- ámbito
- Portada Principal
Libro con investigación seria y lograda biografía
Será presentado hoy el libro "Timerman" de la periodista e investigadora Graciela Mochkofsky. Es una obra valiosa por tratarse de las más objetivas que se haya escrito sobre el período subversión-antisubversión en los años '70. En función de la biografía del periodista y famoso editor ya fallecido realiza una investigación muy amplia (le llevó 5 años) que le sirve para describir una época que por su edad no vivió lo cual le facilita la objetividad.

A 3 meses de asumir los militares del Proceso realizaba -junto con el «Herald» y ante el silencio de todos los restantes medios- una de las grandes audacias de esa época de dictadura: tenía una sección especial en «La Opinión» para publicar los hábeas corpus por los desaparecidos aunque los jueces los descartaban. Seis meses después de eso sufría detención, torturas, dos años y medio preso y luego el exilio.
• Audacias
También Timerman fue de audacias al límite, como en el caso de la desaparición y posterior asesinato del senador uruguayo y periodista Zelmar Michelini, que integraba la redacción de «La Opinión». Se jugó así porque era un redactor de su diario y ya había sido audaz al tomarlo siendo un hombre de extraordinaria cultura y de izquierda, que no habría podido ingresar, en su exilio, a otros diarios de Buenos Aires.
Inevitablemente también estaba predestinado a moverse en el límite porque era director pero también periodista, mientras que la mayoría del resto de los que conducían diarios no lo era. Es una cuestión decisiva para observar la conducta de los medios. Que uno entrara a trabajar en «La Opinión» implicaba automáticamente informar opinando, algo que expone mucho más en dictaduras que el periodismo informativo aséptico. Timerman siempre hizo ese periodismo con opinión que lo implicaba de hecho en la gestión de golpes de Estado y lo expuso luego al odio de los militares triunfadores de esos golpes, algo que no ocurría con la otra prensa que en toda época -aún hoy- mantiene armonía con el que va a caer sin jugarse, complacencia con quienes estaban gestando los golpes, aunque disimulada e insípida, y finalmente obsecuencia con el que gana. Pero nadie habría comprendido ni comprado un medio de prensa no jugado en opiniones. Esa fue la base de su triunfo y su karma.
El gran valor del libro es mostrar bien, con rigor, todo eso, así como la cantidad de testimonios de entrevistados y documentos consultados para fundamentar hechos y mostrar la época. Es una obra con transcripciones muy fuertes sobre políticos, periodistas, militares y medios de prensa tradicionales que hoy siguen editándose con olvido de muchas bajezas cometidas.
Jacobo Timerman (1923-1999) fue envidiado y odiado por sus éxitos y porque muchas mediocridades quedaban en evidencia. Hubo quienes lo traicionaron y hasta se alegraron con su prisión, sin pensar que tras las torturas y las rejas, y a raíz de ellas, se encumbraría más aún.
Hay personajes de época disminuidos, aunque pocos, porque en el libro predomina la objetividad. Por caso, aquel excepcional periodista que fue Heriberto Khan, dueño de una pluma magnífica. Su nota (no citada por Mochkofsky, lamentablemente) sobre el ministro de Trabajo Otero, de Isabel Perón, corriendo para pegarle a José López Rega alrededor de la mesa de gabinete de la Casa Rosada, hizo llegar a 100.000 ejemplares la venta de «La Opinión», nivel excepcional en un diario que no daba ni información de fúnebres, ni hípicas, ni de farmacias de turno, con casi nada de clasificados. Khan fue artífice en denunciar los horrores de la temible «Triple A» y clave para la renuncia y abandono del país de López Rega. Pero Khan, murió fulminado por un feroz cáncer de páncreas, a sólo 6 meses del inicio del Proceso militar en 1976 (tenía apenas 31 años). No pudo aportar su testimonio y en el libro lo referencian sólo otros poco creíbles, caso de algunos que declararon contra Timerman preso aguijoneados por los militares que lo detuvieron.
A su vez hay otros sobredimensionados como Jorge «Abrasha» Rotenberg, que aportó datos al libro -también escribió uno propio- pero sólo fue un contable por años valioso a Jacobo. Rotenberg un día creyó que podría sustituirlo como director y le exigía más participaciones accionarias en «La Opinión». Se fue a España durante los 6 años cruciales y más temibles de la dictadura militar, inclusive durante los dos y medio que Timerman pasó preso.
Aporta mucho el libro en algo que durante años se discutió con apasionamiento: si la detención de Jacobo Timerman por los militares fue fundamentalmente un acto de antisemitismo en la Argentina -siempre lo sostuvo el propio Timerman- o fue por un hecho desgraciado como haber fundado su diario con ayuda financiera de alguien que luego -es importante que haya sido «después»- terminó vinculándose a los Montoneros, como fue el fallecido banquero David Graiver. Timerman debió asumir -lo ocultó en su libro más famoso, «Preso sin nombre, celda sin número- que la vinculación con Graiver fue fatal para él. Sobre todo innecesaria, porque «La Opinión» fue tal éxito económico que nunca habría necesitado un capitalista de afuera. Tenía buena rentabilidad pero aceleró demasiado los tiempos y con plata requerida de ese discutido financista en menos de 2 años tenía edificio y taller de impresión propios. Así lo pagó. A «Clarín», por caso, le llevó 15 años tener rotativas propias de impresión.
• Desconfianza
El antisemitismo no era mayor en el país que en otros, incluido Estados Unidos, reconocen serios opinantes en el libro. Desde ya los militares tienen desconfianza sobre los judíos. Hoy, sin poder, también la tienen y si no recuérdese el reciente episodio del general kirchnerista Roberto Bendini. Timerman fue preso, en primer lugar, por tener un diario que no podía volverse neutro y no opinar en épocas sin libertad de prensa y con medios claudicantes. En segundo lugar, porque tuvo la desgracia impensada de financiarse demasiado para su creación sin necesitarlo con alguien que evidentemente operó con dinero mal habido de Montoneros a partir de que le secuestraron a su padre y transó con ellos, llegando a consejero y operador de sus fondos. En tercer lugar, fue preso porque los militares sabían que la restante prensa que lo envidiaba y hasta lo despreciaba no lo defendería. Y así fue. Pero Timerman centró todas sus desgracias en el antisemitismo y provocó un escándalo internacional que, aunque en eso no tenía razón, puso a los militares antidemocráticos mundialmente tan a la defensiva que quizá con esa actitud salvó su vida.
Falta en el libro, al describir al personaje central, su permanente preocupación por el dinero. En página 45 tiene el hallazgo de palabras clave de Timerman en sus comienzos: «Voy a cumplir 30 años. Estoy cansado de ser pobre. No lo soporto».
No hay que engañarse en esto. Este creador original de medios de prensa, aunque el libro no refleje bien ese aspecto, lo hizo para ganar dinero, para no ser pobre; «la pobreza lo anclaba en el inmigrante ruso». Vivía cuidando sus empresas, vendiendo sus participaciones para hacerse una diferencia, parando las periódicas olas de izquierdismo que querían hacer la «revolución del proletariado» desde la redacción de un diario. Defendió el dinero hasta el final de su vida para que Raúl Alfonsín lo indemnizara -y lo hizo- desde el Estado por todo lo que le habían expropiado los militares en «La Opinión» y su imprenta. Eso le permitió un buen pasar en los últimos años.
• Complicación
Lo que le complicó siempre la vida y sus planes -aunque en el balance le aportó al país- fue que se mezclara su afán de buen burgués, que buscaba confort y prestigio, con su talento de periodista de gran inteligencia pero imparablemente confrontativo. No podía hacer periodismo sólo con fines comerciales. Una vez que creaba un medio duro, conflictivo, trataba de mantenerlo así -o le era inevitable hacerlo- pero esforzándose porque fuera duradero y rentable. No poseía otros negocios y hacía periodismo para ganar poder. Tenía el poder de los medios denunciativos que fundaba y desde ellos quería hacer negocio. Muy difícil: le duraban poco porque nunca optó por hacer predominar el negocio.
Nació con ese talento para expresarse. Hizo poemas y una novela, pero no trascendió por ello. Se destacó por audacia, por la polémica frente a una tradición de prensa conservadora, conducida por herederos de los fundadores originales. Por eso impactó, descolló.
Para los jóvenes que se inician en periodismo esta obra de Graciela Mochkofsky tiene también enseñanzas que la autora transcribe bien. Es el caso, entre otros del libro, cuando la universidad norteamericana de Columbia decide otorgarle a Timerman, ya liberado y exiliado, el prestigioso Premio Mundial para Periodistas Maria Moors Cabot. Los argentinos que lo habían recibido antes se sintieron «humillados e indignados» y anunciaron, en represalia, como lo hizo Ernestina Herrera de Noble de «Clarín» (el diario apoyaba la dictadura militar por muchos favores recibidos) que «retirarían sus premios Moors Cabot de los lugares en que los exhibían». Bartolomé Mitre, de «La Nación» (diario que también apoyaba la dictadura y fue beneficiado junto con «Clarín» por los militares con el otorgamiento de la empresa Papel Prensa) llegó a denunciar «un complot» en la decisión de premiar a Timerman de la Universidad de Columbia, «sorprendida por agentes de una operación internacional». ¿Sionista? ¡Lo más curioso es que cuestionaban el importante premio a un periodista de vocación quienes no lo eran y llegaban a dirigir medios por tradición, herencia o viudez! Era el caso de la misma Ernestina de Noble y de Bartolomé Mitre, Máximo Gainza de «La Prensa», Diana de Massot de «Nueva Provincia» de Bahía Blanca (directora también por viudez), Jorge Remonda de «La Voz del Interior» de Córdoba (que tras enriquecerse vendió todo el diario), Elena de Valmaggia (también viuda de un gran periodista de «La Nación»).
Hubo otros opositores pero de distinto grado de dignidad. Raúl Kraiselburd, de «El Día» de La Plata, y Enrique Jara, subdirector de «La Opinión» al cierre por los militares, que históricamente expresaron su arrepentimiento por haber atacado en su momento a Timerman, según consigna el libro. Otros, como Juan Carlos Colombres (Landrú), eran auténticos hombres de prensa con el Moors Cabot pero tenían ofensas justificadas por vincular a Timerman con la caída del presidente Arturo Illia -sin duda el hecho más deplorable de su vida- y al asumir el general Onganía le cerró su revista «Tía Vicenta». Landrú fue un opositor limpio de Jacobo: cuando éste asumió, ya en sus años finales, la conducción de «La Razón» renunció en el acto a seguir allí. Otro opositor digno fue Manfred Schönfeld, periodista de «La Prensa», que alguna vez merecerá también una biografía bien escrita porque fue un hombre de prensa modelo y casi nadie lo recuerda. Schönfeld escribió que los jueces se sentaban a ver cómo torturaban a detenidos. Produjo una conmoción, lo atacaron y le sangraron el rostro a golpes (famosa fotografía de entonces), lo atacaron desde la ultraderecha. Pero ni el «gordo» Schönfeld ni la prensa argentina habían entrado en la degradación actual de escrachar en los diarios a personas sin pruebas o antes de que se haya expedido la Justicia a la cual intimidan. Schönfeld dio el nombre del juez en tal actitud. Se comprobó que era cierto y éste fue destituido.
• Buena prueba
Sin atarse a extremos ni ponerse los anteojos ideológicos se puede desentrañar mucho del pasado reciente en lo reflejado en la prensa, fundamentalmente los diarios por su mayor seriedad, porque dejan constancia escrita de sus opiniones. Esta obra de Mochkofsky es buena prueba de ello al describir a Jacobo Timerman.
En definitiva, la vida de un hombre es un balance entre lo que aportó y lo que falló. Al creador de «Primera Plana», «Confirmado» y «La Opinión», también del comentario político incisivo como «Pese al hermetismo», al que recorrió el mundo denunciando atrocidades en la Argentina, al que forjó cantidad de periodistas como no se recuerda en otro director de medios, al que enseño a escribir informando y opinando hasta en el título, al que sobrellevó 2 años y medio de torturas y prisión, el balance le da salvo a favor. Surge claro de este libro.


Dejá tu comentario