfecho pagos internacionales a organismos por 3.800 millones de dólares; que sin existir un sistema financiero normal desde hace casi un año los bancos en el país son más sanos que hace un par de años, por caso, cuando pagaban cualquier tasa al público sin problemas porque luego le prestaban al Estado casi al doble, haciendo una ganancia fácil aparentemente sin riesgo ni costos de analizar balances como se hace con el crédito a privados, y ahora no pueden hacer esa «bicicleta financiera» porque deben competir con la renta de las Letras del Banco Central (Lebac), pagando más alto para recomponer sus carteras de depósitos; cuando el sistema cambiario también es mucho más sano que antes porque es casi inexistente el mercado negro del dólar -limitado casi a evasores impositivos- y no deja el actual tipo de cambio margen de ganancia para la entrada y salida de capitales especulativos «golondrina» que azotaron a la Argentina con ganancias rápidas y enviadas al exterior en los últimos años cuando no había ningún control de cambios; que tampoco la especulación o algún temor interno presionan la paridad cambiaria, salvo circunstancialmente por asustados con mal cálculo desde el mismo momento en que el «colchón» de la devaluación fue tan alto con su 275% -algo que sucedió espontáneo pero que responde a la más pura ortodoxia económica de mantener en emergentes tipo de cambio elevado sin que lo hubieran dispuesto liberales librecambistas-; que lo único que cabe esperar es alza de precios internos escalonada y por tanto menos dolorosa pero no del dólar, salvo alguna barrabasada oficial, como vaticinaron, erróneamente, muchos «gurús» financieros; que saludablemente para la Argentina se revirtió la tendencia de décadas y hoy más que sacar capitales al exterior, donde las rentabilidades son muy bajas por la recesión mundial, conviene liquidar afuera -caso de departamentos en Miami, por ejemplo, costosísimos de mantener con este dólar local a $ 3,78- y traer divisas para mejor uso y mucha más rentabilidad en pesos (llega hasta 5% mensual) en el propio país de origen; que no se haya dado la emisión descontrolada de moneda que se temía; ni las huelgas generales que se suponían; ni los saqueos y masacres en las calles -dejemos de lado la inseguridad y los hechos forzados por ideologías de izquierda- que se calculaban como espontáneos; que se pueda brindar planes asistenciales por 300 millones de pesos por mes sin ningún aporte externo ni emisión desbordada; que hayan comenzado a funcionar de nuevo empresas paralizadas (de zapatos, curtiembres, vitivinícolas, frigoríficas, etc.) que son hoy las grandes acusadoras sobre aquella ficticia convertibilidad de 1 a 1 que salvó un momento crítico en los comienzos de los '90, pero se prolongó innecesariamente en el tiempo; que mes a mes mejore la recaudación impositiva aunque montada sobre la inflación, pero ésta no fue tanta como se imaginaba; que se haya roto el mito de que los argentinos «sólo piensan en términos de dólar» cuando los que aun sigan en eso -que son muchos- pierdan en relación con los que hoy «piensan en pesos» porque internamente les rinde más y si es más difícil viajar al exterior nunca esto puede ser una preocupación acuciante de un país y más si la devaluación nos está llenando de divisas de turistas extranjeros.
Se podría decir mucho más de este no «milagro argentino», porque no tiene un sustento económico real, pero sí de «sorpresa de una Argentina» en default con acreedores privados y próxima, quizá, a estarlo con organismos internacionales de crédito. Ese florecimiento en el mismo abismo es lo que deja perplejo e irrita al mundo que esperaba un destrozo del país tal que la Nación debería llegar arrastrándose a mendigar ayuda internacional. Y no lo hace.
No sería justo el análisis si no se reconociera que ese pasarla mucho mejor de lo que se auguraba para tanta crisis tiene en la Argentina sustento económico irreal. Por caso, si no devolvemos el capital ni pagamos los intereses (unos 15.000 millones de dólares anuales) de una deuda externa ya de 145.000 millones de dólares no es de ningún genio manejar la Economía, aunque el ministro del ramo Roberto Lavagna haya resultado de los más inteligentes de los últimos años en el cargo, algo que tampoco se suponía cuando fue designado. Más hazaña en un gobierno tan poco coherente como el del duhaldismo. Además, se apropió este gobierno de fondos internos («corralito» y «corralón») por no menos de 30.000 millones de dólares. «Así es fácil ser ministro», pueden pensar muchos, con razón.
También la tienen los que dicen que este bienestar pasable en comparación con la gravedad del momento se basa en la olla a presión a punto de estallido que significa el elevado retraso de las tarifas de los servicios públicos, que cuando se empiecen a nivelar -algo que necesariamente tendrá que ocurrir- la gente sentirá muy fuerte, entonces sí, el estacionamiento salarial que hoy sobrelleva. Que vendrá todo lo que hoy está contenido por la tapa de esa olla como los pedidos de aumento salarial, las huelgas, el encarecimiento de los planes asistenciales, la emisión, inflación más acelerada, etc. Además se habrá acentuado la desinversión en todo el aparato productivo privado del país y en la calidad de los mismos servicios públicos. O sea que estamos pagando el menor sufrimiento actual hipotecando el futuro con una Argentina de menor calidad y dejándole la sobrecarga de bonos y deudas a saldar a millones de futuros argentinos hoy niños o por nacer. Es cierto. Pero para ese momento el gobierno Duhalde le habrá dejado la olla a presión y el futuro incierto al próximo gobierno. Eso por un lado.
Por el otro -es lo que tanto desespera a expertos y organismos internacionales- está el hecho de que el «no pagar nada» del gobierno argentino actual como sistema para no agudizar los males presentes puede ser imitado por otras naciones. ¿Por qué no por Lula, el casi seguro futuro presidente de Brasil? Y el vecino país tiene 250.000 millones de dólares de deuda pública.
Además hay otras consecuencias políticas que igualmente alarman a los organismos y expertos internacionales. Si con el «no pagar ni saldar nada» no le va tan mal al duhaldismo, ¿cómo se hará para enfrentar a un presidente que podría ser Adolfo Rodríguez Saá que cree con más convicción en lo mismo? ¿Cómo hará otro potencial presidente como Carlos Menem o el mismo Ricardo López Murphy si encaran los ajustes clásicos del Fondo para recibir ayuda si la opinión pública argentina contrastará inevitablemente con lo menos que hoy padece por «no pagar» cuando se decida hacerlo? El buen pasar de la familia del que delinque siempre es una carga molesta para el jefe de familia que trata de mantenerse honrado. Y hasta puede volvérsele insobrellevable.
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