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24 de marzo 2004 - 00:00

Museo al rencor

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Había deslizado mi infancia observando entre los mayores y maestros los coletazos finales de una disputa de... ¡más de 90 años antes, Rosas y los anti-Rosas! Le puso fin, espero, Carlos Menem repatriando los restos del caudillo federal.

Utilizar el enorme edificio de la Escuela de Mecánica de la Armada, ESMA, para un museo «a la memoria» de los subversivos brutalmente reprimidos en la década del '70 es asegurar a nuestros descendientes un hito visible para que no transcurran sus vidas sin algún rencor histórico como tuvimos nosotros y tuvieron nuestros padres.

También una rémora destinada a la irreconciliación, como lo fueron el cadáver de Eva Perón o el de Rosas. Por tanto, es un daño que se les hace a la Argentina y a los argentinos en la medida en que será un monumento a la intemperancia. Un cenotafio en el verdadero sentido de la palabra, que es
El punto álgido es que no es simple reflejar críticas, aunque estén generalizadas entre los que sienten y conocen y hasta extendidas hoy a la mayoría de la sociedad que ni antes ni ahora se entusiasmó nunca por el tema subversión. Precisamente un monumento de la dimensión de la ESMA y su ubicación es para venganza hacia los que ganaron, aunque por fuera de la ley, aprovechándose del único monopolio respetable y temible si se lo emplea mal: el monopolio de la fuerza por el Estado. Pero no neguemos, porque seríamos tontos, además de callados, que un museo de la «memoria» de esta dimensión estará para reprochar permanentemente a esos argentinos comunes, ajenos al ideal terrorista de los '70, su indiferencia. A los peronistas que idolatren ídolos que no son jefes guerrilleros abatidos; a los obreros a cuyos jefes de personal de sus fábricas los subversivos asesinaron sin que se lo hayan agradecido plegándoseles sino, por el contrario, a veces hasta denunciándolos; que haya fotos de Evita o de un club de fútbol en villas miseria y no de Roberto Santucho, que hacía atacar camiones para repartir sus vituallas en los caseríos de chapas.

Tampoco ignoremos que un monumento tan visible y pomposo sirve -aunque sea un despropósito sembrar rencores y utilizar al país en ello- para calmar conciencias, como si fuera posible, por traiciones y cobardías del setentismo en el campo subversivo, que las hubo.





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