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3 de octubre 2008 - 00:00

Preguntas que llevan a viajes extraordinarios (Primera nota)

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"Un lugar es extraordinario cuando conmueve. Cuando se repite el menú de una agencia de turismo casi no hace falta ir porque se va a lo más convencional de un destino. En cambio, cuando se llega a un lugar libremente y hay alguna situación, imagen, anécdota o encuentro que el viajero siente que lo cambió en algo, que lo ha modificado, no sé si es que ha encontrado un sitio extraordinario, pero sí es sin duda un sitio donde sintió, vio, vivió algo extraordinario. Algunos viajeros salimos en busca de esas emociones. Y en mi caso son los momentos más felices de mi vida. Hubo una primera etapa en que viajé para conocer, y una segunda, para escribir», explica el doctor Ricardo Coler, y comienza a enumerar hitos en un planisferio imaginario: «Están los cercanos: Perú, Bolivia, Uruguay, Chile, Brasil, Ecuador, México, el Caribe, Canadá y los tradicionales para los argentinos: Estados Unidos y los países de Europa: España, Italia, Alemania, Francia, República Checa, Rusia. Después Jerusalén, los Emiratos Arabes, Turquía. Luego me movió el deseo de escribir y fui a Tanzania. Vietnam. La India. La isla de Bali. El Karoo, esa meseta entre el sur de Sudáfrica y Suazilandia. Al lago Lugu en China, la única sociedad matriarcal del mundo, allí las mujeres son los miembros más poderosos de la comunidad. Katmandú. A Nepal, para ver una diosa. Japón, tanto a Tokio como a Ogimi para ver cómo se admira a los viejos». Ricardo Coler, médico, director de la revista cultural «La mujer de mi vida», fotógrafo, periodista, ha conquistado un lugar singular en la literatura argentina, la del escritor viajero, una tradición que principia con aquel narrador oral Homero y el prototurista Herodoto, y en nuestro país pasa, entre otros, por el inevitable Sarmiento. Ese género narrativo últimamente ha sido consagrado por la Academia Sueca, al otorgar el Nobel a novelistas que además son «escritores de viajes y lugares» como Orhan Pamuk y V.S. Naipaul. Género que cuenta con narradores extraordinarios como Henry Miller y Colin Thubron. Al escuchar a Coler se podría pensar que es un viajero empedernido, un turista adinerado o un andariego vocacional. Nada más lejano a la verdad. Lo que motiva a Coler a viajar es desde hace 18 años (hoy tiene 51 años) buscar dar respuesta a un interrogante. Lo arrastra el interés de conocer, descubrir, reflexionar y escribir. Así ha publicado: «El reino de las mujeres», sobre cómo se vive donde gobiernan las mujeres; «Ser una diosa», sobre una diosa que tiene 14 millones de fieles, y «Eterna juventud», sobre el pueblo de Ecuador donde la gente vive más de 120 años. Los testimonios que ofrecemos son parte de una larga charla de Ambito del Placer con el escritor.

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Encuentro con bosquimanos

«Hace 18 años, visitando una tribu de bosquimanos, una de las comunidades más primitivas de la Tierra, que no tiene lenguaje escrito y vive en un paisaje lunar de Africa, en la frontera con Botsuana, me di cuenta de que tenía que escribir sobre lo que veía. Tuve que atravesar un desierto, pero valió la pena. Los bosquimanos son polígamos, y me sorprendió lo bien que se llevaban las mujeres entre ellas. Me contaron lo que pasó cuando trataron de civilizarlos. La llegada del trabajo de la sociedad occidental los liquidaba. El dinero los volvía alcohólicos, destruía las familias, cambiaba las relaciones entre ellos. Comprendí allí que cuando uno viaja a culturas diferentes de la propia, nunca deja de ser el gran cazador blanco, y mira a esos otros con un uniforme, un chaleco de fotógrafo o una carabina cruzada a la espalda, siempre del lado de acá, entendiendo lo que le pasa a la gente con nuestros códigos, y lo que le pasa a la gente no tiene absolutamente nada que ver con cómo nosotros lo queremos ver.»

En busca de la eterna juventud

«Hay cuatro lugares en el mundo que son territorio de gente que vive más de 120 años; uno en el Cáucaso; otro en Tashkent, al norte de Afganistán, en zona talibana; otro en el Valle de Hunza, en Pakistán, zonas de conflicto bélico a las que es difícil entrar. Otra es en Ogimi, en Okinawa, Japón, el lugar más conocido como de mayor longevidad en el mundo. Allí hacen un culto al viejo y la comunidad está armada para que tengan actividades, se reúnan, sean considerados. Ser viejo allí es lo más que a uno le puede pasar. Al llegar uno se enfrenta a un monumento a la longevidad, y en los negocios ve posters de viejitos, porque la juventud está de moda acá, no en todos lados. Gracias a los cuidados llegan a vivir cien años, pero en un estado lamentable. Allí funciona la medicina como todos la conocemos, con dietas, ejercicios y medicamentos. Son como alumnos perfectos de la terapéutica. Por último está la ciudad de Vilcabamba, en Ecuador, donde el supermercado se llama El Longevo y la avenida Eterna Juventud. Se entra al cementerio y se lee que la tumba pertenece a alguien que vivió 115, 120 o 130 años. Uno ve a viejitos de cien años, con muy pocas canas, con la dentadura completa, que leen sin anteojos y se jactan de aventuras sexuales. Y ahí esa gente fuma, se droga con chamico, que es peor que la cocaína, y beben una especie de vodka que ellos fabrican. Se ríen de los consejos médicos y no van a visitarlos nunca. Algo pasa en ese lugar. Hoy las tierras que rodean al pueblo las están comprando de astronautas de la NASA, militares norteamericanos y actores de Hollywood a gente muy loca que cree en los ovnis

Donde reinan las mujeres

«A los viajes extraordinarios se elige ir, no es que uno se encuentra con algo. Me pregunté ¿qué pasa en un lugar donde las mujeres no se pueden quejar porque tienen más derechos que el varón, todos los beneficios y no están en una sociedad que las oprime, donde las leyes son las del varón? Encontré tres sociedades matriarcales. En la India, en el estado de Megalaya, dos millones de personas viven bajo las leyes del matriarcado: la mujer hereda, el apellido que se usa es el de la mujer, se va a vivir al lugar que la mujer elige, si en una familia no hay dinero para que se eduquen todos, se educa la mujer. Pero el lugar tiene un rey -juez y médico- que se parece a Sammy Davis Jr. y es absolutamente misógino. Allí las mujeres mandan, pero no tanto. En Juchitán, en México, un país que todos los días por la tarde tiene una fiesta, las mujeres, que son muy solidarias entre ellas, mandan porque ganan más dinero que los hombres porque manejan el mercado. Allí los homosexuales son muy bien vistos socialmente, están muy jerarquizados porque manejan una parte de la producción donde ganan mucho dinero y son compañía para la madre hasta sus últimos días. Pero ahí tampoco había un matriarcado total. Para encontrarlo me tuve que ir a Lago Lugu, en Yunnan, sudeste de China, donde las mujeres realmente mandan, las matriarcas les gritan a hombres que no pueden tener propiedades ni dinero. Una mujer camina y elige si el hombre va adelante o atrás de ella. Pensé que había llegado al paraíso de las feministas. Allí ninguna mujer quiere casarse, no existen las separadas con hijos ni el rol de padre. Pero cuando seducen lo hacen como una pobre mujer desvalida, porque saben que para un hombre es difícil conquistar a una mujer tan fuerte. Y si bien las mujeres viven enamoradas y cambian de pareja muy seguido y parecen muy promiscuas, en el fondo son muchísimo más conservadores que nosotros, porque la familia que se vincula por lazos consanguíneos se mantiene siempre incólume. Para esas mujeres que son superfemeninas, tan trabajadoras como coquetas, una cosa es la familia y otra el amor, y de ese modo explican que defienden a la familia, y los atrasados somos nosotros. Bueno, allí comprendí que el reino de las mujeres es el paraíso de los hombres, porque casi no trabajan, no tienen responsabilidades, cambian de mujer cada vez que quieren o que los conquistan, nadie les exige nada y pueden vivir con la madre toda la vida. Además, a la hora de comer, las mujeres dejan de mandar a los hombres, les dan un puesto de privilegio y les sirven la comida.»

Una diosa viva

«Me enteré que en Katmandú hay una diosa viva que tiene 14 millones de fieles, y entre ellos gente muy capaz. Fui a ver qué pasaba en el siglo XXI al encontrarse con alguien que es considerado el sumun de lo sagrado. Como tiene escenografía a su alrededor, fueron muchos los contactos que tuve que mover para verla y las horas que me hicieron esperarla, y muchísimos son los milagros que se le atribuyen. No voy a negar que verla me emocionó. Pero después la diosa, que lo es hasta su primera menstruación, es una nena malcriada. Después me lancé a buscar las chicas que fueron diosas y ya no lo eran. Haber sido diosas era un desastre para ellas. Por más que tienen una pensión del gobierno, quedan totalmente locas. Una estaba contra una pared y había dejado de hablar, una mujer de 40 años seguía vestida como si fuera aquella nena que había sido una diosa. Se crían sin educación porque, ¿quién le va enseñar algo a una diosa?»
Las fotografías de estas páginas y de la Tapa pertenecen a Ricardo Coler

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