Nueva York (Bloomberg) - Cuando se escriba la historia sobre el colapsode Fannie Mae y Freddie Mac, pasaráa los anales de los escándalos empresariales como uno de los principales engaños contables cometido a plena luz del día.
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Lo único que era necesario hacer para saber que las entidades hipotecarias respaldadas por el gobierno de Estados Unidos eran insolventes era revisar sus estados financieros. No se requería un ojo profesional capacitado para discernir este secreto a voces, tan sólo uno escéptico.
El mes pasado, Fannie y Freddie informaron que al 30 de junio su capital reglamentario era de u$s 47.000 millones y de u$s 37.100 millones, respectivamente. Ahora, el Departamento del Tesoro dice que podría tener que inyectar hasta u$s 200.000 millones de capital en las dos empresas.
Para haber creído esos montos de capital era necesario primero aceptar dos aseveraciones claves hechas por las entidades: la primera, que la crisis del mercado hipotecario sería temporal; la segunda, que tanto Fannie como Freddie serían muy rentables en las próximas décadas, cuando pasara la turbulencia.
Estos no son los únicos cuentos que Fannie y Freddie contaron; sólo son los que tuvieron un efecto mayor en sus cálculos del capital reglamentario. Si Fannie y Freddie se hubieran retractado de esos pronósticos, habrían sido oficialmente insolventes, incluso bajo los laxos estándares del gobierno.
No obstante, hasta fines de la semana pasada nadie con autoridad estaba dispuesto a cuestionarlas al respecto. Esa es la razón por la que Fannie y Freddie pudieron evitar quedar bajo tutela gubernamental por tanto tiempo.
Para cuando el gobierno intervino, Freddie había acumulado pérdidas en papel por deuda relacionada con hipotecas por u$s 34.300 millones que excluyó de sus cálculos de capital reglamentario. Todo lo que Freddie tenía que hacer era decir que las pérdidas eran «temporales» y así podía mantenerlas fuera del monto de capital de la compañía. No parecía importar cuán ridícula era la afirmación.
Fannie jugó el mismo juego. Al 30 de junio, tenía u$s 11.200 millones de pérdidas supuestamente temporales por instrumentos relacionados con hipotecas que excluyó de sus cálculos de capital mínimo exigido por la ley, como lo llama el gobierno.
Las pérdidas temporales tuvieron el efecto de inflar una partida en los balances de ambas empresas llamada Activos de Impuestos Diferidos. Cuanto más crecieron las pérdidas de las empresas, más aumentaron esos activos fiscales, basándose en la premisa de que algún día las entidades podrían utilizar las pérdidas para compensar cuentas futuras de impuesto sobre la renta.
El problema es que si una empresa no espera tener suficientes beneficios para utilizar estos activos, se supone que debe registrar un descuento por valuación en su balance para reducir su tamaño. Freddie y Fannie no permitieron que este requisito se interpusiera en su camino y evitaron contabilizar descuento alguno.
Los engaños de las compañías no pararon allí. En sus declaraciones financieras, ambas empresas representaron que el valor razonable de mercado de sus activos fiscales era de miles de millones de dólares más que lo que se les permitía mostrar bajo US GAAP (principios contables generalmente aceptados en Estados Unidos).
Naturalmente, todo estofue un engaño. Y todo fue revelado, aunque las explicaciones de las compañías no siempre fueron claras. Hubo muchas autoridades que podrían haber parado esto y decidieron no hacerlo. Freddie y Fannie tenían consejos de administración con directivos y comisiones de auditoría externos, aunque hay pocas pruebas de que hicieron su trabajo.
El auditor de Freddie, PricewaterhouseCoopers, podría haberlo detenido y no lo hizo. Lo mismo puede decirse sobre el auditor de Fannie, Deloitte & Touche.
Todo el tiempo, el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke; y el titular del Tesoro, Henry Paulson, hicieron las mismas declaraciones tranquilizadoras sobre el capital de las entidades. Sin duda, sabían cuál era la situación real.
Tampoco lloren por los inversores que perdieron dinero con las acciones de las entidades. Si no quisieron investigar o no entendían lo que poseían, ellos son los responsables.
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