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Uno está en derecho de creer, o no creer, así como se puede creer -aunque pocos lo creyeron- que un bono en dólares argentino equivale a un dólar billete. También se puede creer, o no, en estos índices de inflación que suelen darse de frente con la realidad que uno le toca vivir en cada mostrador, en cada góndola, en cada «pedido de fiado» que se multiplica en el almacén del barrio. Los fines de mes quedan cada vez más lejos, aunque haga esfuerzos para recortar algo más del presupuesto en cada mes que pasa. Esa inflación, la de calle, no lleva el mismo número acumulado que detentan las estadísticas oficiales. Puede que sea sensación, tan sólo...
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