Por Eduardo Curia, presidente del Centro de Análisis Social y Económico (CASE)
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La perspectiva de la economía para el 2015, podría situársela entre el "síndrome del Plan Primavera" y lo que llamo "el efecto de la buenaventura futura".
En lo del Plan Primavera, no me refiero tanto a los detalles estrictos de dicho esquema, ni automáticamente a su mal resultado, sino a algunos rasgos analogados de contexto con respecto a la actual instancia, que cabe citar. Incluido uno, fundamental, que atañe al ciclo político o ciclo económico-electoral.
En 1988, en la primera parte del año, la actividad venía debilitada, la inflación jugaba al alza, los salarios reales sufrían, los dólares escaseaban (con términos de intercambio complicados y un tipo de cambio poco controlable) e irrumpía una moratoria de deuda de hecho, sumándose bemoles fiscales y monetarios. A un año y pico vista, se planteaban los próximos comicios presidenciales. Con semejante panorama económico, había fundados temores en el gobierno sobre la continuidad de una gestión de signo radical: un punto clave. El Plan Primavera fue el "producto vendible" que se presentó, buscando vencer esos temores. El intento era bastante alambicado, pero, a la vez, frágil. A diciembre de 1988, lucía algunos logros. Pero, la situación del frente externo era sumamente endeble, tanto en términos de relaciones internacionales, situación de los pagos, como en lo atinente al posicionamiento del tipo de cambio. Finalmente, el plan sucumbió, y sabemos el resto.
El actual gobierno también se encuentra ante este sensible tópico de la continuidad política, aunque en el caso resulte más arduo caracterizar el concepto, en medio de una situación económica claramente expuesta. Hay problemas de actividad, en el frente externo, fiscales y monetarios, en las remuneraciones reales incluyendo un mercado laboral más flojo, y la inflación -aun esbozando alguna desaceleración- es alta. Se pueden mencionar, obviamente, diferencias de magnitud. Hoy, la inflación anual que mide el gobierno se ubicaría en el 25%, otros la colocan en algo más del 30%, y están aquéllos que hablan del 40% o más. En 1988, en agosto, la inflación del mes fue, nada menos, que del 28% (sin olvidar, claro, que se practicaron en el mes algunos ajustes especiales). La situación externa de aquel entonces, era más aguda; se estaba en plena crisis del endeudamiento externo. Hoy, el país es, en lo básico, un "desendeudado externo" (por supuesto, sabiendo que faltan capítulos no menores, y qué se discute mucho acerca del real sentido del desendeudamiento). Se podrían sumar otros datos comparativos.
Pero, en el núcleo, impera cierta analogía. Opera un momento político clave, transicional, y con una economía esencialmente floja, debe pensarse el "producto" que resulte vendible para la transición. Donde la imbricación entre los frentes interno y externo de la economía, es profunda. Ya el giro estratégico que se pegó a finales de 2013, marcaba un objetivo transicional. Ocurre que ese esquema, por distintos motivos, capotó a mediados de año, lo que obligó a repensar el asunto. Ahora, se está en esto.
¿Hipótesis?. Si se atiende a recientes declaraciones de Kicillof y Costa acerca de la inflación final del 2014 y la probable para el 2015 (según el índice oficial, naturalmente), podría perfilarse un supuesto de inflación "esperada" algo declinante. En teoría, el planteo es plausible, pero, desde ya, además de lo molesto de trabajar con mediciones contrastantes y discutidas para encauzar las variables, se enfrentan grandes desafíos en el plano instrumental. Hay que elegir anclas (en las específicas, tarifas de servicios y precios de los combustibles, por ejemplo). La que se perfila con particular relieve, es el célebre uso del cambio nominal como ancla de inflación, en tanto refiere una variable fundamental, de vastísimo alcance. Esto viene aplicándose últimamente con rigor.
En verdad, el tema de las anclas, además del grado de convicción que arroje, conlleva los interrogantes acerca de las implicancias del instrumento en materia de asignación de los recursos productivos. En lo que es la vital variable cambiaria, hay que computar un nivel real vigente muy deprimido, similar al del colapso de la convertibilidad. Lo cual, hasta podría llegar a agudizarse.
¿Cómo aportaría lo fiscal a aquel supuesto?. En principio, se diría que, por de pronto, el ritmo de gasto público debería moderarse (incluso, la pauta prevista en el presupuesto de 2015 es acotada, pero, suena forzada). No obstante, en un marco en el que se buscaría una inflación algo menor, pero, de todos modos, alta, el mantener un cierto ritmo de gasto (siendo pensado también como un arma de estímulo económico, aunque con efectos menguantes), y con una emisión monetaria adjunta, "contribuiría" bajo una especie de equilibrio lábil al objetivo de circunstancias. Acá talla el debate sobre el tópico de Sargent-Wallace, ligado a la "aritmética monetarista displacentera/placentera".
Pero, el quid radica en el sector externo, incluyendo la instancia del tipo de cambio real cada vez más retrasado, y con un superávit comercial presionado. El gobierno "resolvió" el tema divisas en el corto plazo, no sólo vigilando mercados y acentuando el cepo cambiario, sino, también, logrando aflujos de capitales (el endeudamiento del Banco Central y otros aportes). Pero, no llega todavía a la conformación del empalme con las exigentes demandas más mediatas que presenta el 2015. La reciente movida respecto del Boden 15, si en el tema recompra-canje, hasta cierto punto, permite jugar con el concepto win-win (con cualquier resultado, ganamos), ya en lo relativo a la nueva emisión, refleja las serias limitantes existentes en ese orden.
Los vencimientos en 2015 pintan densos. Con el especial condimento de la cuestión pendiente con los hold outs. La "cátedra" dice que habría que esforzarse rápidamente en obtener un acuerdo en ese frente, lo que derramaría positivamente después. Prima facie, parecería que las autoridades no comparten esta especie, prefriendo buscar atajos. De paso, deberíamos estar atentos -además de las factibles tensiones con los buitres- a lo que pueden hacer los acreedores reestructurados, si llegaran a hastiarse del inquietante limbo en el que se hallan inmersos.
En el supuesto planteo interno de una inflación algo descendente, el ancla cambiaria es una pieza "maestra", perfilando así, presumiblemente, un mayor retraso real del tipo de cambio. Pero, a la par, en medio de una dura restricción externa, la disponibilidad "suficiente" anual de dólares es crucial (máxime si quiere evitar radicalizar el cepo cambiario hasta el infinito, y, aun más, relajarlo algo). Entonces, aquí parece inexcusable el papel de refinanciaciones, nuevo endeudamiento y otros aportes de fondos externos. En este ámbito, restar aclarar la metodología y el horizonte involucrados, y sopesar cómo influyen en estos factores y canales los frentes conflictivos posibles.
Volviendo, entonces, al concepto del "producto" para la transición, no cabe más que aventurar divagaciones respecto a su articulación. En cualquier caso, daría la impresión de que se trata menos de una corrección estricta de los graves desalineamientos que presenta la economía en sus diversos frentes, que establecer un cierto montaje que permita atravesar el año entrante de forma relativamente airosa.
¿Qué resortes pueden ayudar a un final feliz del intento?. Es donde entra el efecto de la buenaventura futura. Se trata del imaginario, que circunda fuera y dentro del país, que promueve la idea de una solución de continuidad radical al verificarse el cambio de administración en la bisagra 2015-16. Ese imaginario bascula sobre la convicción de que, a partir de 2016, los variados problemas que presenta el manejo actual de la economía argentina, serán encauzados de una manera firme y veloz. Y que múltiples oportunidades potenciales de inversión, pasarán al plano de la corporización. Es lo que llamo la imagen del Edén futuro; la que no deja de trasuntar, creo, un toque de chamanismo. Esta visión puede ser descontada, y transformarse en un activo actual, aprovechable por el propio gobierno en curso. Una muestra al respecto, lo dio la suscripción del Bonad corto (título dollar link). Pueden darse otras, aun apareciendo costosas, pero que correrían con la ventaja de descargar ese costo para después de 2015.
En síntesis: la suerte del año 2015 dependerá significativamente de cómo se camine esa delgada cornisa perfilada entre el síndrome del Plan Primavera y el efecto de la buenaventura futura. Es decir: entre un planteo o esquema, bastante limitado, que prioriza el definir una determinada transición política, apelando a una articulación más bien epidérmica de las variables económicas, apuntando como máximo a un manejo relativamente airoso durante el año, y el oxígeno que puede brindar el efecto de la buenaventura futura.
Estos elementos, no son estáticos, e interactúan. Un mayor grado de consistencia del esquema que se arme, puede derivar en un refuerzo de la sinergia con el efecto de la buenaventura: realimentación positiva. Si, por el contrario, el esquema establecido va mostrando aceleradamente fisuras muy importantes, y los supérstites desequilibrios de base se evidencian in crescendo, la propia imagen promisoria del futuro puede empezar a contaminarse fastidiosamente. Se desteñiría la idea del rápido y expedito encauzamiento de las variables apenas cambiada la administración en ocasión de la bisagra 2015-16, y esta instancia, no hay que descartarlo, puede generar un daño retroactivo, tensando aun más -realimentación negativa- el esquema de transición.
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