La fila de hombres, en su mayoría de saco y corbata, y mujeres de trajecito mide más de media cuadra. Cualquiera que pasa por el lugar podría pensar que se trata de un anuncio de requerimiento de empleados para cubrir un puesto en una reconocida empresa corporativa. Pero no, son todos adeptos al after office, una modalidad de esparcimiento que reúne a mitad de semana a jóvenes ejecutivos, empresarios y empleados en general, deseosos de distenderse luego de la jornada laboral.
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Inicios de happy hour
Esta tendencia, que en sus orígenes apareció como el happy hour (dos bebidas al precio de una) comenzó a tomar fuerza en el entonces reducido circuito de bares irlandeses, como The Shamrock, The Kilkenny o Down Town Matías. Era una copia de lo que podía suceder en cualquier bar de Londres, Dublín, o en España, con los tradicionales tapeos. En aquel entonces la cerveza aparecía como la gran vedette, especialmente la negra, amarga e importada. El señuelo del grueso de los boliches para tentar a cientos de miles de jóvenes es grande: horario de matiné, happy hour y entrada libre hasta las 22. Algunos sólo permiten el ingreso con traje o elegante sport. Los menús para cenar van desde las informales pizzas y sándwiches hasta el sushi, aunque muchos tienen la opción de la carta. «La mayoría de mis amigos están cansados de las salidas de fin de semana, donde prácticamente está todo abarrotado, en los boliches no entra un alfiler. Un after office te permite cortar la rutina, distenderte, escuchar música, relacionarte con gente de tu mismo ámbito y edad, e incluso hacer negocios. Pero sobre todo te permite volver a casa temprano. Un viernes o sábado eso es impensado, no volvés hasta las seis de la mañana. Muchos locales bailables recién se ponen buenos pasada la medianoche», cuenta Pablo Badía, un abogado de 27 años que vuelve cada miércoles a Museum, un local ubicado sobre la calle Perú que desde hace cinco años reúne a más de dos mil personas.
Shows en vivo
Sebastián Barceló es el responsable de organizar la movida del lugar, que hace poco incorporó shows en vivo a su ya tradicional happy hour. «Vinieron Los Pericos y Los Twist, la semana que viene canta Virus, el 17 de setiembre nos visitan Los Cafres, y estamos cerrando con Los Auténticos Decadentes», relata Barceló. Museum, como la mayoría de los boliches que trabajan el after office, abre a las 19 y baja la persiana poco después de las dos de la madrugada. Museum es un edificio histórico construido a principios del novecientos como depósito de cereales. Pero una vez que uno traspasa la puerta, el lugar impresiona. El espacio es enorme, sobresalen los balcones que llegan a los tres pisos de altura, de donde todavía cuelgan las roldanas utilizadas para bajar y subir los sacos de harina. Hernán Tissera es uno de los socios propietarios de Telmo Chillout, un moderno bar anclado en la esquina de Defensa y San Juan que ofrece coctelería, picadas, pizzas, empanadas y buena música. El local funciona desde hace seis meses, todos los fines de semana, para fiestas y eventos, pero desde hace muy poco comenzó a apostar los miércoles y jueves al after office. Por su arquitectura, decoración y estilo de vanguardia, Telmo Chillout bien podría formar parte del paisaje de Palermo, Belgrano o Recoleta, pero sus dueños eligieron San Telmo «para diferenciarse del resto», asegura Tissera, quien confiesa que la idea inicial era abrir un negocio para eventos, pero que con el tiempo fue mutando hasta ganar terreno en el mercado corporativo. Como otros colegas que trabajan en la zona, este joven empresario afirma que San Telmo es ideal para trabajar con los turistas extranjeros, que llegan en gran número para disfrutar de una modalidad que en sus países hace furor.
Tour por la city
Hay agencias, como Big Night Out, que trasladan a los turistas foráneos en combis y los llevan a recorrer distintos bares. «Se encuentran en un punto de referencia, los llevan a tres pubs y después a bailar», afirma Tissera. Las palabras de este hombre cobran fuerza cuando uno ingresa a cualquier bar del barrio más viejo de Buenos Aires. Allí, australianos, ingleses, estadounidenses y muchos latinos (sobre todo brasileños) se mezclan con porteños y argentinos del interior del país curiosos por conocer un mundo para algunos desconocido. «Tengo amigos que ni siquiera tienen trabajo, pero se ponen el traje para ir a los after office», reconoce Ariel Martínez entre carcajadas. «Y en el trabajo hay una regla: si ves a un tipo ojeroso, pálido, que toma dos litros de café, es una fija que la noche anterior estuvo pululando por algún bar porteño». Este contador, de 31 años, que trabaja en la zona de Tribunales, se anima a confesar lo que muchos no: «Hay que reconocer que también es un ámbito propicio para conseguir pareja, históricamente fue así», concluye, antes de aclarar que en los after office «no se intercambian números telefónicos, sino tarjetas personales». Atentos a este fenómeno, algunas empresas comenzaron a organizar fiestas y eventos after office para sus empleados. El objetivo es claro: la fidelización, la integración y el agasajo a los trabajadores por logros obtenidos. Otras optaron por una modalidad similar, pero decidieron integrar también a sus clientes. Las invitaciones se cursan por mail, o a través del departamento de relaciones públicas.
Modalidad for export
Hernán Tissera vivió en Madrid y habla de su experiencia: «Allá es furor, es costumbre cualquier día de la semana juntarse a las seis de la tarde para ir de tapas. En la zona de Huertas son cinco cuadras a la redonda repleta de bares, donde se juntan los trabajadores del casco histórico a comer tapas y a tomar cerveza, pero hay tres grandes diferencias con nuestros after offices: a las diez de la noche no queda nadie, no hay baile, y nadie piensa en ir a conquistar mujeres. La onda es verse con los compañeros de oficina y amigos en un lugar más distendido», argumenta Tissera. Unos bailan, otros cantan. Algunos se pasan la noche sentados a la misma mesa hasta el horario de la retirada. Frente al espejo del baño, un coqueto pelirrojo se peina, mientras acomoda su corbata rosa que combina con una camisa blanca y un impecable traje negro de una marca italiana. Otros dos muchachos esperan su turno. Nadie parece preocupado por el hecho de que pocas horas después comienza un nuevo día de trabajo.
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