ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

12 de enero 2007 - 00:00

Se integran las Tres A. De custodios a patota

ver más
Un operativo de la Triple A a plena luz del día, en una calle porteña. En grupo, con armas largas y sin distintivos, método clásico en su accionar (primera). María Estela Martínez, "Isabelita", durante un acto oficial, flanqueada por José López Rega (segunda). En San Justo, el restorán donde fue asesinado -por Montoneros- el ex ministro del Interior Arturo Mor Roig (tercera). Investigadores trabajan sobre los restos encontrados en el lugar de la explosión (cuarta).
Como traslucen las directivas del «Documento Reservado» que se dieron a conocer en «La Opinión», a partir de ese momento los « espontáneos» que operaban en nombre de la « ortodoxia» contaron con un marco de referencia y «legalidad» otorgado desde el nivel más alto del aparato del Estado. Eran coincidentes con lo expuesto en varias oportunidades por el jefe del Movimiento: El cuerpo humano en muchas ocasiones es atacado por virus, «gérmenes patógenos», que generan a su vez «anticuerpos» que los combaten y eliminan. Las Tres A fueron los « anticuerpos». En otras palabras, «ellos hicieron lo que nadie estaba dispuesto a hacer». En un comienzo se la denominó Alianza Antiimperialista Argentina, pero luego se impuso la Alianza Anticomunista Argentina.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Para algunos, esos términos nacieron como lo contrario a la Tricontinental, de clara inspiración castrista. Todos los historiadores señalaron al ministro José López Rega como el motor para la formación de la organización clandestina de extrema derecha. Sin embargo, está claro que el proyecto se concretó con el conocimiento de Juan Domingo Perón y su esposa «Isabelita». Hablando sobre López Rega, el médico Pedro Ramón Cossio anotó: «Tuve la impresión de que él (Perón) hacía lo que quería, que a José López Rega le tenía una gran confianza, y escuchaba sus sugerencias, pero él mismo finalmente decidía. También advertí que el general Perón era un hombre de orden. [....] Perón era el que tomaba las decisiones, y a López Rega le dejaba el rol de ejecutor. Lo que pudieron haber hecho (Isabel y López Rega) luego del 1 de julio es una historia diferente, pero hasta esa fecha fue así».

En general, todos coinciden en señalar a los miembros de la custodia del influyente ministro como el núcleo principal de las Tres A. Con sus jefes más destacados, todos integrantes o ex integrantes de la Policía Federal: subcomisario Rodolfo Eduardo Almirón; suboficial mayor Miguel Angel Rovira, Juan Ramón Morales (coordinador con la Policía y jefe de Seguridad del Ministerio de Bienestar Social), «el Inglés» Edwin Duncan Farquharson, Daniel Jorge Ortiz, Héctor Montes, José Labia y Oscar Aguirre. Estos a su vez coordinaban las tareas de las custodias de Bienestar Social y la Presidencia de la Nación. En total sumaban alrededor de un centenar de miembros y contaban con una comisión de «enlace», «grupos operativos», «médico», de «acción psicológica», un departamento de «finanzas» y otro de « automotores». En el vértice de la estructura figuraba José López Rega. Además, también militaban en la Triple A otros funcionarios del Ministerio de Bienestar Social, tales como Rodolfo Roballos y Jorge Conti. La organización contó con «delegaciones» en el interior, siendo la más importante la cordobesa «Comando Libertadores de América». Al mismo tiempo, las Tres A convivían con otros grupos con los que tenían enlaces permanentes, con los que llegaron a operar en conjunto. Tenían un mismo « enemigo». El grupo más destacado fue el de «Los Centuriones», comandado por el comisario Alberto Villar, alias «Tubo» o «Tubito» (que será nombrado por Perón jefe de la Policía Federal, en mayo de 1974, luego de expulsarlo al general Iñíguez). Otros respondían a Lorenzo Miguel, máximo dirigente de la Unión Obrera Metalúrgica, al que se integraron miembros de otras «patotas» sindicales. No faltaron los civiles de la «CNU» y «C de O».

La responsabilidad principal de la Policía Federal-en la lucha clandestina era coherente con una afirmación de Perón, sobre que a la guerrilla «los corro con la Policía». También fue similar con el pensamiento generalizado de la dirigencia peronista, si se tiene en cuenta que los policías fueron los primeros en ir a combatir a la Compañía de Monte «Ramón Rosa Jiménez» del ERP. Tanto uno como los otros fracasaron. Para esa época, las organizaciones armadas tenían ya un algo grado de preparación militar y sus integrantes sumaban varios miles de combatientes.

Sobre los miembros que integraron las Tres A, un observador dirá, unos años más tarde, «si bien su ideología es de extrema derecha, sus componentes son reclutados bajo una atracción más convincente para ellos que el imperativo ideológico: cada asesinato o atentado es suculentamente pagado con fondos reservados del Estado. Este terror blanco, pese a su clara dependencia estatal, posee como característica diferenciadora de la etapa posterior, la circunstancia de que no hay una participación global activa en él de los aparatos represivos del Estado en forma institucional. A partir de fines de 1973 hasta el día anterior al golpe de Estado de marzo de 1976, el terror paraestatal bajo las siglas AAA, Comando Libertadores de América, otros nombres circunstanciales o en forma innominada, realizó en todo el país más de 300 asesinatos24 y secuestros de personalidades políticas, culturales, abogados de presos políticos, periodistas, dirigentes juveniles, gremialistas combativos y activistas obreros y militantes de organizaciones populares». Esta mirada merece ser tomada con pinzas y tener en cuenta el contexto de la época. Como en toda organización humana, hubo de todo en las Tres A. Desde simples malhechores, miembros exonerados de las fuerzas de seguridad y otros que buscaron un rédito económico. Pero, observando el clima de crispación de esos años, y sin que ello merezca exculpar sus actos aberrantes, dentro de las Tres A hubo mayoritariamente gente que por nada se sumergió en la clandestinidad porque estaba convencida de estar librando una guerra contra fuerzas oscuras que intentaban terminar política y físicamente con Juan Domingo Perón. Basta recorrer los documentos y publicaciones de la época para entender el clima de guerra que se vivía en la Argentina. Los que se enfrentaron al margen de la ley sabían lo que hacían y también conocían cuáles podían ser sus consecuencias. Lo dramático fue que todo esto se llevó a cabo al margen de la ley, mientras los órganos del Estado miraban para otro lado y gran parte de la sociedad se sumergió en el silencio, marchando casi alegremente al abismo. La clase dirigente, además de sus discursos y solicitadas nada hizo (o podía hacer) para terminar con la matanza de todos los lados. El peronismo se bañó pero mojó a todo el país. Un ejemplo: en noviembre de 1973, Horacio «Hernán» Mendizábal presidió una reunión de toda «la militancia de superficie» de La Plata y sus alrededores, en el anfiteatro de la Facultad de Veterinaria de la UNLP donde planteó el «teatro de guerra» que se vivía. Tenía autoridad para hacerlo, en ese tiempo era el jefe de la Columna Sur de Montoneros. En un momento, los asistentes se quedaron sin respiración. Fue cuando planteó que, de acuerdo a las estimaciones de la «conducción», la organización podía llegar a perder más de 80 por ciento de sus cuadros durante «la guerra». Luego de exponer esto, bramó: «Compañeros, el que se quiera quedar se queda, y el que no que se vaya. Aquí estamos para pelear». Por lo menos en ese momento, nadie se levantó ni se fue. Está claro que los miembros de la organización que continuaron en la lucha no lo hicieron por dinero. Estaban tan convencidos de lo que hacían, como los «otros» que estaban del lado opuesto.


  • LOS ATENTADOS Y ASESINATOS DE LAS TRES A. APUNTES PERSONALES DE UN ENCUENTRO FORTUITO

    Entre los tantos apuntes personales que guardo de la década del 70, está un relato que me hice a mí mismo de un encuentro fortuito que tuve la tarde del 18 de marzo de 1976, una semana antes del golpe del 24 de marzo. Fue en la librería Paner, ubicada en la avenida Callao casi avenida Alvear, cuyos dueños fueron «Pancho» Bunge y su hijo Ernesto. En ese lugar compré lo que podría decir la base de mi biblioteca. La frecuenté mucho porque quedaba a tres cuadras de mi casa de soltero y teníamos con los dueños una relación casi familiar. Esa tarde, como dije, a una semana del golpe, me encontré con un antiguo colega de radio «Municipal». Nos habíamos cruzado varias veces, entre 1972-1973, con Patricio Errecalde Pueyrredón en los pasillos de la emisora. A veces hacíamos algún comentario al pasar. No éramos amigos.

    Mientras miraba unos libros en la gran mesa de entrada lo reconocí, sabía algo de su pasado, me le acerqué y conversamos un rato sobre los días que estábamos viviendo. Me acuerdo que le tiré un «gancho» y como consecuencia de eso me invitó a tomar un café al recordado Vía Venetto de la cortada Schiaffino entre avenida Alvear y Posadas. Patricio se mostraba nervioso.

    Recuerdo que de vez en cuando pasaban unos Ford Falcon y él los señalaba, diciendo «ése es nuestro» o aquél es de «Ejército», o de «coordina» (Coordinación de la Policía Federal). Tenía ganas de conversar. Llevaba varios días encerrado en un departamento de los alrededores esperando «una orden», la orden «de salir». Como tenía ganas de contar no tuve más que poner el oído. Estaba a la espera de la instrucción de un contraalmirante (con quien se comunicaba delante de mí) para largarse a la calle, o a la larga noche, a buscar a ciertos miembros de las comisiones internas de empresas importantes. Recuerdo que le pregunté ¿por qué vos? Y me dijo «porque es lo que debo hacer, es la tarea que tengo asignada». En ese momento dijo que trabajaría para la Armada «gratis, después del día D, en la zona de La Plata, Berisso, La Matanza y Ensenada». Y a partir de ese instante comenzó a hablar de la dolorosa guerra contra el marxismo en la que estaba comprometido.

    Fue una mezcla de relatos que helaban, de hechos y personajes que aún guardo en la mente sin necesidad de la ayuda de los apuntes: el retorno de Juan Perón, Ezeiza, las Tres A, el «Oso» Fromigué (a quien nunca conocí, pero tengo entendido que cayó a balazos en una emboscada), «culatas» de Lorenzo Miguel, otros sindicalistas, ex miembros de fuerzas de seguridad, gente despatarrada a balazos. Todos capítulos siniestros de una época que uno imploraba que terminara cuanto antes. Revisando mis notas, a la distancia, se observan los disparates -si es que no merecen un término más dramáticode las cosas que se hablaban libremente en la Argentina de la época. Errecalde Pueyrredón sentenció como «boletas seguras» a Jorge Taiana (ex ministro de Educación), al «Bebe» ( Esteban) Righi (ex ministro del Interior), Raúl Lastiri, Juan Manuel Abal Medina y Nilda Garré. Aseguró que «el golpe va a ser el lunes o el martes» y se mostró contrario a (Carlos) Dalla Tea y (Roberto) Viola «y su plan montonero». Después de un buen rato, dimos por terminada la conversación, enfilamos por avenida Alvear hacia Callao y ahí nos despedimos. El me dijo que tenía que volver a su lugar a la espera de la orden telefónica. Por discreción no pregunté dónde estaba parando. Ese relato sólo fue conocido por no más de cinco personas. A una de ellas le pregunté: ¿esto es lo que viene?

    Y como toda respuesta se me dijo: «No, es lo que termina». Con el tiempo volví a encontrarlo. Esta vez en los libros, porque Patricio Errecalde Pueyrredón murió hace ya algunos años. Su nombre figura en «Tacuara. Historia de la primera guerrilla urbana argentina», de Daniel Gutman, visitando en julio de 1966 al ministro del Interior del presidente Juan Carlos Onganía. En la ocasión le expresó el «apoyo sin reservas» del Movimiento Nacional Revolucionario Tacuara (MNRT). Su adhesión provocó un gran revuelo y una denuncia penal hecha por Víctor Alderete, que se presentó como secretario de la Comisión Popular de Afirmación de la Revolución Libertadora. Luego, con el correr de las páginas, Errecalde Pueyrredón aparece arriba del palco de Ezeiza, ya como miembro de Concentración Nacional Universitaria (CNU). No fue un día cualquiera aquel 20 de junio de 1973. Ese día Juan Perón debió bajar en Ezeiza, hablar a la multitud, pero no pudo hacerlo por razones se seguridad ya conocidas. Bajó en la base aérea de Morón donde lo esperó el comodoro Jesús Orlando Capellini (en diciembre de 1975 encabezaría una asonada contra la presidenta Isabel Perón). El 20 de junio de 1973 fue una jornada de reencuentros mal concebidos, nacidos al amparo de viejas divisiones, rencores, envidias y odios profundos entre antiguos «camaradas». Si hay una imagen que refleja ese siniestro y sinuoso camino, es la de José Luis Nell avanzando al frente de una columna de Montoneros y arriba del palco Patricio Errecalde Pueyrredón tirándole a la masa. Ambos en el pasado habían militado en Tacuara. Nell quedó parapléjico como consecuencia de un balazo.

    Arriba del palco, dice Gutman, de las 600 personas que respondían a las órdenes del coronel Jorge Osinde ( oficial de extrema confianza de Perón), 400 habían militado en Tacuara. Como otros que ahora se encontraban enfrentados: Joe Baxter (ERP), Horacio Mendizábal (Descamisados-Montoneros), Dardo Cabo (Montoneros) contra miembros de Guardia de Hierro, Comando de Organización, Alianza Libertadora Nacionalista y CNU. ¿Nombres? Félix Navazo de la CNU con contactos con Rogelio Coria (UOCRA) y, si bien no aparecen en los relatos del 20 de junio, sí tenían el pasado «tacuarista» y estaban ubicados en la extrema derecha: Emilio Berra Alemán, el «Mono» Graci Susini y Roberto Etchenique. Son sólo unos pocos ejemplos de un fenómeno mayor, el rompimiento de un movimiento extremista de derecha que nació en los albores de la década del 60 y terminó generando líderes del ERP, FAP, FAR y Montoneros que a su vez eran perseguidos por sus antiguos compañeros. La formación de las Tres A (Alianza Anticomunista Argentina) fue apañada dentro del peronismo por Juan Perón. «La Opinión» del 2 de octubre de 1973 informó de las instrucciones que se dieron al Movimiento en presencia de Perón, unos días antes de asumir su tercer período presidencial, como consecuencia del asesinato de José Ignacio Rucci (CGT). Ellas instruyen a terminar «con los grupos marxistas terroristas y subversivos». Palabras más, palabras menos, a las de un alto dirigente de Tacuara (luego de Guardia Restauradora Nacionalista): «Contra la violencia de la antipatria marxista, sólo un recurso eficaz existe: la violencia sana, bendita y necesaria de los sostenedores de la Nación» ( Revista «Leña», sin fecha establecida).


  • VICTIMAS EMBLEMATICAS ASESINADAS, DE UN LADO Y DE OTRO.

    La primera acción de represalia fue una bom ba en el automóvil del senador radical Hipólito Solari Yrigoyen (21.11.73). El 11 de mayo de 1974 es asesinado el padre Carlos Mujica (aunque nadie se adjudicó la autoría. Es más, Jacobo Timerman escribió una larga nota sobre un diálogo que había mantenido con Mujica cuatro días antes de su muerte. Mujica murió diez días después de que Perón expulsara a la JP de Plaza de Mayo. En esa nota, el cura le adelantó que habría de realizar todos los esfuerzos, junto con los sacerdotes del Tercer Mundo, para rescatar a la JP y «evitar la violencia». También propugnó «el acatamiento a la autoridad de Perón». «Me dijo, escribió Timerman, que recibía constantes amenazas de muerte, que estaba convencido que esas amenazas procedían de los Montoneros y que no eran desconocidas para Roberto Quieto y Mario Firmenich.» Esa nota mereció una dura respuesta de Firmenich desde el diario «Noticias» (en realidad fueron cuatro notas firmadas por el jefe terrorista, entre los días 14 y 17 de mayo).

    También «El Cronista Comercial», matutino en esa época infiltrado por la ultraizquierda, rechazó la acusación de Timerman. Tras la muerte de Perón (1 de julio de 1974) las Tres A operaron contra los «zurdos» o «infiltrados» con el amparo de José López Rega en todo el país. A través de asesinatos o amenazas. Entre otros, el asesinato del diputado Rodolfo Ortega Peña (31.7.74). La muerte de Pablo Laguzzi , de 4 meses, tras un atentado a su padre, Raúl Laguzzi, rector de la UNBA (7.9.74). Asesinato del abogado del ERP Alfredo «Cuqui» Curutchet (11.9.74). Cinco días más tarde cayó el ex vicegobernador de Córdoba, Atilio López. El 29 de setiembre de 1974, asesinan a Julio Troxler, ex jefe de la Policía de Buenos Aires. Dos días más tarde es secuestrado y asesinado Silvio Frondizi. El 8 de octubre, caen dos comunistas: Carlos Alberto Miguel y Rodolfo Achen. Al eminente médico Jorge Taiana no lograron asesinarlo porque lo previno el ministro Antonio Benítez. Otros fueron amenazados y se exiliaron, especialmente actrices y actores (Luis Brandoni, Norman Briski y Nacha Guevara). El final de las Tres A llegó en los últimos días de julio de 1975 con la caída de José López Rega. Varios de sus jefes y seguidores son desarmados por el Regimiento de Granaderos dentro de la residencia presidencial de Olivos.

  • RODOLFO ORTEGA PEÑA

    Activo militante universitario de la Federación Universitaria Argentina de ideología izquierdista. En 1958 se graduó de abogado y posteriormente de licenciado en la facultad de Filosofía y Letras. Fue docente e historiador. Asumió varias defensas de los «presos políticos y sociales», la mayoría vinculados con la guerrilla. Antes de su muerte había sufrido un atentado en su oficina de abogado. Fundó la revista «Militancia» ( vocero de todos los grupos subversivos de la época) junto con el actual secretario de DDHH Eduardo Luis Duhalde , la que fue clausurada en julio de 1974. Ocupó una banca de diputado por el Frejuli en mayo de 1973 y perteneció a la corriente del «Peronismo de Base». El 31 de julio de 1974 aproximadamente a las 23, al bajar de un taxi junto con su esposa, Elena Villagra, fue asesinado de tres balazos por tres hombres jóvenes que se dieron a la fuga. Su mujer recibió un balazo en una pierna. Eduardo L. Duhalde, amigo personal y político, según el diario «Clarín» expresó: «Lo mataron porque era un peronista revolucionario». La Triple A fue la responsable de este asesinato. En el momento de su muerte tenía 38 años.

  • ATILIO HIPOLITO LOPEZ Y CONTADOR JOSE VARAS

    El primero de los nombrados había sido secretario general de la Unión Transporte Automotor de Córdoba y diputado provincial. Tuvo actuación en el «cordobazo». En 1971 se desempeñó como secretario general de la CGT, regional Córdoba, y pactó con los sectores combativos de Agustín Tosco y René Salamanca. Fue electo vicegobernador de la provincia de Córdoba por el Frejuli junto al gobernador Ricardo Obregón Cano, renunciando junto con éste el 10 de marzo de 1974, por presión del presidente Perón, luego del «navarrazo». José Varas había sido subsecretario de Economía en la misma gestión de Obregón Cano. El día 16 de setiembre de 1974 a las 7 ambos fueron secuestrados en el hotel Aldeano, sito en el barrio de Once, Capital Federal, por unas 8 personas que se desplazaban en dos vehículos. A las 13, en proximidades del cruce de las rutas 8 y 193, localidad de Capilla del Señor, se encontraron los cadáveres de ambos con más de 120 balazos, según los diarios de la época. Sus asesinos fueron integrantes de la Triple A.

  • JULIO TROXLER

    Fue un militante peronista de izquierda que el 10 de junio de 1956 se salvó de morir fusilado en los basurales de León Suárez. Durante la gestión como gobernador de la provincia de Buenos Aires de Oscar Bidegain (montonero) se desempeñó como jefe de la Policía de la provincia hasta que renunció por indicación del presidente Perón, luego del ataque del ERP a la guarnición militar de Azul, el 19 de enero de 1974. El 20 de setiembre de 1974 cuando se desplazaba por la zona de Barracas en su automóvil, fue interceptado por un Peugeot 504 color negro, del que se apearon 4 sujetos que lo hicieron bajar del rodado que conducía ametrallándolo y rematándolo con un tiro en la cabeza, dándose luego a la fuga. La Triple A se adjudicó el hecho en un comunicado donde decía: «La lista sigue. Murió Troxler y el próximo, para rimar, será Sandler».... (Se
    refería a una lista que habían difundido con anterioridad con los nombres de: Ortega Peña, Curuchet, López, Troxler, Sandler, Sueldo, Bidegain, Cámpora, Laguzzi, Betanín, Villanueva, Firmenich, Caride, Taiana, Añón y Arrostito...)  

  • SILVIO FRONDIZI Y LUIS MENDIBURU

    Silvio, junto con Arturo y Risieri, fueron los más destacados entre los 14 hermanos Frondizi, hijos de inmigrantes italianos. Luego de la revolución de 1943 y del acceso a la presidencia de Perón, los tres hermanos en la oposición del gobierno tomaron caminos diferentes. Arturo, brillante abogado y político, fue diputado por la Unión Cívica Radical. Silvio, abogado también dedicado a la acción política, se radicalizó y se convirtió en un marxista militante y Risieri, filósofo y docente, al ser expulsado de la Universidad se exilió, pasando la mayor parte de su vida dando clases en Centro y Norteamérica. Silvio, en la década del 50 creó el «grupo Praxis» que se convirtió en la llamada «nueva izquierda nacional», que fue la más crítica y combativa contra las políticas y gobierno de su hermano Arturo, presidente constitucional en 1958. En 1960 con la vigencia del «Plan Conintes», Arturo lo incluyó entre las fuerzas políticas de izquierda que fueron disueltas. A fines de esa década y a principios de la del 70, Silvio se dedicó a la defensa de los «presos políticos» (en realidad, la mayoría acusados de terroristas) enfrentando tanto a los gobiernos de facto como al de Perón y al de Isabel, sufriendo amenazas de la derecha peronista aunque se negó a exiliarse. Su hijo Diego Ruy Frondizi, que pertenecía a las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), en marzo de 1971 había muerto en un enfrentamiento policial junto con otros dos terroristas en la localidad de Tigre. El viernes 27 de setiembre de 1974 fue secuestrado de su domicilio de la calle Cangallo, previo enfrentamiento a tiros donde murió su yerno, el ingeniero Luis Mendiburu, y fue herida una mujer ajena a los hechos. Más tarde se difundió un comunicado de la Triple A en donde se atribuyó su asesinato, expresando que su cuerpo estaba en un descampado de la zona de Ezeiza. En uno de los párrafos decía: «Sepa el pueblo que hoy a las 14.20 horas fue ejecutado el disfrazado número 1, Silvio Frondizi, traidor de traidores»... Según la autopsia, el cuerpo tenía 50 proyectiles.

    LOS MUERTOS POR LA ULTRAIZQUIERDA

  • ARTURO MOR ROIG

    Estudió en Santa Fe en donde se recibió de procurador nacional, comenzando su actividad política a los 25 años y, a los 31, su carrera en la administración pública. Fue dos veces concejal por San Nicolás, y dos veces senador provincial por la Unión Cívica Radical. En 1963, como diputado, fue nombrado presidente de la Cámara. Fue convocado por el general Lanusse para ser ministro del Interior de su gobierno y como tal se convirtió en el artífice del proceso de institucionalización (entrega del poder político por parte de las FF.AA.) por medio del llamado a elecciones democráticas, previa legalización del Partido Justicialista, que estaba fuera de la ley. El 15 de julio, en un restorán de San Justo, donde almorzaba con unos amigos, fue sorprendido por dos jóvenes bien vestidos que acercándose a su mesa le dispararon con sendas pistolas, sin haberle dirigido la palabra. Inmediatamente otros dos que entraron al local con armas largas, también dispararon sobre el caído para ultimarlo dándose todos a la fuga ante la sorpresa y pánico de los presentes. La víctima presentaba 32 impactos en su cuerpo. Sus asesinos pertenecían a Montoneros.

  • DAVID KRAISELBURD

    Nacido en Berisso, había estudiado en la ciudad de La Plata, donde se inició como cronista en el diario «El Día» que luego dirigiría, ocupando el cargo de director desde el año 1961. Fue fundador de «Noticias Argentinas», siendo su primer presidente y miembro titular de ADEPA. El 25 de junio, seis días antes de la muerte de Perón, fue secuestrado por un grupo de hombres y mujeres jóvenes pertenecientes a Montoneros, los que ya eran buscados por su intervención en el copamiento de un destacamento policial y por el intento de volar el gasoducto a Pino Truncado en proximidades de la Ruta 2. El día 16 de julio, oportunidad en que efectivos de la Policía de la provincia de Buenos Aires -que investigaban el secuestro-entraron en una vivienda de La Plata, fueron recibidos a tiros por una pareja. Pasado el enfrentamiento se detuvo gravemente herido a Carlos Starita que militaba en la JUP (Juventud Universitaria Peronista), órgano de fachada de la organización Montoneros y que falleció 4 días después. Una subversiva, herida, logró escapar. En una habitación y dentro de una carpa, se encontró el cuerpo asesinado hacía instantes de Kraiselburd con disparos en la cara y en las manos (como si se hubiera querido proteger).

  • COMISARIO GENERAL ALBERTO VILLAR Y SU SEÑORA, ELBA MARINA PEREZ

    Villar egresó de la Escuela de Cadetes Ramón F. Falcón de la Policía Federal Argentina en 1942, ocupando distintos cargos en los que siempre se destacó. Entre otras tareas tuvo a su cargo la investigación del asesinato del teniente general Aramburu y el de Oberdan Sallustro, presidente de la FIAT. En enero de 1973 fue retirado de la Fuerza. Por orden del entonces presidente Juan D. Perón, un año después, fue convocado al servicio activo y nombrado subjefe de la Policía Federal, y en mayo de 1974, por renuncia del titular, fue nombrado jefe de la institución policial referida. El 1 de noviembre de 1974, el comisario Villar y su esposa Elba Marina Pérez planificaron un paseo por el delta del río en el Tigre -como acostumbraban hacer los fines de semana-en la lancha de su propiedad, bautizada «Marina», en honor de su mujer.

    Luego de dejar a su personal de seguridad en el embarcadero, se alejaron en la embarcación y a unos 150 metros del lugar de partida se produjo en la misma una explosión tan violenta que los restos de la lancha y de sus dos ocupantes se esparcieron en un amplio radio ante la mirada atónita de los custodios. En el órgano de propaganda de la organización «Evita Montonera Nro. 1» sus asesinos asumieron la autoría de ambos crímenes dando como causal la persecución que hacía la víctima de las «agrupaciones peronistas JUP y JP». En realidad esas agrupaciones eran fachadas de los Montoneros y, además, el mismo Perón lo había elegido para el cargo por su eficiencia y su lealtad al gobierno.

    Además de los nombrados, merecen recordarselos nombres del ex juez federal Julio Quiroga, quien había integrado la Cámara Federal antiterrorista, disuelta en 1973 (ERP-22, 27 de abril de 1974); Ricardo L. Colla, ejecutivo de IKA-Renault (Montoneros, 31 de agosto de 1974); Jordán Bruno Genta, profesor universitario, escritor y militante nacionalista de gran influencia en las FFAA, especialmente en la Fuerza Aérea (ERP-22, 27 de octubre de 1974); Carlos María Saccheri, profesor universitario, periodista y militante del pensamiento católico nacionalista (ERP-22, 30 de diciembre de 1974).

  • HACIA EL FINAL

    Juan Domingo Perón murió el 1 de julio de 1974. Antes había roto sus relaciones con Montoneros y sus organizaciones, cuando se retiraron de Plaza de Mayo, el 1 de mayo de 1973. Como un signo más para los tiempos que estaban por venir, el 29 de junio de 1974, poco antes de transferir el mando a su esposa «por su propia decisión y para dejarlo bien en claro para la historia de su partido y de la Argentina, decide, como último acto de gobierno de su mandato (y de su vida) previo a la transmisión del mando, aceptar la renuncia del doctor Héctor J. Cámpora como embajador (en México); y, para exteriorizar la contrariedad que le había causado su gestión, pide expresamente que en el decreto correspondiente de aceptación de dicha renuncia 'no se le agradezcan los importantes y patrióticos servicios prestados', como es de práctica. Así se hizo, y al firmar dicho decreto cerca del mediodía del 29 de junio, con su lapicera perforó el papel, que había sido apoyado sobre un almohadón blando. De esto fue testigo presencial mi padre, el profesor Pedro Cossio, que le alcanzó y colocó el almohadón para la firma, y siempre mencionó lo impresionado que quedó al ver la convicción con que Perón ejecutaba ese acto, tan enfermo».

    Desde la muerte de Perón hasta la mitad de 1975 las Tres A continuaron operando con ferocidad, recibiendo también respuestas contundentes de parte de la izquierda. Esa «guerra» se llevó centenares de víctimas. Muertos, secuestrados, torturados, desaparecidos. Al mes de fallecer Perónfue asesinado Ortega Peña y desde allí en adelante todo, absolutamente todo, fue un largo rosario de hechos terribles. En 1974, fueron secuestrados los hermanos Born (que pagaron un rescate de 60 millones de dólares); Montoneros pasó a la clandestinidad; Firmenich viajó a Moscú de la mano de la Inteligencia cubana y luego se declaró «marxista»; el ERP ocupa las localidades de Santa Lucía y Los Sosas en Tucumán; se atacan unidades de las Fuerzas Armadas y policiales; se secuestra y asesina oficiales; los empresarios no quedan al margen de la situación, también son atacados, secuestrados y asesinados. Las organizaciones armadas y sus militantes sociales y políticos de superficie también son blancos de la derecha. En 1975, el Ejército interviene en Tucumán y despliega sus efectivos para combatir a la Compañía de Monte «Ramón Rosa Jiménez»; en febrero es secuestrado y posteriormente asesinadoel cónsul norteamericano en Córdoba. No son actos aislados, recorriendo el largo listado de muertos (muchos dinamitados) con su sigla AAA al lado se observa la dimensión de la tragedia. Todo acompañado por el deterioro del gobierno nacional y la debacle económica y social de la Argentina. En esa Argentina, José López Rega es el actor principal, el que concentra casi todo el poder. En esos meses la gente habla de las Tres A, pero no se señalan sus responsables.

    El matutino «La Opinión» en su edición del domingo 6 de julio trajo en su portada un recuadro principal cuyo título fue: «Denuncia militar sobre la Triple A». Fue uno de los artículos más importantes del año. Con la firma de Heriberto Kahn, se revelaron los entretelones del casual descubrimiento por parte de un oficial de Granaderos (el teniente primero Juan Segura), de una oficina del Ministerio de Bienestar Social en la que se encubrían operaciones de las Tres A. El hecho se remontaba al mes de abril de 1975 y le había costado el cargo al teniente general Leandro Anaya. En el recuadro periodístico se exponían, en varios puntos, las inquietudes castrenses por las «actividades de sectas que actúan en algunos medios oficiales, cuyos fines seudorreligiosos parecen poco claros».

    También sobre la «utilización de fondos oficiales en campañas proselitistas». En una clara referencia a López Rega se hizo mención a la «excesiva centralización de poder por funcionarios de escasa claridad de conducción, cuya acción afecta la imagen presidencial.» No estuvo al margen la situación socioeconómica: «Falta de solución de problemas económicos y sociales que se reconocen como alimento del terrorismo, cuyo recrudecimiento provoca desazón en los ámbitos económicos (...) zozobra en los medios familiares como consecuencia del desabastecimiento de artículos de primera necesidad y la evidente existencia del mercado negro.» Tras reiterar la preocupación por la «supuesta impunidad de grupos terroristas de ultraderecha, al punto que se generaliza la sospecha de que pudieran tener apoyo de algunos sectores de la administración», el artículo planteaba algunas «medidas mínimas» de las más altas esferas castrenses al Poder Ejecutivo. Entre otras, «obtener el alejamiento de figuras irritativas y a las que se considera responsables de una larga serie de errores que han llevado al país al borde de un grave conflicto institucional». También se expresó el pedido de «apertura de un diálogo político amplio... para tratar medidas de emergencia». Comenzaba públicamente la presión para la salida de López Rega del gobierno de Isabel Perón. Al llegar a su Regimiento, Segura habló con el jefe de Granaderos, coronel Jorge Felipe Sosa Molina quien le pidió que redactara un informe y que lo firmara de manera ininteligible. El informe subió por la cadena de mandos y después de largas reuniones provocó una crisis en el Ejército (retiro de Leandro Anaya y asunción de Laplane). En julio, cuando se conoció la noticia, ya López Rega estaba debilitado por el propio contexto de la sensación de desgobierno. En ese mismo julio, las organizaciones sindicales pidieron su cabeza durante un acto en la Plaza de Mayo. También declararon la primera huelga general a un gobierno justicialista. López Rega tuvo que marcharse rápidamente al exterior con «rango de embajador... Enviado especial ante los gobiernos de los estados de Europa.
  • Últimas noticias

    Dejá tu comentario

    Otras noticias