Para algunos aquí, el debate sobre las horas laborales no puede separarse de un debate más amplio sobre lo que significa ser europeo.
«Si uno trabajara en Europa como lo hacen en Estados Unidos, con sólo dos semanas de vacaciones, mucha de la industria turística colapsaría», dijo Daniel Cohn-Bendit, otrora estudiante radical que representa a Francia en el Parlamento Europeo. «Nuestra sociedad está organizada alrededor del trabajo y el juego.»
La cuestión, por supuesto, es si esa sociedad es sostenible. En muchas formas, los hábitos de trabajo de Europa son una anomalía de la era de posguerra, un producto de la confluencia feliz de paz, nuevas tecnologías y una población juvenil. Con Estados Unidos proporcionando un paraguas de seguridad global, los europeos pudieron eludir el arduo trabajo de mantener un complejo industrial-militar.
Ahora, con una población en rápido envejecimiento, la competencia de una economía global y nuevas cargas militares desde Afganistán hasta los Balcanes, los europeos jóvenes saben que tendrán que trabajar más que sus padres. «Recordaremos el tiempo entre 1950 y 2000 como una especie de paraíso», dijo Schirrmacher, quien acaba de publicar un libro en Europa sobre los costos de la población en envejecimiento de Alemania. «Somos víctimas de una ideología», dijo, refiriéndose a la obsesión de Europa por el descanso. «Es casi como los carteles de Stalin en la Unión Soviética, con todos los trabajadores felices en acción.» Un pensamiento revelador, que algunos europeos bien podrían refutar. Pero sólo hasta el mes próximo, por favor.
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