"Nostalgia de las cosas que han pasado, arena que la vida se llevó, pesadumbre de barrios que han cambiado y amargura del sueño que murió.» Algunas de esas sensaciones, que una vez describió Homero Manzi en su tango «Sur», se vivencian en el primer piso de una vieja casona de San Cristóbal, escenario de Sueño Porteño, una milonga que funciona a pocos metros de San Juan y Boedo, esquina con tradición tanguera, si las hay, y hoy poblada de turistas que recorren su «Avenida de las Estatuas» y se mezclan en bares y restoranes. Pero paradójicamente esa canción, a la que Aníbal Troilo le puso música, no suena (mucho menos se baila) en el espacio que administra y dirige Julia Deilo. Tampoco es frecuente escuchar a Carlos Gardel, Fernando Soler, Roberto Goyeneche, Edmundo Rivero, Julio Sosa o Tita Merello. Mucho menos a Cacho Castaña, Raúl Lavié o algún otro intérprete contemporáneo. Allí suenan Alfredo de Angelis, la orquesta de Miguel Caló, Carlos Di Sarli, Osvaldo Pugliese, Aníbal Troilo y algo (sólo algo) de Astor Piazzolla, entre otros intérpretes y cantautores de los años dorados del género.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Preámbulo de una noche que comienza
En cinco minutos será otro día, es tarde para un periodista que debe madrugar al día siguiente. Pero la noche recién comienza para los más de 400 guapos y papusas que asistieron a la milonga como cualquier miércoles. No hay una sola persona con zapatillas, nadie lleva camiseta ni jean. Paula Slatapolsky toma las fotos de rigor. Casi todos los hombres tienen zapatos con taquito francés (más alto que los convencionales) y suela con tela de cromo, que permite deslizarte lo justo en la pista. El calzado de las mujeres es más vistoso. En diferentes sectores del salón hay rosas rojas, naturales. Un fulano de impecable traje negro a rayas, camisa blanca y corbata de seda con una elegante traba de oro puesta exactamente a la altura del botón del centro de la chaqueta, el que se prende, para que no se vea sino un fugaz brillo, invita con un cabeceo a una elegante cincuentenaria que acepta sin vacilar. El hombre se acerca a la mesa de su bailarina de turno con un andar seguro, camina el extremo sur de la pista principal (hay tres) se miran como si manejaran un idioma propio. La rosa ya está en manos de la mujer, de fondo suena un tango del 40, creo que es Alfredo de Angelis, seguramente sea un disco de vinilo, pero a nadie le interesa que el sonido no llegue demasiado claro. La pareja se abraza, pero no cruzan palabra, la posición de ambos es levemente inclinada hacia adelante. Comienza la primera tanda de baile. «Es raro que en una milonga se vea demasiada demostración de afecto entre los integrantes de una pareja. Si se ponen de novios o se genera un vínculo afectivo casi nunca sale a la luz dentro del salón, salvo que uno decida formalizar seriamente el vínculo», relata Rubén Vieyra, de 54 años, «milonguero de pista», como le gusta presentarse, y dueño de una inmobiliaria en el barrio de Villa Devoto, aunque «no tiene sentido mencionarlo», aclara. Rubén tuvo una agencia de turismo y fue a raíz de los fam tours que empezó a viajar por el mundo. «Soy un apasionado del baile, lo disfruté en cada país que visité. Durante esos años me convencí de que uno se recibe de porteño en el exterior recién cuando aprende a bailar tango. Tuve vergüenza argentina por no saber bailar una milonga», grafica Vieyra. Pero cuatro años de clases le permitieron ser un gran bailarín. «Estuve en Canadá, Rusia, Alemania, Austria, Italia, España, Francia, Estados Unidos, Holanda, Noruega, Colombia. En casi todos esos destinos que le menciono no hay menos de diez academias de tango, y todas dirigidas por argentinos. Lo curioso es que no haya compositores de ese ritmo oriundos de esos países, bailan con nuestra música. Sólo en Canadá vi algún grupo de tango propio», dice Rubén. Entre tantas percantas una se destaca por presencia y personalidad. Es ella, Julia Deilo, morocha, buen físico, luce un vestido negro de escote pronunciado, zapatos al tono y pelo a la «garçón». Va y viene tantas veces como su cuerpo se lo permite. Es hiperactiva, «pero es la única manera de que la cosa funcione como debe», aclara la organizadora de Sueño Porteño. «Como diría Gabriela Acher: 'El alma es al único lugar donde no llega la celulitis ni las arrugas', y si bien el tango es tragedia como bien dicen los detractores, también es amor, y si me dan a elegir me quedo con lo segundo», agrega.
Solo en una milonga...
Sólo conociendo una milonga uno se entera que hay que ser realmente guapo para animarse a bailar un tema de Osvaldo Pugliese, porque es un baile más pausado, porque hay silencios, los tiempos son distintos y la pareja tiene que estar muy comprometida para no dar un paso en falso. Sólo visitando una milonga se aprende que todos quieren bailar una canción de Carlos Di Sarli, uno de los compositores más románticos. Unicamente en el corazón de la milonga se sabe que a Juan D'Arienzo le dicen los «Redonditos de Ricota» del tango. Sólo entrando a una milonga se sabe de papusas, de percantas, de guapos, de malevos. Nada más aprendiendo los códigos de una milonga y escuchando a los que saben, a uno le queda la sensación de que el verdadero tango se vive allí, en lugares que muchas veces sólo se conocen por el boca a boca, que no salen publicados en ningún medio de comunicación, que no tienen más promoción ni difusión que entre los fanáticos del género. Aunque es probable que tampoco les interese.
Buenos Aires, la gran meca
Ahora, en diferentes sectores del salón hay bombones. Pero esta vez son ellas, las papusas, quienes deben seducir a los guapos con un chocolate. Un sueco de cincuenta y pico, rubio, deambula solitario por las tres pistas esperando que alguien le endulce la noche, de pronto se sienta a nuestra mesa. Su nombre es Ake Holmstróm, viene a la Argentina desde hace años para bailar tango, «sólo para bailar en las milongas», aclara el turista, que se niega a confesar si alguna vez formó pareja con una mujer que conoció en algún baile: «Eso no se pregunta, forma parte de los códigos», se excusa. Ake es apenas uno de los tantos extranjeros que frecuentan los reductos tangueros de Buenos Aires. «Ha llegado a bailar en tres milongas en un solo día», acota Julia, única capaz de traducir el inglés cerrado de Ake mientras se escucha un rock de Moody Waters de fondo. «Aquel es Roberto Papadopulos», grita la anfitriona. Se trata de un argentino descendiente de griegos, periodista de profesión, editor de la revista «Tesis 11». El hombre se suma a la mesa y tras la presentación de rigor participa de la conversación. «Buenos Aires es la meca del tango para los extranjeros, como lo es Nueva Orleans para los amantes del jazz. Les encanta el abrazo, el tocarse, el afecto. Hay que tener en cuenta que ellos son más fríos, vienen de otra cultura, tienen otra idiosincrasia, les falta esa calidez del abrazo, y lo vienen a buscar a la Argentina, con el tango», sintetiza Roberto. A diferencia de la mayoría de los extranjeros que se alojan en Recoleta, San Telmo, Palermo, Barrio Norte o Belgrano, los foráneos que llegan para bailar tango alquilan (o compran en unos pocos casos) en Congreso, San Cristóbal, Caballito o Almagro, para estar cerca de las milongas. Ahora hay un intervalo de cinco minutos. Julia toma una vez más el micrófono y anuncia al coro del Club Ciudad. Cantan dos temas: «Cuartito azul» y «Si Buenos Aires no fuera así», de Eladia Blázquez. «Pero todas las semanas hay un número diferente», acota la anfitriona, quien asegura que «la propuesta del show es agregarle diferentes disciplinas del arte al tango. Es parte de un cambio que hay que lograr lentamente».
"Nostalgia de las cosas que han pasado"
Un equipo del canal Once de Francia ya tiene sus cámaras preparadas para filmar el último segmento para un documental que se llamará «Los mitos de mi Buenos Aires querido». Comienza otra vez la música. Primero bailan los ojos, las miradas se buscan. Todo es muy rápido, casi urgente. Los cuerpos se acercan, se encuentran, se unen al compás del 2x4. Pero, para nosotros es hora de irnos. Sin embargo, antes de buscar nuestros abrigos en el guardarropas nos detenemos a observar una vez más la pista, cuando una pregunta cae de madura: ¿cuánta gente cree que los «verdaderos» espacios de tango murieron en la década del 50, y que los pocos que quedaron de pie se refugiaron en oscuros clubes barriales o en sótanos mal ventilados? Es cierto que las orquestas de aquella época fueron reemplazadas por los disc jockey de turno, pero los milongueros todavía están vivos, y no sólo aquéllos, las nuevas generaciones también se hacen oír. Y están todos ahí otra vez, bailando, como cada miércoles en la milonga de Julia. Como cada jornada en las tantas milongas que funcionan en la City porteña.
Dejá tu comentario