El United Center, el estadio donde juegan los Chicago Bulls. Los partidos son apenas una parte de la diversión: hay bailes, concursos, números musicales. Y comida de lujo "non stop" si tiene la suerte de haber sido invitado a una de las "executive suites", que se alquilan a u$s 3 millones por año.
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El United Center está en el lado oeste de «la ciudad de los vientos», bellísima metrópoli que se enorgullece -según sus habitantes- de ser «una gran ciudad con espíritu de pequeña localidad». Antes de ir a ver a los Bulls se impone pasear por la «Magnificent Mile» (la «milla magnífica», literalmente). Son unas quince cuadras de la Michigan Avenue, sobre la cual se acomodan las boutiques de los nombres más caros y exclusivos del mundo. La caminata debe abarcar también la paralela State Street y el Lakeshore Drive (que bordea el lago Michigan). Después del paseo (abrigarse: ya sopla fuerte el viento y la temperatura cae a -15°), hay que tomar un taxi hasta el estadio, que costará unos u$s 20.
Acceder a la zona privilegiada del United Center no es sencillo ni barato: las suites más caras (ubicadas apenas por encima de la altura de los tableros) cuestan unos u$s 3 millones anuales (se contratan por un mínimo de tres años) y están vendidas desde hace mucho tiempo a empresas que las utilizan para sus ejecutivos e invitados especiales. Las que están disponibles para el público, ubicadas unos tres pisos más arriba, cuestan u$s 4.500 por noche, y acomodan a unos 20 espectadores/comensales. ¿Por qué espectadores/comensales? Es que si se tiene la fortuna de haber sido invitado a una de esas suites de lujo, el consumo de alimentos y bebidas será casi «non stop» desde la llegada hasta la partida.
El menú -provisto por el servicio de catering del estadio- incluye canapés de salmón y de langostinos, «crab cakes» (pasteles de centolla), los clásicos «hot dogs» que hicieron famosa a Chicago (de carne vacuna), sandwiches de lomo frío, ensaladas, pastas preparadas en el momento. Para beber puede elegirse entre champagne, cerveza, vino tinto o blanco, agua mineral y gaseosas. Si se le acaba la provisión, no se preocupe: un mozo diligente repondrá el faltante.
Y si su bebida no está del todo fría, recuerde que el escritor Paul Theroux, en su libro «The Mosquito Coast», ponía en boca del personaje principal (un afiebrado padre que lleva a toda su familia a vivir a las costas de Guatemala) la frase: «El hielo es civilización». La suite, seguramente no inspirada en Theroux, sino en la propia cultura estadounidense, tiene una máquina que fabrica hielo permanentemente.
No se sorprenda tampoco si en medio del partido hay una estampida en los palcos cercanos: alguien habrá anunciado: «Llegó el carro de los postres», una verdadera mesa dulce más propia de una boda que de un encuentro deportivo, y que incluye helado Häagen-Dazs, cheese cake, manzanas untadas con dulce de leche y almendras, tortas, frutas, galletas de chocolate, café.
Para llegar a este paraíso deportivo-gastronómico habrá que entrar por el Gate 6 1/2, una pequeña entrada exclusiva, ubicada discretamente junto al ingreso general, y por la que se accede a un lobby con escaleras y ascensores. Un ujier lo llevará hasta la puerta de la suite, en cuyo interior encontrará un placard para los abrigos, un baño de lujo, un juego de sillones, dos pantallas gigantes de TV de plasma, una mesa ratona y un mueble de granito negro sobre el que se acomodan bandejas para mantener la temperatura de los platos calientes.
La cuarta pared, obviamente, es de vidrio, lo mismo que la puerta que conduce a los asientos propiamente dichos, tres hileras de seis butacas de cuero negro cada una. Es bueno llegar casi una hora antes del partido: hay tanto para ver y descubrir en el estadio y entre la gente, que sería una pena perdérselo arribando sobre la hora.
El entretiempo de 15 minutos también es una buena ocasión para explorar el estadio más allá de la zona restringida de las suites. Para poder retornar, otro ujier estampará un sello invisible en el dorso de la mano del espectador. Escaleras abajo encontrará la única área en la que se puede fumar.
El «gift shop» ofrece chucherías varias con los colores y los símbolos de los Bulls; lo más caro es la camiseta original, que se vende a u$s 170; la réplica, muy parecida pero de otro material, cuesta «módicos» u$s 56 más tax. No se preocupe por perderse algún número de las bellas «Love-a-Bulls», las «cheerleaders» de los locales: sus bailes los reservan para intervalos más breves (los «time outs» del partido), cuando los espectadores no abandonan masivamente sus asientos en busca de los puestos de comida y los sanitarios.
De vuelta al match; un pequeño grupo, allá arriba, exhibe una bandera y camisetas argentinas. Están allí por Nocioni, que todavía está adaptándose a la nueva liga. La gente, a pesar de que el jugador de la selección nacional aún no despliega todo su potencial, parece apoyarlo en forma casi incondicional.
El espectador es abrumado por una pila de papeles que le entregan al entrar: son promociones y premios -por lo general, de empresas de comida rápida- que se irán dilucidando en varias de las múltiples interrupciones que tiene el partido. Uno de los cupones anuncia que si los Bulls marcan más de 100 puntos y ganan, habrá un Big Mac para cada uno de los más de 16.000 asistentes esa noche. El local va ganando por diferencia, pero les faltan apenas dos puntos para premiar al público con la hamburguesa. Nocioni toma la pelota fuera del arco de los tres puntos y ensaya un triple. Emboca, y el estadio estalla en una ovación: tres puntos para los Bulls, para Nocioni y Big Mac gratis para todos.
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