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Pensar «desde el futuro» significa imaginar una configuración económica posible y sostenible dentro de los datos estructurales de la economía argentina, adaptando o incorporando la crisis actual y el esfuerzo de ahorro que la economía y en particular el sector público deberán hacer. Dado que la transición actual es una gran incógnita, lamentablemente es la primera forma la que predomina en el pensamiento actual.
El ejercicio de pensar a partir del corto plazo es compatible con el ejercicio tradicional de la política en la Argentina. Según esta visión tenemos que ir a duras penas acotando la crisis financiera mientras llamamos a elecciones y aseguramos un mandato y un horizonte más firme. Esto no sólo es cortoplacismo sino voluntarismo político del mejor estilo. Reitera el gran defecto de la mayoría de los políticos en la Argentina que creen que los tiempos de la sociedad se manejan a través de ciclos electorales. Este razonamiento nunca fue válido en la Argentina y es una verdadera desgracia en las presentes circunstancias. La crisis actual es de gran envergadura y requiere un profundo cambio institucional y de comportamientos que lamentablemente no van a surgir de un proceso electoral en medio de una Argentina con instituciones económicas destruidas.
Aun así, nadie discute que las elecciones son a todas luces imprescindibles para reencausar a la Argentina, porque no se necesita un análisis sofisticado para darse cuenta que problemas económicos tan difíciles, originados en un quiebre de las instituciones económicas y en la ausencia de horizonte, no pueden sino empeorar en manos de los que «defaultearon» y devaluaron con intenciones de destruir las instituciones económicas. Esto que ocurrió en el primer semestre de 2002 no es otra cosa que el resultado de una búsqueda intencionada de varios años para hacer bajar a la Argentina del capitalismo global y hacerla subir de nuevo al tren fantasma del subdesarrollo, la pobreza y la violencia. Pero el punto es que el proceso electoral que se acaba de abrir, lejos de ser el final del desastre de la devaluación y el default, es más bien el comienzo de un problema mucho más grande.
Porque ahora, de frente al mundo y sin las excusas típicamente argentinas de culpar a los de afuera, la gente va a tener que demostrar para dónde quiere que vaya el país. El problema radica en que cuatro años de recesión y de crisis han profundizado la división cultural entre la parte de la sociedad que quiere crecer en paz y modernizar al país sin corrupción y la parte que se opone a la globalización aún al precio de que el país se destruya y sea un teatro de batalla. Cuando se mira esto se ve que el problema de horizonte se va a agravar porque este proceso electoral va a estar dominado por cualquier cosa menos por propuestas creíbles sobre cómo sacar el país del cráter en que está metido: vamos a ver desde apelaciones surrealistas para aislarse del mundo hasta promesas, acusaciones y denuncias propias de los políticos que supimos conseguir. De todo un poco, menos el estudio y planteo de las soluciones a los problemas del país.
En cambio, siendo realistas, ¿qué tendrían que estar respondiendo los candidatos frente a la crisis? Existen problemas urgentes y otros de mediano plazo pero todos con un común denominador: la reconstrucción de instituciones y de políticas que no sean «impresentables» para los ojos del resto del mundo.
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