3 de junio 2005 - 00:00

España por la ruta del Cid Campeador

El mítico Cid Campeador realizó una ruta de destierro que, además de estar en los libros de textos, hoy se ha incorporado a las guías de viajero por la belleza de los lugares que ofrece el recorrido por Burgos, Soria, Guadalajara y Castejón de Henares.
El mítico Cid Campeador realizó una ruta de destierro que, además de estar en los libros de textos, hoy se ha incorporado a las guías de viajero por la belleza de los lugares que ofrece el recorrido por Burgos, Soria, Guadalajara y Castejón de Henares.
Despierta el Cid de buena maña na en su primera noche de destierro acampado en la glera, a las puertas de Burgos. Todo parece un sueño. A su alrededor ve a su mesnada fiel que le sigue en su marcha y al otro lado del puente, sobre el río Arlanzón, aún la ciudad. Las imágenes retornan a la memoria y recuerda el juramento al que sometió a Alfonso V y que le ha valido el destierro. La realidad vuelve a caer sobre los hombros del caballero, de nuevo arma su montura -su fiel Babieca- y levanta el campamento rumbo a otras tierras.

Así comienza a peregrinar el Mío Cid, y hoy su ruta es camino de leyendas, conquistas, bellos paisajes y altivos castillos gracias al «Cantar» que ha llegado hasta nuestros días. De la mano del anónimo escrito y al volante de un auto, el viajero puede salir en busca de las huellas y relatos a la sombra de una historia casi milenaria.

Narra el escrito que al decir adiós a su tierra «la cara de su caballo vuelve hacia Santa María», al igual que los ojos tristes de los caballeros que en su destierro le acompañan. Es en la capital burgalesa donde aún se conserva la iglesia de Santa Agueda, donde el rey juró no tener nada que ver en la muerte de su hermano Sancho. Hoy, en el puente de San Pablo, junto a la gloriosa estatua del Cid, se pueden ver otras ocho en memoria de los personajes clave del «Cantar».

El Cid inicia el recorrido, y su primera parada la realiza con el fin de dejar a salvo a su mujer -Doña Jimena- y a sus hijos en las manos del buen abad Sisebut, en el Monasterio de San Pedro de Cardeña: «Lloraban todos los ojos, nunca se vio llanto igual, como la uña de la carne separándose así van».

Las huestes se rehacen y comienzan las aventuras y batallas por tierras de Burgos, Soria y Guadalajara. En tropel atraviesan el bello puente de Covarrubias, pueblo donde aún se puede admirar el Monasterio de San Cosme y San Damián, que el conde de García Fernández fundó para su hija. Cabalgan por campos y praderas hasta llegar a Santo Domingo de Silos, donde descansan al abrigo del monasterio y la recién iniciada obra de los claustros románicos. Hoy es una bella obra de arte para que el viajero se deleite paseando entre sus muros.

La ruta continúa, y todavía se pueden reconocer los lugares y pueblos del «Cantar». Si se fuera en casa rodante, será sencillo dormir junto al río en hermosos parajes, tal como hiciera el Cid a orillas del río Arlanzón o del Duero. Despertar con el rumor de las aguas acariciando la ventanilla o simplemente respirar el rocío de la mañana junto a los desafiantes castillos que otrora visitara nuestro cicerone.

Abandonamos la provincia de Burgos por Quintalarraya, como hizo el Cid, no sin antes sorprendernos con el espectacular monumento de Coruña del Conde, que asemeja un avión aterrizado en las almenas del castillo. Entramos en Soria por Acubilla de Avellaneda, como hace diez siglos hicieron sus mesnadas, bordeando la antigua calzada romana que comunica Zaragoza con Astorga y llega hasta San Esteban de Gormaz. Aquí es recomendable estacionar y deleitarse con la subida a la fortaleza que preside el paisaje. La capital vitivinícola de la ribera del Duero soriana asombra con su rico patrimonio, declarado Conjunto Histórico Artístico, y destacan los hermosos arcos románicos de la iglesia de Nuestra Señora de Rivero del siglo XII.

CON SABOR CASTELLANO

A poca distancia, un lugar destacado de la geografía castellana que el viajero no puede dejar de conocer: el Burgo de Osma, con la imponente figura de la ciudad amurallada y su catedral gótica. Lo mejor es desplazarse a pie hacia el interior del burgo, llegar a la plaza mayor y recorrer la calle principal absorbiendo el encanto de los soportales de antaño con sus flamantes vigas de madera.

Las almenas de Berlanga de Duero anuncian la fuerza que hace mil años poseía este enclave estratégico. Dominan la llanura el pueblo y los bosques cercanos con sus numerosas torres defensivas. La localidad, declarada Conjunto Histórico Artístico, fue morada del Cid, quien ejerció como alcaide de la ciudad. A pocos kilómetros, la fortaleza califal de Gormaz es otro punto importante en el camino. El Cid también fue su alcaide, siendo su castillo el más grande de Europa (no en vano, los restos de sus murallas se contemplan desde decenas de kilómetros a la redonda).

La carretera se adentra en tierras de Guadalajara desplomándose hacia un valle fértil y poblado de nuevas fortalezas. El descenso que comienza en Retortillo de Soria se asoma a un imponente mirador, y el asfalto se descuelga lentamente hasta Atienza atravesando la bella localidad de Miedes. Junto a sus tierras narra el «Cantar» la afrenta que las hijas del Cid sufrieron en Robledo de Corpes de la mano de sus maridos. La ruta desciende hacia la capital de la provincia pasando por lugares regados de historia como Jadraque, Hita o Castejón de Henares donde el Cid continuó sus batallas amparado por sus hermosas torres defensivas.

(*) Del diario «El Mundo» de España.

Dejá tu comentario