Sin pensadores ni base de arranque no llegará el plan
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No fue, sin embargo, lo más importante que dijo Hans Eichel en su breve paso por Buenos Aires. Señaló en exposición ante la prensa este concepto clave: «No quisiera que se genere la idea (en la Argentina) de que se puede tener éxito sin una inserción en la comunidadinternacional. De lo contrario terminaría en un desastre» (también la Argentina). José María Aznar acaba de decir en España una vez más lo mismo: «Si en el mundo no se pagaran las deudas sería un caos.»
Sin crítica por simple vicio y sin pasión se puede decir que es el punto decisivo de lo que hoy se le objeta al gobierno Kirchner: el meloneo con el arreglo de la deuda en default con acreedores privados y que ello directamente trabe el futuro argentino, la salida de la crisis, el aprovechamiento de la coyuntura de gran liquidez internacional con tasas bajas que podría venir en forma de inversiones genuinas, no de mero mantenimiento ni de especulación financieray desalienta un crecimiento más auténtico, no sólo basado en la demanda de granos.
En un gobierno tan susceptible a las opiniones ajenas habría que recordar que en estos días un economista mirado cuando menos con simpatía en la Casa Rosada, Javier González Fraga, dijo lo mismo que Eichel y lo que ha dicho varias veces este diario. Expresó Fraga: «La principal falencia (del plan del gobierno), muy comprensible, pero hay que señalarla, es que todavía falta una estrategia de crecimiento que tenga un capítulo industrial, uno fiscal, de comercio exterior y un apartado para pymes. Es comprensible porque PRIMERO HAY QUE RESOLVER DEUDA y tarifas (declaración anterior a que fueran resueltas a nivel de grandes consumidores). No tiene sentido lanzar una estrategia de crecimiento a más largo plazo... La Argentina todavía está en una reactivación, por más fuerte que sea, porque aún se está usando capacidad instalada» («Infobae», febrero 24).
Como dicen, también desde Elisa Carrió hasta Angel Rozas del radicalismo, hay soberbia en el actual gobierno. No se le puede exigir a un elenco santacruceño -además asesorado por un ministro como Roberto Lavagna- que domine las grandes estrategias pero sí la modestia de escuchar opiniones sin hacer el criterio distinto sinónimo de agresión.
Ya hemos dado muchos ejemplos pero veamos otro. El gobierno cree que desde el Estado se puede activar la economía de un país. No en el sentido valedero ( bajar tasa de interés para facilitar crédito, cuidar el gasto público para vigilar la inflación y mantener estables los costos y constante el valor del salario, subir o bajar impuestos, etc.) sino imaginándose capaces los funcionarios de determinar dónde invertir el dinero público con eficiencia. Por caso este gobierno dice: recuperemos los ferrocarriles de pasajeros como otrora. ¿Lo haría un privado? No. Salvo que tuviera financiamiento genuino y cálculo firme de recupero para instalar un «tren bala», al estilo japonés. Aquí la relación costo-beneficio hoy por hoy no justifica competir con el buen nivel del transporte automotor para cubrir distancias. Desde ya que lo que se hizo (sobre los viejos rieles de los trenes de carga, a 30 km por hora, circular también de pasajeros), estaba condenado a descarrilamientos, horarios insoportables, interrupciones de viaje, quejas de pasajeros. Por supuesto que la ecuación cambia si se mejoran las vías con una cuantiosa inversión. Pero no lo justifica en larga distancia como, en cambio, es óptimo y rentable en trenes suburbanos.
En el New Deal de Franklin D. Roosevelt (1932-1944) después de la crisis mundial que arranca en 1929/ 1930 se eligió cavar zanjas y volverlas a tapar para mitigar la desocupación agobiante. Pero fue bueno, aunque suene absurdo, porque se lograron dos efectos: a) no se pierde «la cultura del trabajo» como hubiera sucedido entregando un mero subsidio (el gran error de Eduardo Duhalde que dio origen al actual problema nacional de «los piqueteros» que antes pedían trabajo y hoy sólo más subsidios); b) al tapar zanjas no se compromete al Estado en futuras erogaciones como sí sucede haciendo circular ferrocarriles no necesarios que requerirán subsidios constantes. No olvidemos que desde que un primer magistrado brillante como Arturo Frondizi (1958-1962) comenzó a cerrar ramales carentes totalmente de rentabilidad se llegó a paliar, hacia los '70, el déficit de los ferrocarriles que llegaba a un millón de dólares por día, unos 400 millones de dólares por año. Por eso se aconsejaba abrir y cerrar zanjas en la crisis de 1930 como forma de calmar el desempleo pero sin comprometer el futuro del país con recargos a los presupuestos del Estado.
Es muy difícil que el funcionario devenga en empresario visionario. Si alguna vez sucediera sería casi una casualidad. Si hoy el gobierno Kirchner tuviera grandes pensadores económicos más que intentar reactivar subsidiando ferrocarriles, que no son en absoluto prioridad por pertenecer a un servicio de traslados bien abastecido por la actividad privada, hubiera dispuesto destinar fondos del Estado a astilleros marítimos. El de Río Santiago, algunos cerrados de Dock Sud (hasta se armaron submarinos en uno de Costanera Sur) están en condiciones de dar trabajo, crear producto útil y hasta exportar como hoy se hace con veleros deportivos.
¿Por qué barcos? Porque la irrupción mundial de China en el consumo -la gran novedad de esta época y algo a lo cual la Argentina debe fundamentalmente su reactivación actual-ha traído un problema mundial que se acrecienta día a día: la escasez de bodega en los barcos mercantes por la gran absorción de los envíos que convergen a China.
Una tonelada de granos desde la Argentina al gigante asiático costaba hace apenas un año y medio un promedio de 25 dólares por flete y seguro. Hoy cuesta u$s 85 con más de 200% de aumento. ¿Qué ferrocarril de pasajeros daría esa rentabilidad en relación a un barco carguero botado?
Para este mes de marzo al menos, vísperas de vencerel día 9 una obligación de u$s 3.100 millones con el FMI y la necesidad de que su directorio autorice después restituirlos, es quizá más importante demostrar buena fe por parte del gobierno argentino que mejorar de apuro la oferta durísima de quitarle 90% a la deuda con acreedores privados. El discurso del Presidente morigeró felizmente el tono desde el ultimátum de Miami. Su esposa al regresar de Estados Unidos declaró que podría no ser tan grave aislar a la Argentina del mundo cayendo en default total (cuando al privado sumara el de organismos) y esto ajó la buena imagen de sensatez que había dejado tras su gira. A su vez, del ministro Roberto Lavagna sólo puede decirse que es la negación -y ya desde hace años- de la confianza mínima que debe inspirar el representante oficial de un deudor para logros positivos.
Lavagna habla de que « podríamos pagarles más -o sea con menor quita- a tenedores de bonos más necesitados o enfermos» cuando sabe perfectamente que al emitir un país bonos lo hace mundialmente dentro de la categoría de igualdad de los acreedores (principio universal de parí passu). O sea sus palabras son irritativas gratuitamente. ¿Para qué entonces lanzarlas e irritar a los acreedores a los cuales además trató de envolver con un «registro de tenedores de títulos» -otro gesto irritativo-, desconociendo sus agrupamientos admitidos por bancos, países y organismos internacionales?
El mismo ministro dice que si aceptaran la quita de 75% (real con actualización de intereses en verdad de 90%) en 15 años podrían cobrar más con «bonos por crecimiento». No dice si 100% nominal de los títulos o qué parte de tal monto. Eso presupondría que la Argentina crecieraa 4% anual para duplicar su producto en 15 años. La meta de 4% de crecimiento argentino no es una utopía. Desde la simpleza en las formulaciones de Rodolfo Terragno hasta la fundamentación más seria del economista Juan Llach, se menciona la posibilidad real de un crecimiento así, inclusive de 6% anual, para que la Argentina recupere su retraso histórico, sobre todo a partir de 1997. Pero eso supondría un manejo racional, no ideologizado, no teñido de estatismo -aunque sí con un Estado cuidador de desvíosen la economía. Dentro también de un capitalismo humanista pero serio y de estrategias bien definidas, consensuadas y no meramente demagógicas. Con un país reinsertado con confianza en el mundo, respetuoso de sus obligaciones y por lo tanto imán internacional de inversiones. No se avizora para nada en este ministro, básicamente pícaro, y poco en la intelectualidad creativa del gobierno Kirchner para una epopeya así de crecimiento sostenido.
Por empezar, Lavagna sabe -aunque algunos hombres políticos y del gobierno no técnicos lo ignoren- que el aparato productivo argentino pasó a estar hoy 5 años promedio atrasado con relación a la modernidad de tecnología y maquinaria de los países desarrollados. Es ya historia que en 1997 en Canadá obreros de una planta de General Motors hicieran una huelga para tener la modernización para trabajar que en ese momento tenía la planta de la misma GM en Rosario, Argentina. La actualización productiva, de la cual todavía vivimos, es la verdad oculta con críticas de mera superficie a la progresista década del '90.
Sin inversiones internacionales que complementen el ahorro nacional es imposible crecer como dice Lavagna a 4% promedio anual. Menos aún a 6%. A su vez para que lleguen inversiones internacionales genuinas diversificadoras capaces de exportar industria argentina competitiva, no sólo granos -como sería el proyecto de Toyota en Córdoba-y de no mera recomposición de la capacidad instalada, como mínimo es necesario reinsertarse con credibilidad en el mundo. Y esto requiere un arreglo digno de la deuda con los acreedores privados. Por lo tanto lo que lanza Lavagna son conceptos simplistas para la prensa adicta local o engañando a la extranjera, como acaba de verse para un diario italiano.
Lo mismo cuando habla de la recaudación récord de enero comparándola con la de 1995 pero no dice que la igualdad en pesos no significa lo mismo en dólares y el Estado argentino necesita saldar deuda precisamente en dólares. Tampoco aclara que será la recaudación en pesos igual a la de 1995 pero con tres circunstancias que ese año, de gran auge económico del país, no se daban: no había impuesto distorsivo al cheque, no había retenciones a exportaciones agropecuarias y no había un momento excepcional de demanda de agro a tan alto precio como, inesperadamente, recibe ahora este gobierno de Kirchner.
Si el titular de Economía desfigura la realidad con amañamiento hasta para los argentinos comunes ¿qué confianza puede inspirar internacionalmente para negociar la abultada deuda pública con particulares?
Salvo absolutas excepciones en todo país el gobernanteno representa el pensamiento más cultivado de su país. El haberse encumbrado al poder presupone condiciones naturales, ambiciones determinadas, postura frente a determinados principios y hasta disponibilidad de tiempo para su ascenso que no se conllevan con los de un simple pensador. En la figura que planteaba Juan Bautista Alberdi la realidad del proscenio es el gobernante moviéndose en él, la orquesta que puede o no acompañarlo acopladamente y atrás la platea del público que observa. En el proscenio, entonces, el Ejecutivo. En la orquesta ministros, colaboradores y hasta la prensa. Desde el público el aplauso, la reprobación o la indiferencia. ¿Dónde está lo principal de esta puesta en escena...? Siempre estará en el pensador, en el autor de la partitura, que sigue el gobernante, ejecuta la orquesta y conocerá el público. Si hablamos de Alberdi su idea de país la ejecuta Julio Roca.
Uno de los males de la comedia histórica argentina es que generalmente -hoy más que nunca- los gobernantes improvisan sin partitura probada, bien pensada antes aun cuando tengan buenas intenciones. Para la prosperidad de los pueblos «no se hace camino al andar». Es muy costoso. Dentro de la orquesta los músicos, a su vez, sin pentagrama se subordinan e improvisan de acuerdo con gestos, arrebatos o humores del gobernante. La prensa entonces se hace claque para disimular la improvisación ante la platea.
Por ejemplo, se invoca hoy la partitura del economista John Maynard Keynes. Pero resulta que aquí estamos incentivando el gasto desde el Estado no en el ciclo de baja, para atenuarlo, sino de crecimiento (en 2003 de 8,4% del PBI, récord en el mundo aunque sea relativo si ha sido a partir del fondo de un precipicio). La partitura de Keynes tocada a destiempo desconcierta a la platea. Por lo menos a los que más entienden de música.
En todos los países es excepcional el gobernante y pensador logrado a la vez. De hecho, ninguna doctrina perdurable de evolución nació y se extendió por el orbe a partir de un gobierno exitoso, pero sí a partir de un pensador solitario que normalmente lo precedió.
En los países más desarrollados se ha decantado qué pensadores adoptar, cuando se alternan los gobiernos, o al menos sus movimientos básicos están encapsulados en partidos políticos con postulados medianamente definidos.
Dista totalmente ello en cualquier partido político argentino, por lo cual el plan del gobernante será una incógnita a develarse después de asumirlo.



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