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23 de mayo 2013 - 11:47

La década kirchnerista desde el punto de vista de la representación política

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Samuel Cabanchik.
Por Samuel Cabanchik, especial para ámbito.com.-

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El tema mismo de estas reflexiones pone en primer plano un patrón repetido a lo largo de la historia política argentina: la dificultad de la alternancia, es decir, del relevo del poder por parte de distintos sectores de la sociedad a través de sus representaciones políticas, sean éstas próximas entre sí o fuertemente dicotómicas. En efecto, en la época en que aun no existía el peronismo, el radicalismo se sucedió a sí mismo, -proceso interrumpido por otro patrón repetido durante medio siglo XX: los golpes militares-. Desde que el peronismo se conformara a partir del '45, en esencia también tuvo su propia continuidad o fue desalojado del poder por un golpe militar -el interregno de "La Alianza" no es un contraejemplo real por dos cosas: porque contuvo una expresión proveniente del peronismo "el FREPASO" y, más fundamental, porque ese Gobierno fue sustituido antes de tiempo por otro de origen peronista-.

Una repetición más específica es digna de mención: así como "el menemismo" fue una metamorfosis peronista que, sobre todo, luego de perder el poder fue evaluada como no auténticamente peronista por muchos integrantes de ese movimiento, así también está ocurriendo con "el kirchnerismo", pues si bien en sus primeros dos años de gobierno Néstor Kirchner intentó una transversalidad en la construcción política que alumbrara una auténtica renovación de la representación, a partir del 2006 se "reperonizó".

Paradójicamente, o no tanto, durante los gobiernos de Cristina ese proceso entró en crisis porque una buena parte de ese espacio político hace ahora con el kirchnerismo lo que antes habían hecho con el menemismo: desconocerlo como expresión propia y auténtica.

Por el lado del no-peronismo la crisis de identidad política nunca fue mayor. En el campo de lo que difusamente puede concebirse como expresiones social-demócratas, reinan la fragmentación y la opacidad a la hora de definir sus representaciones, lo que virtualmente deja al peronismo ocupando todo el campo de la misma.

El país que le tocó gobernar al kirchnerismo en el 2003, es importante recordarlo, era uno asediado por una de las crisis más profundas de toda nuestra historia, y frente a ello el Frente para la Victoria encaró un trabajo de recomposición del tejido económico-social enormemente dañado, contemplando los justos reclamos sociales sin apelar a los modos represivos empleados anteriormente (y en esto acaso quizás resida su mayor mérito). La fortificación del Estado, frente al debilitamiento del mismo que había ocasionado el neoliberalismo menemista, implicó a su vez una reconstrucción del aparato productivo que tuvo efectos inmediatos en una baja sustantiva de los alarmantes niveles de desocupación precedentes. Aquella tarea reparadora fue la base necesaria para la institución de toda política posterior, que en muchos casos implicó imaginación y audacia, y que en sus comienzos tuvo a su vez hitos destacados: la renovación plural de los miembros de la Corte Suprema de Justicia y la importante política de derechos humanos en sintonía con las reivindicaciones históricas de las organizaciones respectivas, continuidad de las notables medidas tomadas por el Gobierno de Raúl Alfonsín (teniendo en cuenta el complejo escenario que debió afrontar, en aquellos tiempos, el ex presidente radical) y posteriormente suspendidas por el menemismo.

Pero más allá de estos y otros profundos contrastes entre la metamorfosis peronista menemista y la kirchnerista, la reactualización de una dialéctica insuperable como lo es la de peronismo y antiperonismo, encorsetó el devenir político del país hasta nuestros días en lo que llamo: oficialismo y oposicionismo. Algo que se hubiera trascendido si la apuesta por la construcción de un amplio frente político y social se hubiera desplegado en toda su potencialidad. Si el FPV quiere proyectarse hacia el futuro, creo que su mayor posibilidad reside en esa apuesta originaria por la transversalidad.

Aun dentro de estos límites de su construcción, el kirchnerismo abrió un plexo de sentido político que la década anterior había sustraído. Y en ese plexo supo establecer los temas que constituyeron la "agenda política" de estos años. Al respecto, me interesa señalar dos ejes nodales en donde se ejerció una práctica verdaderamente progresista: la inversión real en educación y la institución de derechos para diversas minorías (las leyes de matrimonio igualitario, de igualdad de género, y el reconocimiento de la problemática de
los pueblos originarios en diversas legislaciones específicas). Estos ejes constituyen políticas que tienen un efecto de largo aliento y que fortalecen la igualdad y la libertad para todos los argentinos, incluso para las generaciones venideras.

¿Cuál ha sido su falta más grave? Acaso la construcción de una narrativa mítica que cierra filas en términos de discurso y obtura la posibilidad del establecimiento de un espacio de debate público permanente. En ese sentido, el kirchnerismo se ha dejado capturar por la lógica de la imagen-espectáculo, aquella misma lógica que critica en las corporaciones que combate. Por otra parte, y correlativamente a aquello, el verticalismo en la toma de decisiones ha socavado fuertemente la posibilidad de ese espacio de debate necesario y todavía ausente, algo que se pone de manifiesto, por ejemplo, en cada sesión en el Congreso, cuando los temas propuestos se tratan a libro cerrado. Una situación -la del no debate, del verticalismo y la confrontación permanente en lugar del diálogo- que provoca una peligrosa baja en la calidad institucional de nuestra democracia recuperada hace casi 30 años, no con poco dolor, por cierto.

El destino del kirchnerismo todavía no está escrito y depende, entonces, de su capacidad de apertura. Que el fin del kirchnerismo terminara siendo, real y efectivamente, el peronismo clásico, sería un retroceso frente a su gesto inicial de apertura y a algunas de las conquistas que hemos considerado positivamente. Una profundización de esas conquistas consistiría en abrirse a aquello inaudito que está siempre por delante y que excede a cualquier límite preestablecido.

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