El Museo de Bellas Artes exhibe una abarcadora colección de art-déco, en un pabellón diseñado por el prestigioso arquitecto Pei (izq.). Pero entre los rascacielos sigue destacándose la aguja blanca de la iglesia de Park Street,
ícono de la ciudad.
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Bruno Marini, su general manager, me contó que una vez por mes cuentan las botellas: ahora hay 28.814 que van desde los 15 mil dólares de un Chateaux D'Yquem Sautern de 1876, a los 25 dólares del chardonnay australiano Matua, de Malborough. Bastante más barato que los únicos argentinos de la carta: Alamos, de Catena, a 40 dólares el chardonnay y a 60 dólares el cabernet sauvignon. Bruno también me recomendó dos restoranes divertidos y no tan caros, aunque confieso que la cocina entre mediterránea y provenzal de Mistral, servida en un ambiente sofisticado es superior -en precio y calidad- a la cocina toscana y el ambiente animado de Lucca. Impensable conseguir lugar en ninguno de los dos sin reservar con anticipación.
SENDERO
A la mañana siguiente brillaba el sol y decidí encarar el Freedom Trail, un «sendero» de 6 kilómetros que en realidad es una línea roja pintada en las veredas y recorre 16 sitios históricos, relacionados con la Independencia. Hay -típico de los norteamericanos- diversas variantes de tours: desde auriculares hasta uno con guía y personajes de época, pero lo más práctico me pareció encararlo con un folleto que conseguí en el Visitor Information Center, que quedaba cruzando la plaza, enfrente del hotel. Aclaro que el tour más corto -el de los auriculares- dura dos horas y mi caminata duró bastante menos: a las once me atraparon las boutiques de Faneuil Hall que desde 1742 funciona como el centro de la vida cívica de la ciudad. Forma parte del Quincy Market, animadísimo complejo de tiendas y restoranes instalado en el histórico mercado y sus barracones adyacentes. El edificio principal es un patio de comidas que ofrece desde langostas a sushi, pasando por comida mexicana y china. Pero me tentó más la propuesta de Hand Crafted Libations con todo tipo de pescados y frutos de mar del Kingfish Hall, en el South Market.
Después de almorzar con un espléndido Agave Margarita de tequila Herradura Silver con sal y on the rocks, decidí abandonar el Freedom Trail para explorar el New England Aquarium, que me desilusionó bastante. Por suerte la pegué con el dato de Filene's Basement. Los dos subsuelos de la megatienda Filene -que no vale la pena recorrer, lo único bueno es el sótano- tienen ropa de primera a precios increíbles aunque, como suele suceder en estos lugares que venden prendas discontinuas o utilizadas en desfiles y vidrieras, la sección hombres es mucho mejor que la de mujeres, salvo el VIP con prendas de diseñadores famosos -Armani, Lacroix, Krizia, etc.- y probadores individuales. El Museum of Fine Arts es un imperdible total que suma a su notable colección de tesoros la espléndida muestra art déco 1910/1939, que documenta con 300 obras de arte este fenómeno global que nace en Francia antes de la Primera Guerra para expandirse por el mundo en los últimos años de la década de los '30, alcanzando su máxima expresión en los rascacielos de Manhattan. Pintura, escultura, joyas de Cartier, vidrios de Lalique, vestidos de Chanel y la maqueta original del Rockefeller Center. Me pasé la mañana entera en el MFA y aproveché para almorzar en su Galleria Cafe, en la modernísima West Wing del famosísimo arquitecto I.M. Pei. Más tarde, bordeando Fenway Park, me metí en el Gardner, la casa museo de Isabella Stewart Gardner, una neoyorquina que se transformó en reina de la sociedad bostoniana después de casarse con el financista Jack Lowell Gardner. La recorrida de este palacio veneciano, construido para guardar la enorme colección de obras de arte de su dueña, vale la pena, aunque confieso que me quedó poco tiempo para Harvard, la primera universidad de Estados Unidos. Di una vuelta por Harvard Yard, la parte más antigua, y me saqué una foto al lado de la estatua de su fundador, John Harvard.
Obvio que me quedaron cosas en el tintero: desde el Museo de John F. Kennedy hasta los anticuarios de Charles Street y las paquetísimas boutiques de Newbury Street y Copley Place, pero disfruté cada momento y me quedé con ganas de volver, que es lo que más me gusta de los lugares que descubro viajando.
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