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Como otros mercados emergentes que padecieron sus propias crisis en años recientes, Argentina está negociando frenéticamente con el Fondo Monetario Internacional por un respiro que pueda ayudar a poner su casa en orden. Su ministro de Economía, Roberto Lavagna, estuvo en Washington la semana pasada para reunirse con funcionarios del FMI y el secretario del Tesoro Paul O'Neill y exponer por qué Argentina merece nuevos préstamos que le permitirían refinanciar sus obligaciones de la deuda por los próximos dos años.
Lavagna enfrenta una inmerecida batalla. La administración Bush ha sido muy pasiva, haciendo poco esfuerzo para exhortar al FMI a que llegue a un acuerdo con Buenos Aires.
El gobierno transitorio del presidente Eduardo Duhalde es el primero en admitir que los problemas argentinos son el resultado de los errores propios del país, pero realizó un gran progreso al cumplir con las condiciones de los acreedores para una futura asistencia. Sería un error costoso si el presidente Bush y su secretario del Tesoro creyeran que pueden seguir castigando a Argentina, estableciendo un ejemplo para otras naciones derrochadoras, sin que haya efectos o contagio. Los mercados financieros en Brasil, Chile y otros lugares están comenzando a mostrar signos de debilidad atribuibles en parte a la continua agonía de la Argentina.
Hay también un contagio político emergente, una peligrosa reacción contra los mercados y la liberalización económica, esparciéndose en América Latina. Unido a su fracaso en progresar hacia nuevos acuerdos comerciales, la conocida insensibilidad de la administración de Bush hacia la sufrida Argentina, por mucho tiempo el alumno estrella del estilo americano del capitalismo en América Latina, podría contribuir a aumentar esta reacción y darle un sabor anti-americano. Esto podría ser un legado desafortunado para un presidente que asumió su cargo prometiendo darle alta prioridad al mejoramiento de las relaciones con América Latina.
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