Los Lapania (Eduardo en la foto) confían en el poderío de la marca argentina por su vinculación con el fútbol, las mujeres lindas, la carne y el polo, entre otras
cosas.
"Siempre existió el concepto de que el vino argentino es muy bueno. Hay vinos buenos y otros muy buenos, pero todavía la industria argentina tiene que trabajar mucho para tener una calidad media, uniforme, sin grandes altibajos, y se está progresando mucho en eso. También tenemos el concepto de que los vinos argentinos son muy conocidos en el mundo, lo que tampoco es cierto. Recién en los últimos años comenzó a ocupar un lugar particular en las góndolas de los negocios de Europa y Estados Unidos. Antes, el vino argentino aparecía en 'otros países', mientras que Chile y Australia tenían su sector especial. Pero confío en la marca argentina porque tiene un poderío propio: significa fútbol, carne, polo, tango, mujeres lindas. Contaba un amigo, ex embajador en Estados Unidos, que cuando él visitaba a un senador o diputado lo único que le podía llevar como obsequio era una botella de vino, porque es algo que se puede poner en la mesa, se puede compartir. El vino es un buen embajador de la Argentina, y eso va a hacer que siga creciendo el mercado externo», considera Eduardo Lapania, una de las tantas personas que absorbió el concepto de que «en la vida hay que cambiar tres o cuatro veces de profesión, porque si no podía llegar a ser muy aburrida». Entonces estudió geología, fue investigador científico, trabajó en la industria petrolera y hasta estuvo en la función pública hasta convertirse en CEO de Don Cristóbal 1492, bodega mendocina, de corte familiar, que comenzó mostrándose al mundo y hoy intenta afianzarse en el mercado argentino.
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Las tres carabelas
La bodega comenzó en el 97 con la compra de un viñedo en Mendoza. Luego, en 1999 y en 2000 se adquirieron los dos restantes. Y por si alguien quiere terminar de definir el porqué del nombre de la firma, sólo tiene que tener en cuenta esta particularidad: las fincas se llaman La Niña, La Pinta y Santa María. «Yo no tenía ninguna experiencia previa, pero decidimos instalarnos en Mendoza, porque allí está 70 por ciento de la actividad vitivinícola. Si bien en la Argentina se puede plantar en cualquier lado -si no me equivoco los primeros viñedos, en la época de la colonia, estaban en Quilmes-, por alguna razón Mendoza se ha desarrollado más que otras zonas. Los antepasados se pueden equivocar pero no se pueden equivocar masivamente y durante siglos», asegura Lapania, quien había comenzado su proyecto personal con algunos socios, pero después se hizo cargo de la firma con su familia y hoy trabaja con su hijo, Cristóbal, quien, como economista, se desempeñó durante muchos años en el sistema financiero, hasta que se hizo cargo del desarrollo de la marca a nivel local. Los Lapania consideran que para una marca nueva es mucho más fácil instalarse y crecer en el exterior que localmente, porque en el exterior es «el vino argentino» o «uno de los vinos argentinos», porque ninguna marca tiene una proyección mundial. En cambio en el mercado local las marcas tienen otro peso y lleva más tiempo instalarse. «Existen bodegas muy consolidadas, muy tradicionales, pero si bien en un sentido el consumidor está arraigado, también se encuentran los que están dispuestos a experimentar», afirma Cristóbal y agrega: «salimos al mercado local con algunos productos novedosos, como el verdelho y el bonarda. Intentamos imponernos con cepas que no sean tan tradicionales». Antes de dedicarse a la industria vitivinícola, Eduardo Lapania tenía una relación estrictamente formal con el vino, y tuvo la oportunidad de experimentar distintas variedades cuando vivió en Europa, ese continente al que más tarde ingresó con sus productos. «En el mercado internacional participamos de los tres eventos más reconocidos: las ferias de Burdeos, Dusseldorf y Londres, además de alguna otra exposición en Brasil, Estados Unidos, Japón o Singapur. Aparte de esos grandes eventos, participamos con Wines of Argentine en las giras de degustación». Así es como los Lapania fueron aprendiendo de vinos, adentrándose en este mercado. «Hay cosas que no vamos a aprender nunca porque uno no puede saber de todo. Hay que saber rodearse de gente que sepa, ahí está el arte de la conducción. Pero, de todas formas, tenemos fe en que vamos a progresar. Como muestra basta decir que hace 30 años Louis Vuitton sólo era una fábrica de valijas...»
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