Lo no creíble de Kirchner
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Lo de Roger Noriega al criticar la actitud, ciertamente torpe, de la Argentina sobre Cuba -que protagonizó con mandato el canciller Rafael Bielsa- es más una pancarta interna norteamericana en un año de elección presidencial.
Por lo que sea, Kirchner en estos días se ha robustecido interna y externamente, pese a sus desmadres verbales, y eso preocupa a muchos.
• Difícil
Ya lo dijimos en este diario: más allá de la prensa oficialista con «obsecuencia debida» que la lleva a alabar todo, no es fácil criticar a Kirchner porque tampoco es fácil definirlo a 200 días de mandato. Uno puede criticarlo con insistir en el absurdo de pedirles a los acreedores 75% de quita de la deuda (92% en realidad, según plazos), ¿pero qué pasaría si Kirchner contesta: «Mire si yo arrancaba proponiendo los montos más lógicos de quita de 60% a 65%, terminábamos con sólo 45%, muy oneroso y sacrificado para los ciudadanos argentinos»? Si uno le dice -a mí me pasó cuando estuve con el Presidente- por qué «comprarse» alguien tan controvertido e irritante como Eugenio Zaffaroni para la Corte Suprema si Esteban Righi era un penalista de la tendencia social y mucho más asimilable. Lo silencia con su respuesta: iban a decir que era demasiado cercano a mí y que buscaba una Corte adicta. Hábil para la dialéctica cuando no está ante público, lo deja a uno cortado cuando sabe que también con Zaffaroni -y más con la futura jueza Carmen Argibay- tendrá una Corte adicta y de izquierda, desde el momento en que se proponen candidatos ideologizados con pasados jugados de los que no podrán desdecirse.
Si alguien le preguntara por qué tanta izquierda -y alguna hasta marxista elevada- en las designaciones del gobierno, podría, en su estilo, poner «nocaut» al interrogador con una salida tangencial de este tipo: la izquierda real y peligrosa es la que se apropió de una parte del movimiento piquetero, que está en la calle, y que amenaza con la lucha armada o tomar la Casa de Gobierno, cuando menos.
A riesgo de ser confundido con la prensa y hombres televisivos obsecuentes o ideologizados, cuesta la crítica por las indefiniciones y varias alternativas finales posibles -algunas eventualmente positivas- a sus actitudes actuales. Sin embargo, aun cuando las indefiniciones no resulten sólo chiquilinadas, desvaríos o piel de cordero y sí una forma meditada de gobernar, van iluminándose algunos claroscuros clave que no han llegado todavía a los analistas, al gran público ni tampoco precisadas por una oposición decididamente pobre en expresiones.
Por caso, Néstor Kirchner repite hasta el cansancio, con el eco tan peligroso del ministro Lavagna, que la única alternativa al crecimiento argentino es no pagar o pagar lo mínimo a los organismos internacionales y sobre todo a los acreedores privados de deuda pública, los «bonistas». Se trata de instalar en la gente y entregar como argumento a la obsecuencia esta opción: seguimos así y mejorando, aunque quedemos ante el mundo como cretinos que les sacamos sus ahorros y no los queremos devolver. O lo otro: recuperamos prestigio pagando con nuestros elevados excedentes, dadas las óptimas condiciones del comercio exterior de hoy, pero nos estancamos en el crecimiento, en el elevado nivel de desempleo, en la pérdida de cultura del trabajo a causa de tantos planes asistenciales gratis.
Aunque lo use seguido el gobierno -y con bastante simpleza de análisis lo repitan- no está para nada probado el argumento de que «nos sucedería lo de Machinea». A principios de 2000 -a poco de haber asumido el presidente De la Rúa- el entonces ministro de Economía, José Luis Machinea, aplicó el «impuestazo» y frenó la incipiente reactivación económica. En primer lugar, son absolutamente distintas las condiciones del comercio internacional de hoy cuando, con suerte excepcional, está acompañando bien al gobierno Kirchner y disimulando sus fallas. En ese entonces, la tasa de interés internacional era seis veces y media mayor a la actual y decaían las reservas, mientras hoy se acrecientan. En otro contexto externo aquel gobierno aliancista, además, había nacido tullido por un engendro de postulados opuestos forzados a unirse meramente para ganar una elección que pergeñaron Alfonsín, Terragno, Fernández Meijide y Chacho Alvarez, personajes precisamente no tocados por la varita del éxito luego en su vida pública, al extremo de que ninguno capitalizó el invento.
Por otra parte, Machinea era ministro de un gobierno votado por la gente mayoritariamente sin opción porque el principal candidato rival, que venía de dos derrotas seguidas previas para el apellido, era el populista y no confiable Eduardo Duhalde, de quien igual la ciudadanía no se salvaría. Vía el golpe de Estado civil de diciembre de 2001 terminó encaramándose en la Presidencia, aunque tuvo su castigo: debió entregar el gobierno al imantado santacruceño justo cuando el mundo se recuperaba y China, abandonando ya a pleno su retrógrado comunismo y entrando al bienestar del capitalismo, enriquecía a naciones como la nuestra que, curiosamente, tienen hoy como gravitantes en este gobierno a trasnochados marxistas, fenómeno anticapitalista descartable mundialmente, salvo en Cuba.
Duhalde, sin merecerlo, pudo haber sido un presidente designado pero con alguna eficiencia si su mandato hubiese entrado en este fulgor que llega desde el exterior a países emergentes pero con alimentos.
El argumento más fuerte contra la tesis de Kirchner sobre que si paga afuera destroza adentro sin duda es el Brasil de Lula Da Silva. Tuvo un período de duro ajuste que trajo recesión temporaria, enfrentó huelgas por sacar privilegios jubilatorios excesivos a los empleados públicos, tuvo que mantener la tasa de interés en niveles prohibitivos para invertir, sin demagogia debió expulsar a los ultras de su propio Partido de los Trabajadores, asumió la necesidad de postergar reivindicaciones sociales justas de pobres en extremo. Pero hoy Brasil supera a la Argentina y se acerca al ideal de Chile. Recibe inversiones externas abundantes, el Fondo le acaba de entregar otros 14.000 millones de dólares después de haber dispuesto de 30.000 millones al inicio de su presidencia, bajó la tasa de interés, superó la recesión, paga 4,25% de su PBI a deudores, tiene récord de superávit comercial, se convirtió en el primer exportador de carne del mundo (pese a que no tiene la Pampa Húmeda argentina) y va camino a ser el primer exportador mundial de alimentos. No aumentó el gasto público (aquí sí), logró bajar su cotización de riesgo-país a sólo 400 puntos -la más baja desde 1997 cuando la Argentina sigue en 5.100-, pese a haber sido precedido el actual por gobiernos brasileños liberales austeros. Tiene apenas 100 puntos de riesgo más que la moderna y consolidada economía chilena. Además, Brasil se impone sin jamás herir a acreedores y se encamina recién ahora a dar un subsidio mensual a 47 millones de brasileños paupérrimos (más que toda la población argentina), sin politizar las entregas y en base a una economía nacional realmente encaminada. ¿Por qué entonces la Argentina necesita agredir a acreedores mundiales y no pagarles para lograr su recuperación interna cuando, al igual que Brasil, goza del buen momento internacional? ¿Por qué tenemos aquí planes asistenciales politizados -aunque sea más culpa de Duhalde que de Kirchner-, aumento del gasto público, una reactivación forzada con gasto público y no privado como los brasileños? ¿Se le ocurriría a Lula Da Silva enterrar fondos públicos en tantos subsidios, como inventar empresas aerocomerciales sólo para pagar sueldos o como los ferrocarriles (200.000 dólares por día) para que un tren de pasajeros llegue apenas dos veces por semana a Misiones tardando 25 horas, con agobios varios a los pasajeros, cuando un micro tarda apenas 13?
Admitamos como cierto que el gobierno tiene argumentos no fáciles de rebatir en cuanto al porqué de la mezquindad para saldar la deuda pública a bonistas de todo el mundo: nadie le asegura al país que pagando, dada nuestra tradición de terror en incumplimientos mundiales, vamos a recibir los mismos capitales que Brasil, que ni cercanamente tiene tan mal currículum. Se puede pensar que si tardaremos varios años en volver al mercado mundial de capitales mejor es no malgastar lo que aporta el buen momento. Sería bueno tener discusiones en este nivel de disyuntiva, pero faltan una prensa más seria y una oposición mejor consolidada, porque es bueno y democrático que Elisa Carrió plantee el riesgo de hegemonía que irradia este gobierno pero no está a tono para analizar cumplimientos y eventuales inversiones, indispensables para el futuro argentino.
No hay nivel alto en discusiones limitadas a la pequeñez política del momento.
• Cuerno de oro
No se analiza que el dólar aquí no cae porque se confíe en el gobierno Kirchner sino porque se ve seguro al sector externo, donde su cuerno de oro inclinado no proviene para nuestras agroexportaciones de alguna sequía temporal en alguna región del mundo ni de la aparición de la «vaca loca» en Estados Unidos sino de tendencia positiva a largo plazo desde el momento en que China aceleró su entierro del comunismo y acercó cuanto menos a 300 millones de sus habitantes al bienestar y el consumo... Y tiene mil millones más en espera de alcanzar ese status.
La rebeldía, argumentos y arrebatos kirchnerianos podrían no tener razón de ser y estar perjudicando al país en momentos en que sobra liquidez en el mundo en busca de oportunidades de inversión, cuando Estados Unidos mantiene tasas bajas que no atraen esos fondos y cuando al mantener el peso devaluado las empresas argentinas pueden estar perdiendo la oportunidad de incorporar tecnología y actualización de equipos para un posible futuro de crecimiento y diversificación de exportaciones. Claro, necesitan tener confianza, seguridad jurídica. Todo esto hoy no hay.
Dejemos que el gobierno lo goce y agrande, pero no nos engañemos con un crecimiento del PBI en base a un país agroexportador, como sucedía hace 110 años, con industrialización endeble en base a vender internamente con protección de dólar artificialmente encarecido. Aunque no haya debates de altura no se cree que los principales hombres de este gobierno, más allá de ser cuidadosos con la moneda y probadamente incorruptos hasta aquí, sean de vuelo para el debate del desarrollo de la Argentina que viene.



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