Como no se lo ha explicitado, debemos preguntar cuál resultaba la aspiración de los organismos oficiales, una vez decidida una devaluación de 40% y que posteriormente se remitió a un dólar «libre» (encomillado) que genera una devaluación real de 130%. Por lo que uno puede hilvanar, desde los balbuceos del gobierno y en lo que aparece como una mezcla de gemido, queja, y ganas locas de desquitarse con ciertas medidas, el escenario Duhalde-Lenicov arrastraba el ideal de tener un dólar para exportar 130% más competitivo, con una economía interna totalmente atornillada a sus niveles de cuando era la equivalencia convertible.
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De ser así, viendo el seguimiento denodado de las acciones por lograr que el dólar no se le escape mucho, acaso se amenace con importar más CEDEAR con el fin de no ver que los títulos locales se muevan hacia arriba. Obviamente, lo anterior es un grotesco: porque se supone que el deseo -en este caso-es que uno de los pocos bienes, o activos, que quieren que se revalúe sean las acciones.
Parece disparatado pretender que no existan movimientos hacia arriba de los precios, partiendo de los que están en fuerte consonancia a nivel dólar: seguidos por toda la cadena que restituye los precios relativos de bienes y servicios.
Se mezcla tanto todo, que uno debe escuchar a quejosos sin argumentos: solamente, que quieren que nada se mueva. Y los funcionarios vuelven a aquel viejo ejemplo del neurótico, que decía: «Ya sé que dos más dos, son cuatro. Pero, no lo soporto...». Si cuando en nuestro medio todavía había buena parte de producciones nacionales, cuando no se dependía de modo tan alarmante del insumo de afuera, y cuando no se venía de más de una década de inyectar la «cultura dólar» (el último gran publicista del «endéudese en dólares» fue el fallido Cavallo, hace unos meses apenas) había respuestas acordes entre devaluación-inflación, corrección del tipo de cambio, corrección de las variables económicas: qué se podía esperar ahora. Claro, hay una variable que esta vez falta en la mesa y -encima-es posible que se contraiga, en vez de dilatarse: los sueldos. Por obra de la crisis, marca la gran diferencia y es -por ahora-lo que contiene a los precios que no están al ritmo (salvo algunos casos puntuales) de cómo el dólar se devalúa.
Amenaza de las autoridades para frenar al dólar. Amenaza, después, con bajar los aranceles a cero. En una especie de normas puestas por decreto y que le tejen una maraña. Así, se está logrando llegar al punto más temido: la unión de depresión con inflación, la «stanflación» aumentada (porque se refiere a recesión/inflación) y que marca el punto de cocción económico y social, donde la tapa de la olla sale disparada hacia arriba (y como las riesgosas vasijas a presión, que se usaron en una época). Estamos cerca, por esta senda, de tener que rascar los tallarines del techo...
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