Con estos cambios nació un nuevo estilo de liderazgo que dio paso a nuevas formas de hacer política y entender la cultura de la región. Juan Domingo Perón y su joven esposa Eva llevaron a Argentina la política de masas. Su combinación carismática de acionalismo y populismo supo llegar a los trabajadores desposeídos, los descamisados, y dominó la política argentina durante 40 años, pese a la temprana muerte de Eva y al exilio de Perón. En Brasil, Getúlio Vargas forjó una potente coalición política que incluyó tanto a los empresarios como a los trabajadores y que sobrevivió el sorprendente suicidio del propio Vargas hasta la década de los sesenta.
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En la esfera cultural, América Latina también experimentó una efervescencia creativa en la música, el cine y las artes. La samba brasileña arrasó en todo el mundo, como luego harían los ritmos te-ñidos de jazz de la bossa-ova. Aquella fue también la época de oro del cine mexicano, que exhibía el talento de estrellas como Mario Moreno Cantinflas, uno de los grandes cómicos mundiales de todos los tiempos. Sus personajes encarnaban la interesante mezcla social de aquellos tiempos, el pobre y desarraigado urbanita que sobrevive al borde de la ley gracias a sus recursos picarescos.
Tal vez el símbolo más poderoso del afán latinoamericano por reinventarse quedó plasmado en una ciudad: Brasília, la flamante y resplandeciente capital de Brasil, fundada en medio de la jungla en 1960. Con ella, el presidente Juscelino Kubitschek anunció que el futuro del país se encontraba en sí mismo, en su vasto interior.
Para algunos, sin embargo, esta visión de América Latina era un espejismo que disfrazaba las desigualdades cada vez mayores entre una minoría rica y una gran mayoría pobre. Decepcionado con la corrupción y los fracasos del peronismo, y tras presenciar el derrocamiento, con ayuda orteamericana, del gobierno izquierdista de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, el estudiante de odontología argentino Ernesto Guevara, conocido en todo el mundo como el Ché, se entregó a la rebelión armada. Dirigidos por Fidel Castro, el Ché y una banda heterogénea de revolucionarios entraron en La Habana en 1959 y dieron un vuelco a la Historia. Estados U idos había dominado Cuba desde principios de siglo, pero Castro confiscó las propiedades extranjeras, alineó La Habana con Moscú, invitó a los soviéticos a colocar sus misiles en Cuba, lo cual estuvo a punto de provocar una guerra nuclear, e inspiró a toda una generación de izquierdistas latinoamericanos a tomar las armas.
Desde cualquier punto de vista, los movimientos guerrilleros urbanos y rurales de la década de los sesenta y principios de los setenta fueron un desastre. U o tras otro, los gobiernos democráticamente elegidos de la región fuero derrocados y sustituidos por regímenes militares. Decenas de miles de personas murieron o desaparecieron , algunos a manos de los insurgentes izquierdistas y la vasta mayoría en la ofensiva contra ellos. Casi al comienzo de esta fase el propio Ché fue localizado y asesinado e Bolivia en 1967. La memorable fotografía de su cuerpo, expuesto tras la muerte, serviría como el triste recuerdo de aquella época si o tuviera tantas otras imágenes con las que competir: el suicidio del presidente chileno Salvador Allende y el bombardeo del Palacio de La Moneda por las fuerzas del general Augusto Pinochet; las madres de la Plaza de Mayo en Buenos Aires con las fotografías de sus familiares desaparecidos; el cuerpo del arzobispo Oscar Arnulfo Romero, asesinado en El Salvador en 1980.
Las cicatrices de aquellas guerras civiles ideológicas comienzan a sanar poco a poco. Los regímenes militares han dado paso a nuevas democracias. Algunos líderes militares están siendo juzgados por abusos cometidos durante su mandato y la violencia revolucionaria ha sido desacreditada casi en todas partes (con excepción de Colombia). Ha acido u nuevo tipo de organización insurgente, como los Zapatistas mexicanos, que está perfeccionando una rebelión armada no violenta y busca impulsar sus objetivos mediante la tecnología y la utilización de los medios de comunicación.
Vivimos en un mundo en que la tecología ha acortado las distancias, las economías se han abierto al comercio global y las migraciones han cambiado las viejas definiciones de ciudadanía. Han surgido nuevas batallas para atraer la imaginación de nuestras sociedades; la protección del medio ambiente, por un lado, o los derechos de los pueblos indígenas, por otro. En sustitución de las confrontaciones dogmáticas de épocas anteriores, el pragmatismo domina el discurso social. Resulta al mismo tiempo profundamente irónico e irresistiblemente esperanzador que la mayor revolución ocurrida en América Latina desde Fidel fuera la elección de Vicente Fox en México, quien logró romper con 70 años de dominio absoluto del PRI y lo hizo sin violencia . Al volver la vista atrás sobre estos extraordinarios 60 años (alentadores, devastadores, sorpre de tes, gratificantes), estamos conmemorando uestra historia. Y nos volvemos para mirar hacia el futuro. -Alberto Vourvoulias-Bush
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