Good morning, Vietnam!

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Quizás lo primero que sorprende al llegar a Vietnam desde Occidente (y, a todos los efectos, llegar desde Singapur -esa copia asiática de Manhattan ubicada al final de la península de Malaca-) es el ruido. En efecto, salir a la calle desde el aeropuerto de Hanoi implica verse envuelto en una actividad frenética, que luego se verá multiplicada varias veces al acercarse al centro de la capital del país. Cientos, si no miles,
de vehículos -sobre todo bicicletas, «scooters» y motos- circulan por calles, avenidas y rutas siempre atestadas haciendo sonar sus bocinas todo el tiempo. Las reglas de tránsito se resumen en una: «primero yo».

Un desorden prodigioso

Así, al ruido se le suma un prodigioso desorden que, como todo desorden, tiene también sus reglas: para cruzar una calle, el peatón debe avanzar lentamente, siempre al mismo ritmo de marcha, sin perder la calma, con la mirada fija en el flujo abrumador de vehículos que avanza. Los miles de motociclistas se ocuparán de esquivarlo hábilmente.
Más aún que en otras ciudades asiáticas, en Vietnam la calle es a la vez taller, mercado, oficina, comedor y café. Abundan los carteles publicitarios de todo tipo, con mayoría de avisos de empresas multinacionales. ¿Pero no es que ésta es una «república socialista»? Sí, pero sólo de nombre. En Vietnam los estadounidenses perdieron la batalla de las armas, pero el capitalismo ganó la guerra de las ideas.
Según nuestra guía -que habla un perfecto español aprendido en Cuba, donde fueron enviados miles de chicos vietnamitas durante la guerra con Estados Unidos-, en 1997 se abandonó «la economía subsidiada», eufemismo para describir el sistema comunista que negaba la propiedad privada y convertía al Estado en único actor económico. Luego vino el levantamiento del embargo decretado por el gobierno de Estados Unidos al final de la guerra. Y, a partir de entonces, la economía floreció a un ritmo vertiginoso.
Quizás el primer resultado fue que los habitantes de las ciudades convirtieran las habitaciones al frente de sus casas en locales comerciales, para comprar, vender, canjear, arreglar, reparar o armar el surtido de mercaderías más amplio que uno pueda imaginarse. Con una alta densidad poblacional, el espacio es reducido y caro. Hoy, en Ho Chi Mihn City (la ex Saigón) ese comercio incipiente fue reemplazado por enormes y modernos centros comerciales donde puede encontrarse de todo; en otras ciudades (Hanoi, Hue, Danang) existen grandes mercados con miles de puestos donde se ofrece desde lo bello hasta lo espantoso, de lo útil a lo prescindible, en cantidades.
Desde octubre de 2006 rige una nueva ley de inversión extranjera, y bajo su amparo llegaron u$s 10.200 millones ese mismo año; para 2007 se espera que ese flujo supere los u$s 15.000 millones, tres veces el monto previsto para la Argentina. Vietnam creció el año pasado a una tasa de 8,5%. Es, a todos los efectos, una nueva China, más pequeña: en escasa superficie (no es mayor que nuestra región de Cuyo) alberga la friolera de 88 millones de habitantes.
El gobierno (¿comunista?) ha puesto en marcha un proceso de privatizaciones de alrededor de mil (1.000) empresas públicas que demandará cinco años. En setiembre pasado, en el primer caso de inversión extranjera en un sector estratégico, el HSBC adquirió 10% de Bao Viet, la empresa estatal de seguros y previsión social que invierte sus fondos excedentes en la construcción de obras de infraestructura vial. La próxima empresa sujeta a privatización es Mobifone, segundo operador de telefonía celular del país.
Su lucha por la supervivencia es clave para entender a Vietnam. A lo largo de su historia, el país derrotó a mongoles, chinos, franceses y estadounidenses; en años recientes su intervención militar en Camboya puso en fuga al régimen de Pol Pot. Desde enero de este año, Vietnam es miembro de la Organización Mundial del Comercio y pelea ahora por un lugar como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU.
Su integración al resto del mundo es no sólo prodigiosa, sino también velocísima, en gran medida como consecuencia de la revalorización por parte de los países occidentales del papel jugado por Vietnam en su enfrentamiento con Estados Unidos, el reconocimiento del coraje del que los vietnamitas dieron prueba y la inexistencia de un contexto internacional como el que dio lugar a la Guerra Fría.
Sólo en una ocasión, al visitar los túneles usados por los guerrilleros del Viet Cong en Cu Chí, en los alrededores de Ho Chi Minh City, llamada así en homenaje a quien la cultura oficial considera «padre de la patria» y vencedor tanto de franceses como estadounidenses, se muestra un viejo documental en blanco y negro en el que se escucha la frase «imperialismo yanqui». Ahora, por el contrario, parece haber cierta comprensión hacia la actitud norteamericana que, en el marco de la Guerra Fría, creyó ver en el nacionalismo y anticolonialismo vietnamitas una amenaza ideológica.
Quizás ayude a esta visión, expresada por nuestros guías de habla hispana, el hecho de que su experiencia cubana (que, por lo general, duró varios años) les enseñó que el sistema comunista no ha funcionado. Ninguno querría que su país se pareciera a la Cuba castrista que han conocido. Por consiguiente, su valoración de la gesta de Ho Chi Minh y su contenido violentamente anticapitalista, antiburgués y antioccidental -más allá del patriotismo que representa- es de escepticismo: ¿valió la pena tanto dolor, tanta destrucción y tanta muerte para terminar aceptando esas ideas que, hasta ahora, tienen éxito en cuanto a la mejora del nivel de vida de la población? Los vietnamitas jóvenes dicen no guardar rencor contra los Estados Unidos. Pero las ruinas desoladas de lo que fueron los espectaculares Palacios Imperiales en Hué -víctimas de los bombardeos- transmiten una inocultable melancolía.
Resulta también difícil no espantarse ante los extensos bosques de pinos mecidos por el viento bajo el sol impiadoso: son el reemplazo vegetal -ordenado por el gobierno actual- de la antigua selva que fue convertida en tierra arrasada por los bombardeos estadounidenses con napalm, agente naranja y defoliantes para evitar que la guerrilla comunista la utilizara como guarida. Son miles de hectáreas que ahora -convertidas en pinares- son un recurso de incalculable valor.
El precio fue altísimo: esas sustancias químicas también produjeron gran cantidad de nacimientos de niños con defectos genéticos, a los que el Estado vietnamita atiende en talleres protegidos, cuyas instalaciones pueden visitarse a lo largo de la ruta que une Hanoi con Halong. Allí se fabrican sedas, porcelanas y artículos de jade y mármol para satisfacer la demanda de un turismo creciente.

Antes enemigos, ahora turistas

Efectivamente, Vietnam se ha convertido en un importante destino. Los viajeros aprovechan para llegar también a la vecina Camboya, ahora pacificada, donde los templos de Angkor reciben dos millones de visitantes al año. La enorme mayoría de quienes visitan Vietnam proviene de sus viejos enemigos: Francia y Estados Unidos.
Para los argentinos, llegar es largo y cansador, pero vale la pena; los precios de la comida y el alojamiento son bajos: una comida de dos platos con un buen vino argentino en un restorán de jerarquía puede costar alrededor de treinta pesos. No hay postres: los vietnamitas no prueban dulces. ¿Será por eso que no hay gordos? Hay hoteles de cuatro y cinco estrellas en todas las ciudades «visitables» -en Hanoi el hotel Meliá posee una torre de veinticinco pisos; en Ho Chi Mihn están todas las grandes cadenas internacionales.
Hay abundancia de souvenirs, tanto antiguos como modernos y maravillosas artesanías de loza, porcelana, laca, cerámica, madera y hueso, y los escenarios naturales son bellísimos. Se conserva el color local en las jóvenes mujeres (extraordinariamente bellas) vestidas con largas túnicas blancas que envuelven sus figuras delicadas, en los sombreros cónicos que se usan en todas partes -especialmente en la campiña-, en los arrozales cuyas aguas reflejan el verdor de la naturaleza, en los «cyclos» (bicicletas de reparto en las que la caja ha sido sustituida por un cómodo asiento para un pasajero, y sirven de taxis), en las numerosas pagodas de estilo chino de las que están sembradas todas las ciudades.
En las grandes urbes muchos pequeños comerciantes se agrupan según su ocupación; así, hay calles enteras de zapateros, donde local tras local se vende la misma e idéntica mercadería; o de zingueros, donde uno tras otro fabrican -en la calle, por supuesto- las mismas piezas metálicas (caños, desagües, piletas de cocina, percheros) casi sin diferencia entre uno y otro.

Un pueblo de gente magra

Fuera de los grandes hoteles, en los pequeños restoranes y negocios, los estándares de servicio no son, obviamente, los que se esperan de un país desarrollado. Un pedido simple puede llevar largo rato hasta ser entendido por un mozo, y luego el resultado puede distar bastante de lo que el comensal tuvo en mente al efectuarlo. Pero impera la buena voluntad de los vietnamitas hacia los extranjeros: este pueblo de gente magra, sin gordos, sin calvos y sin canosos cultiva la simpatía. Resulta difícil convencerse de que, en el pasado, fueron duros guerreros que pusieron en fuga a
los más poderosos ejércitos.
El renacimiento de Vietnam es complejo: la política de «manos libres» y de no intervención que el Estado aplica hacia el sector privado lleva a abusos en materia de recursos humanos (el trabajo agrícola a cargo de mujeres parece ser la regla) y a la falta de adecuadas políticas de cuidado ambiental: hay zonas en las que la minería del carbón ha logrado cubrir campos y ciudades de una fina película negra que lleva a la necesidad de usar camiones regadores en las calles y rutas para intentar vanamente que
el polvo no impregne la atmósfera. De modo espontáneo, muchos de quienes están al aire libre, en el campo o en las ciudades, se cubren la cara con mascarillas de tela para evitar que la contaminación afecte sus pulmones.
Los propios vietnamitas se quejan acerca de la burocracia y la corrupción. Si bien estos dos factores son endémicos en la mayoría de los países de la región, el enorme esfuerzo de Vietnam y de su gente en los últimos veinte años debe ser destacado. De ser un país cerrado y atrasado, ha abrazado -con limitaciones, a veces notorias, otras imperceptibles- la libertad, y sus ciudadanos son conscientes de ello. El proceso de incorporación al mundo parece irreversible y estar acompañado por la mayoría de la opinión pública. Sólo le falta ahora calidad institucional, pero esa carencia ocurre hasta en las mejores familias.

Juan Javier Negri
Socio del estudio Negri & Teijeiro Abogados.

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