1) Lavagna lo ofendió a Alberto Fernández, al imputarle al gremio de los porteros (su casa política, ya que desde allí controla el peronismo de la Capital) el incremento del último índice de costo de vida.
2) En la Casa Rosada, mientras, trascendían disgustos -atribuidos a Kirchner y a Julio De Vido- de que el ministro propiciaba una gigantesca ganancia para los bancos con el auge de los bonos y una tasa de interés semejante a las de un pasado no lejano, de las que el Presidente varias veces aseguró que eran impagables. Sean o no impagables, lo cierto es que son las más rendidoras del mundo.
3) Lavagna, a su vez, en su cercanía deslizaba que ésa no era su responsabilidad, que nadie ignoraba su aversión por los bancos y que, en todo caso, le correspondía endosarle ese cargo al Banco Central que responde más a la Casa de Gobierno que al carácter de independiente de su carta magna.
4) No menos significativa fue la partida de Lavagna a París, en su periplo por China, casi un exceso de holganza en alguien acostumbrado a la provechosa austeridad de los viajes: todos aseguran que se tomó anticipadamente «unos días» para evitar concurrir al acto del lanzamiento bonaerense de la esposa presidencial, Cristina de Kirchner. Si no fue un respaldo solidario con Eduardo Duhalde, al menos fue un gesto oportuno.
5) El conflicto naturalmente entre Economía y la Rosada obedece a otra realidad, más allá de rencillas y acusaciones: hay temores por la magnitud de la inflación venidera, el manejo de los aumentos salariales aprobados por el gobierno (hay estimaciones de que crecieron 30% en el año mientras la economía levantó la nariz 6%), la creciente demanda y el acecho oral y escrito de expertos que les conceden responsabilidad el mes pasado a los porteros, éste a las vacaciones de invierno, agosto y setiembre a la carne (la que, por otra parte, subió ya 5%). Explicaciones comunes del pasado de los argentinos que generaron alineamientos para uno u otro sector en el gabinete, más rispideces con otros ministros.
6) Nadie dejaba de atender, además, que Lavagna -en sus últimas presentaciones-alude a sus propios logros, sea el arreglo de la deuda externa, las exportaciones o el crecimiento del PBI, mientras guarda sintomático silencio por la inflación, los despropósitos con el manejo energético o de tarifas, y la procelosa estrategia en la responsabilidad de los juicios del CIADI ( volumen prodigioso de dinero a perder por el país si ese tribunal falla en contra) que responde en exclusividad a la mano derecha del jefe de Estado, Carlos Zanini (quien ubicó en la Procuración a su obediente Osvaldo Guglielmino). No es casual esta referencia: Zanini figura entre los odiados por Lavagna, ya que ahora le pisa un decreto que él considera vital.
7) Finalmente, en la Casa Rosada se escucharon dos datos: «Roberto no llega a diciembre en Economía», y su reemplazante será un hombre con un perfil semejante al de Adalbert Krieger Vasena, léase alguien con nutridos contactos internacionales, versación técnica, amante del dólar alto y con buenas relaciones empresarias. Curioso paradigma en la boca del kirchnerismo.
Si los presuntos dominadores del juego no saben si habrá desenlace, más allá de sus propios deseos, ni tampoco cuándo se habrá de producir, menos seguramente podrá ensayar con certeza el periodismo. Pero no se puede apartar, de este complejo cuadro, una realidad política menos emparentada a las razones económicas: lo que Kirchner aspira para 2007 y lo que sueña el propio Lavagna para la misma fecha. Son caminos diferentes, opuestos y, como suele decir el mandatario, «con el poder no se jode». Al menos, él.
Para entonces, momento de la renovación del mandato presidencial, Lavagna ha hecho un cálculo: tendré 65 años, quizá sea la última ocasión para intentar lo que íntimamente ha confesado, ocupar el sillón de Rivadavia. Hoy no dispone de mala imagen, también de un informal respaldo político de la estructura del duhaldismo, no se enfrenta con ningún gobernador y, por otra parte, hasta es bien visto por un sector del radicalismo (Raúl Alfonsín) que contribuyó a encumbrarlo al ministerio, ya que Duhalde en esa época ni lo conocía y sólo aceptó la sugerencia de Carlos Ruckauf.
Dejá tu comentario