Lima, Gioja y Du Laurens en Valle Hermoso, límite con Chile.
Escribe Andrea Fernández Enviada especial
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ómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? ¿Quién? Bien podría resumirse esta historia que aquí comienza en las cinco preguntas básicas (o las 5 W, por su significado en inglés) que debe hacerse todo periodista antes de informar. Podría decirse que un grupo conformado por 76 personas, encabezado por el gobernador de San Juan, José Luis Gioja, y el intendente de San Juan, Marcelo Lima, cruzó la cordillera de los Andes a lomo de mula entre el 9 y el 14 de febrero emulando la gesta del general Don José de San Martín, para encontrarse con una comitiva chilena en el límite territorial y conmemorar, el 12 de febrero, la batalla de Chacabuco. Pero todas las preguntas parecen pocas y las respuestas se quedan cortas cuando uno se sienta frente a un teclado para intentar encuadrar en algunas líneas, que siempre parecen pocas, cómo es esta experiencia. Es una obviedad decir que estará cargada de subjetividad, ya que quien haya creído que fue invitado como espectador de esta travesía y no como protagonista de una historia que se repite todos los febrero desde hace cuatro años, se ha perdido de vivir una parte importante de la esencia de la vida cordillerana. ¿Cuál es el objetivo de este viaje para un gobierno como el de San Juan? Sería ingenuo pensar que no hay una intención política. Así se maneja esa vieja ciencia. Y en este contexto la clave es dejar en claro que el «Padre de la Patria», al que siempre se lo relaciona con Mendoza, utilizó San Juan para liberar a Chile. Esto pese a que a los mendocinos parece no importarles por dónde cruzó, sino que fue esa la provincia elegida por el prócer para establecer sus bases. Cinco mil personas, entre soldados y arrieros, quince mil animales (contando mulas, caballos y vacas que servían como alimento) que se movían por los estrechos caminos, los ascensos y descensos, las quebradas y los portezuelos con siete días de diferencia son los datos de la historia. Es cierto, en la experiencia del siglo XXI las diferencias fueron notorias. La cantidad de animales era algo más de 120 (entre los que transportaban jinetes y los que llevaban las cargas), la ropa incluía el polartec (pese a que los historiadores insistan en afirmar que en el siglo XIX había prendas abrigadas) y las cartas que llevaba un chasqui entre la mitad de la columna y el final (donde iba San Martín) se cambió por un moderno teléfono satelital. Todo esto sin contar que para la mayoría de los participantes la experiencia más cercana a subirse a una mula (un híbrido que surge de la cruza entre una yegua y un burro), fue haber leído durante la enseñanza escolar la historia de su medio pariente en «Platero y yo». Para Juan Ramón Jiménez, «Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos». En realidad a la mula, díscola -según los gendarmes, como toda mujer-, pero el medio de transporte más seguro en esos terrenos, hay que hacerle saber que uno está arriba, que domina la situación, aunque ella sepa el camino a seguir. Y durante seis días será la mejor amiga y compañera, porque si bien hay momentos para la risa, los diálogos y la emoción ante los paisajes, también están los ratos en que será la única testigo de los dolores y los planteos vanos que se pierden entre los valles.
«El peor de todos»
El Cruce Sanmartiniano es también una ruta turística explotada por guías locales. La clave es conocer el camino, que en este caso comenzó en estancia Los Manantiales. Según los historiadores Edgardo Mendoza -que paradójicamente defiende a San Juan a capa y espada- y el mayor Claudio Monachesi, «era el peor de todos los que transitaron las columnas sanmartinianas». Y por eso fue el elegido por el prócer para tomar de imprevisto a los españoles. Para quienes nada tiene que ser impredecible es para la Gendarmería, que está a cargo de la logística. El acompañamiento del Ejército y la participación de jueces, legisladores y hasta un embajador, entre otros, le dan el toque de color necesario a este desafío que sobrepasa el contexto histórico. Los primeros caminos que transitan los animales no parecen presentar mayores dificultades. Pero a medida que se sube en altura el cuerpo no sólo tiene que acostumbrarse a los vaivenes, sino también a los males que aquejan por esas latitudes, como el llamado «apunamiento» o «síndrome agudo de montaña». Y durante el día se pueden vivir todos los climas. Comenzar por una fresca mañana, para liberarse de camperas, buzos y ponchos con el correr de las horas. Dependiendo de la altura y las nubes, quizás haya que volver a usarlos. De lo que sí no se prescinde es del protector solar, la crema de cacao, un buen sombrero, los anteojos negros... además de la camaradería y el buen humor. Porque en tramos de 4.800 metros de altura (en El Espinacito), desde donde se comete el atrevimiento de mirar al Aconcagua de igual a igual, con noches de 12 grados bajo cero durmiendo en carpa en Alto Las Frías y el viento azotando sin descanso, los buenos consejos, el esfuerzo de los baqueanos que, en promedio, bajaron unas cien veces de sus mulas o caballos para ajustar cinchas y monturas, las ganas de ayudar y ser ayudado, de compartir historias y bromas son mejor bálsamo para las heridas que las cremas para las paspaduras que dejan estos 70 kilómetros transitados en 40 horas.
Guitarras y helicópteros
«Entre mi hijo y yo, la luna», fue el título de un libro del el artista plástico Carlos Páez Vilaró contando cómo mantenía las esperanzas de encontrar a «Carlitos», uno de los sobrevivientes de la caída del avión con rugbiers uruguayos reflejada en «Viven». Vilaró la miraba sabiendo que su hijo también la estaría viendo, encontrando una forma de acercarse. Salvando las distancias, es cierto que la luna, ese astro que siempre me produjo fascinación, cumplió a la perfección su papel de cómplice de la noche y fiel compañera, iluminando las guitarreadas que no distinguieron momentos. No hacía falta arengar demasiado para que algunos de los músicos itinerantes sacase a relucir su repertorio. Incluido el clarinetista militar, quizás la figura menos querida con su toque de diana, pero que se ganó el reconocimiento al hacer sonar las más famosas canciones mexicanas. Todo esto en el Valle Los Patos Sur, donde en forma ceremoniosa un cartel al frente del Refugio Ingeniero Sardina, fundado por la década del 60 y utilizado durante el verano por Gendarmería, recuerda que «por allí pasó la columna principal del Ejército de los Andes». Las duchas, breves, pero duchas al fin; las comidas, calóricas, especialmente preparadas para esta suerte de chef del refugio -que alguna vez trabajó en el Sheraton, abandonando cinco estrellas por las miles que inundan el cielo sanjuanino-, las charlas de igual a igual con Gioja (en las que recordó que el día que fue presidente, cada sanjuanino que estaba en Buenos Aires iba al despacho de la Casa Rosada a sacarse la foto tan ansiada. Y sin negar que sería una experiencia a repetir). Es darse cuenta que todos quedamos al descubierto ante una experiencia extrema. «A veces los hombres no saben hasta dónde llegan sus fuerzas», dijo el gobernador poco antes de cumplir el objetivo de llegar al hito para encontrarse con la expedición chilena (el momento más emotivo al galopar detrás de las banderas, en la recreación de la batalla de Chacabuco). Su vuelta sería en helicóptero. Al resto aún le quedaban dos días para llegar a casa, pasando la parte más difícil del camino, con pronunciadas subidas y bajadas en la Honda. «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos», escribió Pablo Neruda... como si hubiera pensado el cierre de este relato.
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