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En las últimas semanas públicamente he expresado mis ideas y mi compromiso con la Argentina, mi país, el que elegí por haber nacido en otras tierras, pero con el que estoy eternamente agradecido por haberle brindado a mis abuelos, a mis padres y a mí la posibilidad de concretar la utopía del emigrante: prosperar digna y honradamente a través del esfuerzo y el trabajo.
Hoy, algunos formadores de opinión, me cuestionan que como empresario, tuve que vender nuestra principal compañía en 1999 y que es casi un pecado, haber ingresado a la política. Como una paradoja, son los mismos que insisten discursivamente, en la necesidad de cambiar la política y mejorar la calidad institucional de la democracia.
Siempre pensé que no alcanza con decir, que hay que hacer. Como ciudadano, procuré y sigo procurando con mis propios recursos, convocar a personas de distintas especialidades en las áreas de gestión del Estado. Lo creo un aporte concreto y por suerte, no soy él único. Nuestra democracia, requiere un compromiso constante y una gran capacidad para anticiparnos a los nuevos desafíos. Por esto, seguiremos elaborando propuestas con un fuerte contenido ideológico y consistencia presupuestaria, debemos formar gestores con vocación de ingresar a la función pública, sabiendo la enorme importancia que tiene trabajar para el país y su gente.
El año 2003, sin duda un año político, nos exigía a todos, un compromiso aún mayor. La magnitud de la crisis, fue quizás la más significativa de los 20 años que llevamos de democracia ininterrumpida. Decidí dejar de trabajar para el peronismo para hacerlo en el peronismo. Apoyé al gobierno de emergencia del Dr. Duhalde, que se ganó todo mi respeto y agradecimiento como ciudadano, ya que ahora es muy fácil hablar cuando el 1 de enero de 2002 nadie sabía si teníamos futuro como sociedad.
Consideré que la gobernabilidad era el primer requisito en aquel momento de la Argentina y como la mayoría, desconocía las capacidades del por entonces gobernador de Santa Cruz. Acepté la propuesta del Dr. Menem para desarrollar desde la cartera de Acción Social, un plan concreto. Erradicar el hambre de nuestro país es una prioridad, no se puede tolerar la desnutrición infantil, mientras resolvemos el tema estructural del empleo, es necesario resolver el tema más doloroso que tenemos como nación. Podemos resolverlo. Estoy seguro. Acepté y lo hice de la única manera que sé hacer las cosas, con pasión y convicción. De la misma forma, procuré que el proceso electoral no se interrumpiera, pero terminada la contienda electoral, hice lo que siempre sostuve, apoyar al que resultara electo presidente de los argentinos.
Al mismo tiempo, sin dejar de trabajar en la política, inicié el retorno a mi tradición empresaria, procurando adquirir Disco SA, acompañado por colaboradores de muchos años, y motivado por el rumbo que va tomando el nuevo país. Aún cuando parezca obvio, vale la pena reafirmar que para la democracia, es imprescindible también, generar condiciones económicas capaces de elevar en todo sentido la calidad de vida de los habitantes. Dadas las condiciones básicas y elementales, consideré dar la primera señal concreta en el sentido de un empresario nacional que invierte en su país, dispuesto a correr riesgos, generando empleo y mostrando que la Argentina es un lugar en el cual se puede crecer. Si los argentinos invertimos en la Argentina, le demostramos al mundo nuestra confianza en el futuro de la Nación.
Es cierto y legítimo, el derecho a debatir. Es bueno estar sometidos permanentemente a críticas constructivas de las que debemos ser capaces de aprender. Es imprescindible reconocer los errores propios y marcar eventuales diferencias en pos de más y mejor democracia. Es necesario llamar las cosas por su nombre y saber lo que estamos dispuestos a hacer por el país. Es un desafío individual y colectivo. Nadie debiera sentirse ajeno o simplemente observador de la «paja en ojo ajeno», sobre todo si esa observación se hace con «la viga en el propio».
Como dije, acepto ser cuestionado y sobre todo, acepto equívocos que me hacen cambiar y mejorar, pero necesito entender sin prejuicios, las razones por las que al igual que en la política, nos cuesta tanto escuchar sin prejuicios y etiquetamos mediáticamente con una velocidad tan asombrosa.
La democracia no puede estar sometida a la lucha de intereses sectoriales. Hemos aprendido mucho al respecto en estos 20 años. No importa desde qué lugar se digan las cosas, pero es peor si esos intereses se juegan desde lugares supuestamente «de todos» y se estigmatiza a quienes acertados o no, pretenden opinar, construir y aportar.
¿Qué clase de sociedad están procurando?
¿Será que si uno no opina como ellos pasa a ser un enemigo? ¿Será que si como argentino, estás dispuesto a levantarte y polemizar, sos alguien a quien hay que demonizar? ¿Será que no nos daremos nunca la posibilidad como sociedad de darle al otro el beneficio de la duda y buscar los consensos en lugar de sólo hacer hincapié en los disensos? ¿Será que ser dueño de mi dinero, vivir aquí, trabajar y procurar invertir es algo que está mal? ¿Será que por haber apoyado al que no ganó, no tengo derecho a opinar nunca más? ¿Será que como ciudadano y peronista, les molesta que pueda expresarme libremente, con propuestas concretas sobre los temas clave?
Creo profundamente que no hay lugar para quienes se llenan la boca de lindas palabras y no se les cae una sola propuesta. Los argentinos estamos hartos de encontrar culpables, es hora de reunir a personas que están dispuestas a traer soluciones. Podemos construir nuestro país. Al menos podemos aportar lo nuestro para un país donde haya igualdad de oportunidades, con un mercado libre, pero inteligentemente regulado y donde el Estado gaste más y mejor. Creo en que mi país debe y puede erradicar el hambre y la pobreza, generar empleos dignos, garantizar salud, educación, seguridad y justicia a todos por igual, y ser con esfuerzo un país digno para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.
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