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''Es muy difícil huir del encantamiento de Verona''

a preguntárselo. Ahora, apenas vuelva de poner esa sucursal de la empresa en Nueva Zelanda, va a ser lo primero que le pregunte», se exaltó Cecilia, y todos quedamos intrigados y con un respetuoso silencio que sólo era la forzada espera en busca de saber algo más.
Yo estaba de pasada por Madrid y Juan Manuel de Prada, el destacado novelista autor de «Las máscaras del héroe», me había invitado a una cena en su casa donde reunía a un pequeño grupo de amigos; entre ellos estaba Cecilia, que es editora de modas de una muy conocida revista para mujeres y una mujer de la que es difícil que un hombre aparte la vista por su estrepitosa y bien calculada belleza.
En la sobremesa surgió el tema sobre las «escapadas románticas» que alguna vez habíamos hecho. Y después de algunas humoradas, obviedades y cursilerías, Cecilia irrumpió con aquella declaración. Como ella parecía decidida a no seguir adelante y aclararnos qué era lo que le había sucedido, Carmen, la mujer de Juan Manuel, le rogó; «Cecilia, cuéntanos aunque sea lo que puedas, pero no nos dejes ahogados en curiosidad».
Cecilia sonrió, concediendo, y extendió un vaso que Juan Manuel prontamente llenó de brandy. Lo que siguió fue un relato casi tan inolvidable como lo ocurrido, aunque sea por la envidia que aquello causa en muchísimas mujeres.
«¿Cuántas veces han visto en cine, para no ampliar a teatro, 'Romeo y Julieta'?», nos interrogó. La de Leonardo DiCaprio, dijo Laura. La de Zeffirelli, agregó Adolfo. La de Lubitsch, la de Cukor, la de Renato Castellani, se sumó el cinéfilo de Juan Manuel. Y 'West Side Story', le compitió su mujer. «Muchas», nos detuvo Cecilia con un gesto, «y, ¿nunca soñaron estar frente al famoso balcón donde suspiraban los enamorados?».
Hizo una pausa que me sonó teatral. «Para contarles cómo me engañó Eugenio, me hizo caer como a una campesina, yo debería empezar recordando que Romeo dijo: 'el paraíso está donde vive Julieta', porque un poco de Shakespeare nunca viene mal, ¿no?», rió, desconcertándonos aun más, salvo a aquellos que pensaban que Cecilia ya estaba absolutamente ebria.
«Para empezar fuimos al Gabbia D'Oro, un hotel boutique en un palacio del siglo XVIII, que queda en una de las esquinas de Piazza delle Erbe, que acaso sea el lugar más hospitalario y más bello de la ciudad. Con sus boiseries, sus muebles antiguos, sus cuadros y sus alfombras, comencé a entrar en un universo cada vez más mágico. Eugenio me dijo que no teníamos tiempo para perder y que ya mismo dejara la maleta y me pusiera las zapatillas. Al rato estábamos caminando entre el vocerío alegre de los puesteros de un mercado de frutas y verduras. Veíamos pasar palacios históricos, iglesias de gran belleza y estar acosados por panoramas espectaculares. Le pregunté a Eugenio a qué hora tenía su compromiso; me contestó: 'A dos cuadras'. Estábamos llegando al final de la elegante Via Mazzini y me dijo: 'Antes que nosotros por acá pasaron, como nosotros, Charles Dickens y Paul Valery, no juntos, claro', se echó a reír. De pronto, me hizo girar a la derecha y haciendo un gesto versallesco, me dice: 'Bienvenida al palacio de la familia Capuleto', y tomándome la mano me arrastra junto a una estatua de Julieta, donde había una chica que estaba meta tocarle la teta derecha. Lo miré extrañada. 'Trae buena suerte en el amor', me explicó. Y cuando puse mi mano sobre el seno de Julieta, Eugenio puso su mano sobre la mía». La emoción pareció invadir a Cecilia, que turbada extendió su vaso rogando más brandy.
«Al mediodía me mostró el restorán más bello de la ciudad, Il Desco, que está pegadito a la casa de Julieta, pero tomándome del brazo me susurró: 'Demasiado para turistas'. Tenía una mesita reservada en la Antica Bottega del Vino. Pidió dos bianchettos, que son unas copas colmadas de vino blanco, y brindamos. Yo comí el risotto all'amarone (arroz cocinado al vino tinto) y Eugenio el bigoli con sugo d'anatra (pasta con huevos en salsa de pato). '¿Y tu compromiso?' 'Es éste'. Salimos a caminar lentamente, tomados de la mano, por la maravillosa ciudad. Fue como si resonaran en mis oídos las palabras que Shakespeare puso en boca del viejo Capuleto: 'Anda, muchacha, échate a andar por la bella Verona'. Yo pensé que andábamos al azar, pero él no, él tenía todo planeado. Me llevó al Cortile del Mercato Vecchio, pasamos por la Scala della Ragione, una escalera gótica de dos tramos, que lleva al Palazzo della Ragione o al Mercato Vecchio. No sé las vueltas que dimos, yo estaba encandilada y desorientada. Lo cierto es que de pronto empezamos a mirar las vidrieras de los negocios de la Via Mazzini y ahí cometió la vulgaridad más absoluta, la torpeza más absoluta, me hace entrar en una joyería donde tenía señados dos anillos... Este es uno», Cecilia señaló el que llevaba en el dedo anular de la mano izquierda, y luego como para sí misma, susurró: «Es difícil huir del encantamiento de Verona, mejor no se asomen».
Apuró un trago y agregó: «Esa noche, como era obvio, fuimos al Arena de Verona, ese majestuoso anfiteatro de los tiempos de Cristo, y esa vez, para que todo fuera más completamente cursi, cantaba Andrea Bocelli, y yo como una tonta no dejaba de estar abrazada a ese tramposo de Eugenio, que me la había preparado bien preparada», y compuso una falsa cara de bronca que hizo que todos nos echáramos a reír, y las mujeres presentes no dejaran de estar verdes de envidia.


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