No hay buen post-Monterrey
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Aun en desconcierto frente a ejemplos numéricos no dominables, el mandatario norteamericano atinó a decir algo que es clave y lo más importante porque es la voz máxima para todo lo que venga después en discusiones en todos los niveles de funcionarios menores de EE.UU.: la ayuda del Fondo y la ayuda del país del Norte continuarán para la Argentina en la medida en que se avance en «compromisos» con los acreedores privados y que se empiece por hablarles «amigablemente», como ya dijo Köhler, director gerente del Fondo. Así se corporizó lo que se supone que, de ahora en más, será la difícil gestión con el organismo internacional agudizándose hacia junio, aunque un experto como Mario Blejer lo calcule para setiembre próximo.
Queda expuesto si es cierto o no que el propósito final, la estrategia clave de Kirchner, sería seguir postergando durante los 4 años de su mandato esos acuerdos y pago a acreedores, algo que lo salvaría de muchos costos políticos. Beneficiándose además de eso con el impensado empinamiento de los aportes del sector externo por la demanda mundial de China, que debe tomarse como suerte extra del primer mandatario.
Kirchner querría eludir lo que inexorablemente marcan experiencias pasadas y la lógica. Eso es que para el primer presidente posterior al estallido de una crisis económica terminal -y más si es agravada con default- corresponde ser severo en el manejo económico, no limitándose a controlar la emisión, aunque sea tan importante. Realizar la tarea de recomposición del país con medidas de acechanza de riesgo de alto costo político para que otros mandatarios luego -o él mismo en una etapa posterior o segundo mandato- puedan gobernar sin apremio y con el problema encaminado no parece en absoluto la vocación de sacrificio de Kirchner. La recomposición que no hizo Eduardo Duhalde en sus 18 meses como presidente designado no la quiere asumir tampoco su sucesor. El bonaerense no solucionó, sino que hizo populismo y agravó la herencia para el santacruceño.
• Futuro
Néstor Kirchner, aunque comprenda la necesidad de que alguien sacrifique popularidad para salvaguardar el futuro del país, se droga con lo popular en lo personal y no desea que alguna dureza en su período pueda empañar la primera gestión presidencial de centroizquierda que haya conocido la Argentina. Concretamente, el santacruceño, aunque el país lo pueda lamentar en el futuro, no quiere arriesgar como Lula Da Silva en Brasil. Mantiene un apotegma casi a nivel de undécimo mandamiento que le corea la obsecuencia: «Nadie podrá pagar sin crecer» (lo repitió en su discurso en Monterrey). Esto empalmaría con ese presunto propósito de estirar un arreglo con los acreedores durante los 4 años de su mandato. Pero en absoluto está probado que no arreglando se crezca y menos en este especial momento de las finanzas mundiales con alta liquidez y disponibilidad de capitales con tasa baja para ganancias. Es mucho más probable hoy que si uno paga o lo intenta en un diálogo amigable, como le pidieron en Monterrey, atraiga inversiones acortando años de sufrimiento y sin caer en la descapitalización del aparato productivo argentino.
Que dilate 4 años, en cambio, no parece ser lo que apoyarán ni el Fondo ni Estados Unidos, lo que se vio en Monterrey. Bush no quiere soportar la escalada de demanda que arranca con los accionistas privados y llega de los gobiernos amigos. Los inversionistas hoy son mucho más pequeños que los grandes bancos acreedores en el pasado, por eso son más impacientes que antes y tienen más peso político en sus gobiernos. Además se suman a grandes multinacionales afectadas por tarifas congeladas y renegociación de contratos en la Argentina, un cóctel explosivo para cualquier gobernante.
El default de fines del gobierno militar de facto, en 1982, se acentuó en todo el período Alfonsín y sólo pudo solucionarse -y no bien- en 1993 con el plan Brady, o sea, 11 años después. Allí nacen los Discount, los FRB y otros títulos argentinos que hoy son un desastre. Pero en esa época también nació el C-BOND brasileño, que hoy es de alto retorno y muy valorado por el enfoque diferente del Brasil de Lula para encarar la deuda pública con decisión. Veamos la reacción de mercados antes y después de Monterrey para no caer en alabanzas y triunfalismo. Los bonos en default (Global 08 y 2018 que se operan), que habían subido con esperanza pre-Monterrey, cayeron 8%. El riesgo-país empeoró en 2,4% y llegó a 5.566 puntos.
Se verá pronto cómo evolucionan tantas discrepancias.



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