En estos casi 200 años e inicialmente como parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata o la Confederación, la Argentina ha sabido encontrar por sí misma el «dorado» que tanto estimulaba y excitaba la imaginación de los «conquistadores». Sólo que el oro o la plata no constituyeron la riqueza más importante. El oro y la plata de ayer y hoy fueron y son las tierras cultivables y el agua dulce disponible.
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La población mundial, 6.100 millones de habitantes en 2000, crece a una tasa mayor que la del aumento de la producción de alimentos: en 20 años, la producción de cereales deberá incrementarse 40%, según estimaciones de la FAO; y más de 15% de la humanidad sufre problemas de hambre y desnutrición en estos momentos. Aunque la teoría malthusiana haya sido superada por la revolución industrial y los avances de la misma agricultura, hoy debe ser tenida nuevamente en cuenta, aunque obviamente en otro contexto, sin fatalismo ni resignación. Sólo para mantener el estado de alerta, en estado presente.
Según la psiquiatría, «el que logra controlar el pasado controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado». Parece un juego de palabras, pero esconde un incuestionable razonamiento, de ahí la necesidad de concentrar poder y de reescribir continuamente la historia. Los artículos que seguirán a éste, el primero, se enmarcarán dentro de los principales períodos de la corta vida de la Argentina: desde antes de la Revolución de Mayo, pasando por las luchas por la independencia (1810-1820), las autonomías provinciales (1820-1853) y la etapa de la reorganización nacional (1853-1880). La agricultura tuvo un papel preponderante durante la gestión de la generación del '80 (1880-1916) y la época de los radicales (1916-1930). Justamentedesde los años 30, coincidente con la década infame (1930-1946), se inició un largo período de declinación; el peronismo (1946-1955) no ayudó mucho, lo mismo que la sucesión de gobiernos civiles y militares (1955-1989).
Elemento común
La década del 90 (1989-1999), mal que les pese a muchos, volvió a dar aire al sector (tecnología y un aumento fenomenal de la capacidad de producción), aunque no fue fácil para muchos productores. No obstante, todas estas etapas han tenido un elemento común y positivo para la Argentina: la agricultura y el hombre de campo fueron el motor de crecimiento y desarrollo de la economía a pesar de algunos gobiernos.
De la revolución agrícola, la revolución industrial a la tercera revolución.
La humanidad ha vivido dos grandes revoluciones y está transitando por la tercera. El primer gran cambio, que modificó la conducta y la forma de vida de los hombres y mujeres, ha sido la revolución agrícola. Este hecho que se toma como único sucedió, en realidad, en épocas distintas y en distintos lugares. Hace 10.000 años a.C. en Oriente Medio, hace 5.000 años a.C. en Asia oriental y hace 3.000 años a.C. en América. En ese pasado muy lejano, mientras el hombre recolectaba, cazaba y pescaba, la mujer descubrió la germinación de las semillas y la posibilidad de cultivar la tierra. La humanidad dio, entonces, un giro importantísimo: pasó de ser nómade, cazadora y recolectora a sedentaria y agricultora. Nacieron así los hombres rurales y la aldea rural. Europa del Renacimiento vivía muy mal y comía peor, se necesitaban las especies de Asia para mejorar el sabor de las comidas (primera globalización). Los otomanos cerraron las rutas terrestres hacia el Este y se procuraron nuevas rutas por el mar; primero, por el sur de Africa y luego por el Oeste: el descubrimiento de América.
Miles de años pasaron para que, a mediados del siglo XVIII, se produzca otra gran revolución: la Revolución Industrial. Hace nada más que 250 años, con el descubrimiento de la máquina de vapor, se inició otro largo período que permitió el surgimiento de una nueva era caracterizada por la producción en serie.
El hombre rural se convierte en habitante de ciudades; de producir para él y su núcleo familiar se transforma en productor de bienes para otros, para el mercado. Surge el trabajo fuera del hogar, nace la fábrica y la especialización; el intercambio comercial es a gran escala y se inicia el uso intenso de los recursos naturales. De aldeanos autosuficientes y artesanos los hombres pasaron a ser trabajadores, asalariados y consumidores. La agricultura pasó a ser abastecedora importante de la industria incipiente; la industria textil, que requería adquirir materias primas de lugares distantes, lejanos (segunda globalización).
Hoy tenemos la oportunidad de vivir la tercera gran revolución, es una nueva era que podría denominarse «tecnológica», quizás en el futuro reciba otro nombre. El conocimiento, a través de las comunicaciones, se disemina a una velocidad increíble. Aunque, todavía existen regiones o territorios que están apenas transitando por la segunda revolución y, más aun, perduran zonas selváticas muy aisladas en donde existen grupos de aborígenes que no conocen siquiera la agricultura, siguen siendo nómades, recolectores y cazadores. El agro, también hoy, tiene un papel preponderante al dar albergue a la revolución de la biotecnología, no sólo para proveer de alimentos, biocombustibles, sino también vestimentas con materias primas no convencionales; por ejemplo, la fabricación de tejidos, en la China, con hilos de soja.
Así como el carbón se constituyó en el combustible de la Revolución Industrial, hoy las comunicaciones constituyen el combustible de la revolución tecnológica. La génesis de la Argentina, y principalmente desde hace casi 200 años, ha sido la provisión de alimentos al mundo en vías de industrialización. La biotecnología será el instrumento para la provisión global de alimentos. Esto es manifiesto, no es un juicio, un deseo o una trasnochada elucubración.
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