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15 de mayo 2006 - 00:00

Toda la casa como obra de arte: Tres coleccionistas porteños abren sus puertas a ambito de las artes

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Escribe Gloria Cesar

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Coleccionar no es una opción más en la vida, es un destino. Los apasionados por el arte que por distintos motivos llegan al momento de decidir entre comprar o no comprar algo que les gusta, carecen de cualquier atisbo de libre albedrío. Todo está predeterminado y, por lo tanto, no podrán dejar de comprar aquello que los está llamando. Coleccionar es lo más parecido que hay en este mundo a las pasiones amorosas, es algo que nos convierte, como en los boleros, en «objetos prisioneros», algo que nos ahoga hasta que saciamos la sed de poseer lo que anhelamos, y sobre todo, que necesitamos. Definitivamente. Como decía Oscar Wilde, «la única forma de controlar la tentación es sometiéndose a ella».
Quienes lo saben, quienes padecen este deseo, convendrán que es así. Esta característica no obstaculiza que coexistan tantas formas de coleccionar como coleccionistas hay sobre la Tierra. Cada uno será capaz de expresar su sentimiento a través de su particular forma de ver las obras que lo motivan. Del mismo modo que ellas muestran quién es su dueño y nos hablan sobre su vida.
Con Ambito de las Artes visitamos tres casas, tres cosmovisiones, tres colecciones diferentes. La casa de Ignacio Liprandi es un museo donde habita un hombre solo, de intereses profundos. Los muebles están elegidos con gusto exquisito, al punto que parecen formar parte de una magnífica colección de arte contemporáneo donde los artistas argentinos, mayormente de la década del '90, se codean con los internacionales. El arte, colgado en las paredes o apoyado sobre el piso, ha tomado la casa por asalto y nos obliga a desplazarnos como si estuviéramos recorriendo las salas de un museo. Nada invita a detenerse en ninguna parte, salvo para observar con detenimiento cada obra, o para leer el nombre de la autora del libro que el coleccionista está leyendo: Beatriz Sarlo. El minimalismo estricto, el respeto del espacio y el alto nivel de decisión reflejan metas claras con respecto al gusto.

La casa de Graziella Crivelli es un hogar para disfrutar con amigos a toda hora. La colección es fruto de una fervorosa del arte, de esas que no se privan de nada. Sus obras han ganado tanto espacio que nombró una curadora, le pidió a Victoria Noorthoorn que la ayude a poner en orden los resultados de su compulsivo afán por coleccionar. «Desde entonces todo está más armónico», cuenta Crivelli (una anfitriona adorable), mientras muestra una casa donde abundan el arte y los recuerdos cariñosos que cosechó en toda una vida. La colección es ecléctica, y Noorthoorn optó por ordenarla cronológicamente. En el living hay un bellísimo Guillermo Roux y una de las chicas de Martín de Girolamo, cuyo perfil se recorta contra una ventana.

La colección de Luis Perentti parecería haber sido elegida a conciencia, pues semeja la síntesis de las otras dos. Se trata de una casa llena de arte, donde se advierte el orden reinante en un aparente desorden. Hay un método y hay un empecinamiento en el coleccionismo que provoca curiosidad. Sus dueños, una pareja joven y deseosa de alegrar sus días sin importarles la opinión de otros, terminan demostrando buen ojo para descubrir aquellas piezas que el día de mañana adquirirán valor. Se trata de una casa perfecta para cualquier diseñador de interiores, siempre y cuando adore el estilo «cluttered».

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