La crisis con el campo ha dividido al gobierno, según los politólogos, en los dos típicos grupos de «halcones» y «palomas». El de los primeros quiere llevar el conflicto hasta las últimas consecuencias, para ganar algo que nadie sabe qué es, con una alta dosis de «animus belli». El de las palomas busca una solución, aunque no sabe dónde encontrarla. Como bien señala la Ley de Murphy, quien mantiene la calma en una crisis (por ejemplo, cuando se hunde un barco) no lo hace por sangre fría, sino porque no entendió el problema.
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El gobierno ha enfrentado el conflicto de la ganancia por tres líneas: la primera, desde la presunta legitimidad de la «distribución de la riqueza», sosteniendo que de no disponer de retenciones «a piaccere», la carne y la leche costarían como en Europa, donde la gente gana en euros y no en pesos; puro cuento. Lo único que reconoce es que los salarios son bajos, sin saber a quién echarle la culpa.
Pero hay una pista: desde el estallido de la convertibilidad, los salarios recuperaron su valor en dólares, pero la inflación supera a la devaluación. El sueldo promedio está en el orden de los 900 dólares. Es lamentable recordar que cada vez que el salario alcanza este valor, una nueva crisis se cierne sobre la Argentina, por el escaso capital tecnológico de su mano de obra. Es el eterno problema de la productividad total de los factores.
Cuando William Arthur Lewis estudió la economía de la India hace 60 años, mostró que los mercados se encontraban llenos de kioscos, y que si se reducía el número de ellos no habría perjuicio para el consumidor. La mayor parte de los habitantes se mantenía por medio de la agricultura de subsistencia, pero había un sector «moderno» industrial, del cual el otro grupo era la reserva de mano de obra. A medida que los integrantes del sector «bajo» de la economía se incorporaran al sector «alto», si se mantenían las reglas de juego y se respetaba el derecho de propiedad, el empleo y los salarios aumentaban, y se llegaba al desarrollo económico, que Lewis medía por un coeficiente K, equivalente al cociente entre los salarios promedio de ambos sectores; cuando más se aproximara a 1, más cerca se estaba del desarrollo.
Lewis llamó «sector moderno industrial» a cualquier cosa que la gente quisiera comprar, si tenía con qué pagarla. Hoy la demanda no es industrial, sino de soja, que requiere de tecnología e infraestructura. Con el petróleo en el orden de los u$s 120, el biodiésel consume-en el mundo una parte de los alimentos, para generar energía que producirá otra cosa. Un simple arbitraje, que ni Moreno puede evitar. Como el gobierno dilapidó los recursos en subsidiología, sin preocuparse de mandar a invertir a los beneficiarios para insertarlos en el sistema económico, el problema del capital tecnológico de la mano de obra se agrava. No hay reserva de mano de obra, y el coeficiente de Lewis se aleja del desarrollo, aunque el gobierno gaste plata en más subsidios.
El segundo argumento es el de la planificación, donde el gobierno quiere decidir qué tiene que hacer cada uno. Un libro de David Friedman explica las dos tecnologías existentes en los Estados Unidos para producir autos. Una manera es fabricarlos en Detroit. En la otra, cultiva semillas en Iowa, espera unos meses, y carga el cereal en un barco que va hacia Japón. Algo raro sucede allí, porque el barco vuelve cargado de autos. El comercio internacional es así de simple, desde que Adam Smith explicó la división en una fábrica de alfileres. El mundo demanda soja argentina y autos alemanes o japoneses. Cuando las terminales de Detroit reclamaron a Reagan que limitara el ingreso de autos japoneses, las echó. Como los rodados japoneses tienen una buena relación precio-calidad, es el reaseguro para evitar el incremento de precio de autos fabricados en EE.UU. La competencia es sana. En el argumento del gobierno, si de repente los clubes de fútbol de Europa pagaran millones de euros por todos los jugadores argentinos, debería prohibirse la venta, ya que el valor de las entradas a los estadios subiría abruptamente.
El tercer argumento es el peor de todos, que es «el golpe de las rastras». Según el argumento, una asociación ilícita de productores quiere terminar con una presidente elegida democráticamente, para no compartir sus ganancias, como si tuvieran obligación de hacerlo. Lo que el gobierno puede temer, es encontrarse en las vísperas de una nueva carta magna.
A lo largo de los siglos Xl y XII, Inglaterra conoció gobiernos fuertes -y hasta tiránicos-y gobiernos débiles. Ambas situaciones potenciaron una costumbre: que las fuerzas vivas del país pidiesen a los reyes, a partir de Enrique I en el momento de su coronación, la jura de una carta de libertades. Pero cuando Juan Sin Tierra regresó desde Bouvines en 1213, exigió un tributo a los barones que no habían participado en su guerra francesa. Los nobles trasladaron el tributo a los arrendatarios, que simplemente se marcharon a otra parte donde se les exigiera menos, hasta que los barones se dieron cuenta de que no había quién labrara la tierra para alimentarse.
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