Cada fan del «turismo subterráneo», esa rama y profundización del clásico turismo de los amantes de los trenes (que posee entre sus abanderados a escritores como el norteamericano Paul Theroux y el chileno Luis Sepúlveda), tiene su propio ranking de los mejores subtes que ha conocido en sus andanzas por el mundo. Por lo común, esa lista comienza con los subtes de Moscú, París, Estocolmo, que se consideran universalmente bellos, para continuar luego con los de gusto más personal. Los detalles que se valorizan fundamentalmente en los trenes bajo tierra es que sean palacios subterráneos (los de Moscú y San Petersburgo), inmensas galerías de arte (el de Estocolmo principalmente, y luego el de Bruselas, el de Montreal y como proyecto el de Hong Kong), una obra de arte que marca una época (el art nouveau del de París), un museo (el de Atenas), una arquitectura que se desarrolló desde un punto de vista esencialmente estético, o que tiene estaciones que expresan diferentes criterios arquitectónicos (co-mo el de Londres, el primer subte que se construyó en el mundo, el de Tokio, y algunos recientes que remiten a las obras de Giovanni Battista Piranesi).
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imperdibles Veamos algunos de los subtes más interesantes. Los de Moscú, inaugurados en 1935, están instalados muy profundamente para servir de protección ante los bombardeos alemanes; su lujo increíble parte de que fueron proyectados como «palacios para el pueblo», contienen esculturas, frisos y murales. El de Atenas es un museo más de la ciudad; por caso, la estación Syntagma es una muestra de hallazgos arqueológicos, y la Akropoli presenta frisos del Partenón. El de Nápoles fue planeado como «Il Metro dell'Arte», tiene estaciones donde se exponen obras de arte clásico y contemporáneo, y otras con objetos arqueológicos hallados al construirlo. Al subte de Praga hay que entrar con anteojos oscuros por la impresión óptica que produce el que algunas de las estaciones homenajean la obra del genial artista cinético Victor Vasarely; la impresión es estar participando de la película «Matrix». El de Estocolmo impone su estética ya desde los diseños arquitectónicos de sus entradas. De las 100 estaciones, en 90 han contribuido 140 artistas de renombre; decoradas enteramente, contienen exposiciones itinerantes. En el de Los Angeles se destaca la estación Vine, dedicada a documentos, escenografías, esculturas y afiches de los «años de oro» (los 30) de Hollywood. El de Francfort tiene poco arte, pero se vuelve inolvidable por la entrada de la estación Bockenheimer Warte, que muestra un vagón de subterráneo penetrando en la tierra; se ha dicho que parece como si una obra de René Magritte se hubiera transformado en una instalación. El de Lille, al norte de Francia, además de sus curiosas construcciones tiene la estación Montebello transformada en enorme acuario. La lista de subtes que permiten experiencias artísticas es cada vez más amplia. Y los porteños tienen su subte donde además de contemplar los murales, gracias al programa SubteVive pueden escuchar música clásica, electrónica, tango, jazz, rock, bossa nova, flamenco y folklore, presenciar obras de teatro y de títeres, ver cine y hasta participar en concursos.
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