26 de enero 2004 - 00:00

Negociar deuda pública sin frialdad puede hipotecar a varias generaciones

Lo trascendido como informe del Banco Central dirigido al gobierno lleva a un cuestionamiento: ¿quién es culpable de haber dejado caer al país en un nuevo default (el cuarto de su historia y el más grave), sabiendo que ese tipo de especuladores internacionales, los «fondos buitre», existen y existirán siempre, que viven a la espera de que algunos políticos gobernantes hagan mal su gestión y terminen entrampando las cuentas públicas de sus países?

Sin caer en eslóganes repetidos (los «políticos», la «corrupción», como si no la hubiera en países desarrollados), en el caso argentino sería largo enumerar «culpables» y «circunstancias culpables», que también son importantes. Por caso, la biotecnología que permitió producir bien alimentos en las tierras menos fructíferas y aun en las más áridas de muchos países, es una circunstancia decisiva en el caso argentino. Esto, desde la crisis mundial de 1930, retrajo demanda mundial de productos de nuestro campo. Además los abarató y nos quitó la «ventaja comparativa» de la estupenda Pampa Húmeda. De ahí en más hubo políticos ciertamente malos, desmedidos en ambiciones, corruptos, pero también es cierto que la peor desgracia de un país no es el lento desarrollo, pero avanzando, sino retroceder permanentemente desde una posición que alguna vez fue holgada, líder. Es el caso argentino por factores indoblegables como la explosión mundial de producción alimentaria. Los sectores sociales aquí se despedazan entre sí. En la puja se pierde hasta el sentir de Nación, porque lo esperable en evolución es que los padres, aunque estén mal, lo sobrelleven, pensando que sus hijos en el futuro estarán mejor. En la Argentina desde hace 74 años, como toda nación que decae desde algún pináculo, es al revés y eso crea el permanente resentimiento y la puja social. En 1930 estábamos en el cuarto lugar en riqueza en el mundo.

•Industrialización

Por supuesto que algún gobernante estadista podría haber girado el timón de un rumbo que llevaba hacia la decadencia inexorable, por caso encarando una industrialización seria y competitiva a nivel mundial como sólo se intentó con el gobierno de Arturo Frondizi (1958-1962). Hubiera sido no depender sólo del agro. Pero hoy, año 2004, nuestro acotado auge económico de recuperación pero dudoso en cuanto a real desarrollo se basa nuevamente en la sorpresiva recuperación de la demanda, China mediante, sobre productos del campo. O sea retornamos al país agroexportador de comienzos del siglo pasado, con una industria que mayoritariamente sólo puede sustituir importaciones con alto sustento en aranceles protectores y tipo de cambio también altísimo que, a su vez, deprime el salario real.

Existe una mejor perspectiva porque la demanda china de alimentos no parece circunstancial -como sería en el caso de una sequía-sino por sumar apenas una parte de sus 1.300 millones de habitantes al consumismo tipo occidental.

Las características de hombres públicos como el ministro Roberto Lavagna agravan el panorama por ser propicios a posponer las soluciones sin beneficio a la vista. Podría pensarse que la agresividad contra acreedores privados de deuda argentina y el despreciar proponerles soluciones sensatas podría provenir del mismo presidente Néstor Kirchner, quien eludiría un costo político en el inicio de su gestión mientras se afianza en el cargo. Podría ser porque llegó con escaso caudal electoral y gran parte no propio. Pero se recuerda que el ministro Lavagna también propuso similar «política de alargue», sin definiciones racionales, al presidente designado Eduardo Duhalde, de quien también fue ministro.

Tanto el bonaerense Duhalde como el santacruceño en la primera magistratura hoy se muestran populistas sin dominio de lo económico-financiero. A Duhalde nunca le interesó, como confesó públicamente. Kirchner viene de administrar una provincia de sólo 200.000 habitantes, que nunca tuvo deuda pública grande e inexistente por ello para las apetencias de los «fondos buitre».

La apuesta argentina de hoy, con poca chance de imponerse, vista la experiencia mundial del pasado, es repudiar la deuda adquirida para reducirla al extremo. También está implícita esta teoría en la mayor parte de la clase política dirigente argentina en este momento, dado que varias provincias -Buenos Aires, Misiones-han derivado al gobierno nacional la refinanciación de sus propios endeudamientos.

La única diferencia con el pasado es hoy la magnitud nunca alcanzada de endeudamiento de un país, como es el caso argentino. Habría por eso una muy remota posibilidad de alguna reacción internacional para algún perdón parcial. Muy remota, porque cualquier condonación debería ser generalizada a otros países emergentes y sentaría, además, peligrosos relajamientos en cuanto a cuidar sus finanzas públicas en el futuro. Los bonos argentinos hoy defaulteados provienen de un anterior perdón que se llamó plan Brady.

•Propuesta ignorada

Recordemos que en la última reunión panamericana de presidentes en Monterrey, México, se ignoró la propuesta del mandatario argentino Néstor Kirchner de un plan Marshall para Latinoamérica. Irak, país en el mundo donde más comprometidos están hoy los intereses norteamericanos, no logra condonaciones significativas a su endeudamiento, que no tiene la gravedad del argentino.

Exigir una quita de 75% de la deuda -en realidad 92% a valores actuales-y mantenerse agresivamente en esta posición no parece una buena táctica del gobierno argentino si, en definitiva, deberá pagarla más cara a «fondos buitre» en una proporción con ellos que encarecen todo arreglo. Por esta actitud, además. se condena al país a quedarse fuera del movimiento de capitales de inversión en el mundo en un momento óptimo de exceso de liquidez y bajos retornos para atraerlos. Es ciertamente grave y alarma lo ahora revelado por el Banco Central:
que 20% de la deuda está fuera de ahorristas comunes o bancos conocidos sino en esos grupos especulativos, cuya ganancia depende de buscar con recursos, organización, paciencia y tiempo un cobro mayor de gobiernos en default.

Al 31 de diciembre último, según datos oficiales que acaban también de difundirse la semana anterior, el gobierno argentino obtuvo 1.300 millones de dólares más de lo que había comprometido como superávit con el Fondo Monetario. Se logró por mérito del gobierno al haber mejorado la recaudación, es cierto, pero también por el excepcional momento internacional para las exportaciones agrícolas. Se han dado subsidios, resucitado servicios ferroviarios a pérdida y con recorridos que llevan el doble de tiempo que en micros, que cubren la prestación, se han efectuado costosas estatizaciones.

Cabe preguntarse nuevamente entonces -como este diario ya lo ha comentado-¿no habría sido preferible, en correcta administración de fondos públicos, haber destinado parte de ese ingreso extra, no previsto, sorpresivo, al pago más no sea simbólico de algún monto a los ahorristas en títulos argentinos defaulteados? De haber obrado así no habría cundido tanto desaliento entre ellos para entregar en el último cuatrimestre -como dice el informe-7.200 millones de dólares en títulos baratos a «fondos buitre» que siempre cobrarán por más que se los repudie e insulte. Este gobierno podrá demorar luchando en juzgados internacionales (abonando enormes costos de juristas especializados), podrá derivar el pago acrecentado de la deuda a otros gobiernos que lo sigan por el tiempo que durarán las demandas, pero, en definitiva, esta generación y otras de argentinos pagarán más caro. Se está agravando más el futuro, ya de por sí comprometido.

•Tres etapas

Junto a la frágil recuperación económica, el gobierno no está administrando bien el país. Como dice siempre el economista Roberto Alemann, «el período de 6 años de duración de un presidente de la Nación era constitucionalmente muy sabio para naciones con las características estructurales y de tradición política de la Argentina. Es así porque un nuevo presidente de la Nación tarda dos años en aprender a gobernar. Los dos siguientes son los realmente útiles para el avance del país y los dos últimos son desperdiciados y costosos porque el gobernante los dedica a su reelección o imponer a su sucesor». Obsérvese en el pasado y en el presente argentino que las tres etapas, con más o menos años es lo que ha predominado y predomina. Hoy se agrava sólo porque la Argentina está en una crisis como nunca anteriormente. No existe hoy en el país una oposición conformada, salvo voces aislados y algunas de ellas circunscriptas a lo político, que marquen al gobierno lo que está arriesgando con determinadas actitudes. Por el contrario, predominan los que siempre halagan, sobre todo en prensa. El viernes, al difundir el importante informe del Banco Central, el medio proclive que lo difundió tituló: «Fondos buitre complican la negociación». Por supuesto que complica pasar de tener enfrente a especuladores profesionales en cantidad creciente en lugar de ahorristas moderados. Pero así planteada, como «complicación», es preocuparse no por las consecuencias para el país sino por dar cobertura a quienes no previeron algo que inevitablemente iba a suceder en perjuicio de la Argentina. Sucedió y se agravará.

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