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12 de noviembre 2007 - 00:00

Cupones bursátiles

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Seguimos confesando no entender casi nada de lo que viene sucediendo en los mercados y su superficie, en el día por día, en las convulsiones a que se ven expuestos en cada semana. Y en el período cerrado se incorporaron otras condiciones, que ayudaron a dar el último puntapié al tablero general. Ver a indicadores menores, regionales, hacer como que no reconocen el liderazgo natural ejercido por el Dow Jones. No resulta caprichoso hacer hincapié en esto que amaneció en la pasada semana, porque -por ahora- pudo haber sido una simple casualidad y debido al revoltijo en que están envueltos los operadores en el mundo.

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Pero, si persiste esa tónica a despegarse y gozar de una tendencia distinta, esto también cambiaría los marcos habituales a los que la gente -el inversor- se ciñe de manera casi automática. Y el otro ingrediente destacado, ya de índice mucho más preocupante que las Bolsas, resultó lo que sonó a confesión de Bernanke (parecida a la nuestra) reconociendo que se sabe de duras tormentas que se están gestando en las economías: pero, sin tener idea concreta de cuándo, cómo, dónde estallarán. Y, además, sin tener ningún elemento útil para neutralizarlas.

Varias veces decíamos al lector, por si servía, aquello de la relación en la tendencia del oro: cuando a este activo, que es atesoramiento, no inversión, las cosas le van muy bien hacia arriba, es porque a todo lo demás le está yendo para el demonio. La «comida» del oro, su nutriente principal, es que los capitales que ven tormentas en todos los puertos decidan tomar al metal como una bahía protectora, hasta que el clima se estabilice. Y el oro ya hace un buen rato que venía merodeando sus máximos de los últimos treinta años: no es poca cosa, es cosa grande.


Allí sigue también el barril de petróleo, en una escalada que amenaza a economías dependientes y que muestran -por ahora- otro hecho singular: no haber caído en contracción, en crisis de crecimiento, con los precios promedio que se vienen soportando a lo largo del año. Pero, en su debido momento, esto debería pasar su cruel factura.

Es lo que está al rojo vivo en la periferia de los mercados de riesgo, es lo que nos dedicamos a seguir mucho más que a los indicadores de recintos bursátiles de coyuntura. Salvo cuando se dan casos como el que es base de hoy, en nuestra columna: ese abrirse de los índices satélite de aquello que emanaba del rector Dow Jones. Pero es también otra de las variables que parecen en movimiento, ya casi sin quedar ninguna en su sitial histórico. Que exista arribo de inversión externa, que huye del foco del incendio, es la posibilidad que está a la mano. Que aquí no exista casi ya ninguna inversión/colocación atractiva, es otra.

Quedan las acciones, descuidadas en el año, como bellas e inocentes sirenas en medio de la mar. (Y con sus insinuaciones de pasarla bien con ellas.)

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