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19 de septiembre 2008 - 00:00

Zona Cero es hoy la gran atracción en Nueva York

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EXPERIENCIA PERSONAL

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Hasta allí llegué «engañado» o, mejor dicho, sin saberlo, guiado por un amigo que había experimentado el «antes» y el «después» de aquella fatídica jornada, pero que quería sorprenderme para ver mi reacción.
Zona 0 es muchas cosas a la vez: fosa común, campo de memorias, símbolo político. Pero es sobre todo un agujero enorme vallado, justo donde se levantaban las torres, donde uno encuentra la imagen pura del dolor, de la impotencia, de la desolación, de la desesperación. Algunos aseguran que con la construcción de la Torre de la Libertad (ver recuadro), se intentará olvidar el pasado, pero todos sabemos que será imposible.
Controversia al margen, el lugar es, sin duda, un atractivo para visitar y detenerse a recordar lo violenta que puede ser la humanidad y pensar en los sueños de las miles de personas que se perdieron aquel día.
Al llegar recordé las palabras dichas por aquel argentino durante el tour en ómnibus por la ciudad, al pasar cerca del lugar de los hechos. El sexagenario pidió el micrófono y preguntó a los turistas: «¿Alguno de ustedes cree en los fantasmas?»... el silencio fue sepulcral. «El término que describe el fenómeno en inglés es 'haunt' (encantado) y tiene la misma raíz que 'home' (hogar), refiriéndose a la ocupación de los hogares por los espíritus de personas que una vez habitaron en sitios donde ocurrieron hechos de muertes violentas. ¿Alguno se preguntó qué pasará aquí por las noches con casi tres mil fantasmas buscando respuestas que jamás encontrarán?». Nadie respondió...

VacIo imposible de llenar

Uno observa y observa. Por momentos se hace difícil -aseguran- intentar recordar cómo era aquello antes, con toda la inmensidad de los edificios que rodean el pozo. Sólo hay enormes grúas y camiones trabajando a sol y sombra en una zona copada por rascacielos que fueron testigos mudos de la masacre. El lugar irradia fuerza, la construcción avanza a paso lento pero firme. Para los norteamericanos no es un tema superado, lograron llevarlo con entereza. Pero en las caras de los turistas que lo visitan por primera vez se distingue tristeza e incredulidad.
Justo en la estación de metro hay un monumento en memoria de los fallecidos. Es inevitable pararse frente a él y no sentir escalofríos, aun con 34 grados un día de otoño, como fue nuestro caso. Lo mismo pasa cuando se visita la pequeña iglesia donde reposaron las primeras víctimas y donde se asistieron a los primeros sobrevivientes de la masacre. En su interior se respira paz, es el lugar de la memoria: una remera del Barcelona con el número nueve del camerunés Samuel Eto'o luce en un rincón, al lado de un rosario. Camisas, pantalones, cartas, otras pertenencias y sobre todo fotografías permanecen inmóviles esperando que alguien les ofrezca una oración o encienda una vela en su memoria. Hay que estar allí para sentir un sinfín de sensaciones distintas y extrañas a la vez. Un grupo de asiáticos sacan fotos y filman, nadie se quiere perder ese instante. Todos ríen, juegan con sus cámaras de última generación. A escasos metros, sin prestar atención a este acontecimiento, dos señoras chilenas de la alta sociedad no pueden contener las lágrimas.
Pero no a todos les parece bien la idea de hacer turismo a partir de una tragedia. Tanto es así que ninguna de las empresas que ofrecen visitas guiadas al centro de Manhattan (ya sea en ómnibus o caminando) mencionan la Zona Cero especialmente. A la mayoría de los oficinistas y empresarios que trabajan en los edificios aledaños la presencia de los visitantes los irrita. Les cuesta entender cómo la misma gente que antes de los ataques del 11 de setiembre adoraba salir a comer y hacer compras, hoy lo primero que hace es ir a «ver los destrozos, a tocar el horror». A nosotros, a esa altura, ya nada nos asombraba.
L.F.

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