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6 de noviembre 2008 - 00:00

¿Por qué Halloween se ha globalizado?

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Quién será el verdadero culpa ble de que la pagana fiesta celta de Halloween se haya esparcido en la última década desde Estados Unidos a la mayor parte del mundo? ¿Qué ha hecho que sus símbolos -calabazas, golosinas, disfraces- se encuentren hoy en quioscos, supermercados y jugueterías tanto de Japón como de la Argentina?
Algunos tienden a señalar como los grandes impulsores a las películas de Hollywood, y no sólo a la emblemática «Halloween» de John Carpenter, sino todas aquellas en que aparecen calabazas iluminadas, decoraciones con brujas, murciélagos, esqueletos y calaveritas, chicos disfrazados reclamando «trick or treak», que algunos traducen por «dame una golosina o te doy un susto» y que en la originaria tradición irlandesa tenía que ver con el regreso de los muertos en su día (el Día de Todos los Muertos o de «los Fieles Difuntos», previo al Día de Todos los Santos), que se presentaban diciendo: «O me das lo que te pido o te maldigo».
En ese sentido, las calabazas iluminadas -que provienen de cultos campesinos- se ponen tanto para honrar a los difuntos de la familia como para iluminar el camino de esos fantasmas y también para alejarlos.
Hay quienes sostienen que el impulso final a la mundialización de Halloween se lo dieron los Simpson, que cada año han dedicado un capítulo de la serie para celebrar esa fiesta popular estadounidense. Están también quienes dan sus méritos a lo que ha agregado el genial Tim Burton con los personajes de su film «El extraño mundo de Jack», que transcurre en la Ciudad de Halloween, esa que tiene como su celebridad al Rey Calabaza y el protagonista, el pobre Jack, sufre la depresión posfiesta y se encuentra cansado de celebrar año tras año la fiesta de Halloween. Hoy el dibujo de la cabeza de ese esqueleto llamado Jack aparece en tantos posters, juguetes y camisetas como la tradicional calabaza de Halloween.
Vale recordar que la expresión Halloween deriva de la frase inglesa All Hallow's Eve, que sirve para indicar que se está en víspera del Día de Todos los Santos.
Luego de haber sido una ceremonia y un rito paganos, de haber sido llevado a los Estados Unidos por inmigrantes irlandeses en el siglo XIX, de superar la etapa de la «caza de brujas» en Salem, Halloween pasó a ser en Norteamérica (Canadá. Estados Unidos, Alaska), Irlanda y el Reino Unido una diversión infantil, un día para los chicos, que en vez de sentir miedo por algún cuco jugaban a dar miedo. Los adultos recuperaron ese día como un recreo que permitía divertidas reuniones y fiestas jaraneras. Pero hay ciertos datos que siguen indicando que se trata de un asunto esencialmente de niños.
En los supermercados y malls de los Estados Unidos los disfraces de brujas, brujos y monstruos de los chicos son mucho más caros de los que, del mismo género, de las mismas características y, obviamente, de mayor tamaño, se ofrecen para los adultos.

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HECHO CURIOSO

Otro hecho curioso es que esos productos han entrado en liquidación (acaso esto se deba a la actual crisis económica) una semana antes de Halloween.
Los investigadores estadounidenses sostienen que Halloween comenzó a celebrarse masivamente con un desfile de disfrazados, en 1921, en Minnesota y que luego las eternas ganas de encontrar un justificativo para festejar hicieron que otros estados se sumaran a la idea. Hoy no sólo el festejo se ha vuelto una especie de carnaval de primavera (de otoño para el Hemisferio Norte, de ingreso en el tenebroso invierno) y no sólo se ha difundido por el mundo, sino que se ha ido ampliando, agregando homenajes a otros seres del mundo fantástico.
Hace unos días se celebró en diversos lugares del orbe -especialmente Estados Unidos, Francia y España- el Día del Orgullo Zombie, el día de celebración de los «muertos vivos».
En Buenos Aires hubo muchachos y chicas disfrazados de zombies, al mejor estilo de los personajes de George Romero (el de «La noche de los muertos vivos»), que recorrieron por segundo año desde Plaza San Martín por Florida y luego Lavalle hasta el Obelisco, asustando y divirtiendo a quienes se les cruzaban. Más allá del deleite por lo bizarro, por los cuentos y películas de terror (esas que en los años 60 en Buenos Aires promovió el mítico Bela Lugosi Club), por las series de género fantástico de televisión, hay una curiosa ligazón con todos los cultos de los muertos, de la muerte, de alejar la muerte, de establecer una relación con «la otra vida», de forjar un vínculo con los que nos precedieron, que ha provocado rituales en la humanidad desde sus tiempos más remotos. En el fondo siempre ha sido la voluntad de honrar a los muertos una forma, aunque esto se haga entre bromas, de darle gran valor a la vida.

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