1 de octubre 2012 - 00:00

Alezzo dinamiza y le da chispa a un clásico costumbrista

Mario Alarcón como Don Lucas, el pintoresco personaje de Gregorio De Laferrère, a quien hacen creer que tiene poderes mentales.
Mario Alarcón como Don Lucas, el pintoresco personaje de Gregorio De Laferrère, a quien hacen creer que tiene poderes mentales.
«¡Jettatore!» de G. De Laferrère. Dir.: A.Alezzo. Int.: M. Alarcón y otros. Vest.: G.Galán. Esc.: M. Albertinazzi. Ilum.: F.Monti. (Teatro Nacional Cervantes).

La estupidez es un rasgo invariable de la humanidad, pero no los prejuicios que suelen cambiar de investidura según las épocas. Y, sin embargo, hay supersticiones muy antiguas que seguirán siendo vigentes debido a su carácter utilitario. Como el miedo a la «yeta», ese poder maléfico capaz de ocasionar todo tipo de desgracias.

Esa tonta creencia es el motor de este ingenioso vodevil de Gregorio De Laferrère, que se inicia con una gran conspiración justificada por el amor. Carlos y Lucía son una pareja de enamorados de pronto amenazada por la aparición de Don Lucas, un solterón adinerado que quiere casarse con la muchacha y ya cuenta con la aprobación de sus padres.

La obra es de 1904, y en ella Laferrère (más conocido por «Las de Barranco» y «Locos de verano») ataca la tilinguería de la clase alta porteña y también su mezquindad cuando se trata de marginar del grupo a un individuo de otro «pelaje».

Don Lucas tiene dinero y demasiados años encima para hacer de galán, pero lo que le juega una mala pasada es su simpleza. Carlos, que lo supera en astucia, instala la sospecha de que el veterano atrae la «jettatura» y consigue que un amigo actúe de «médico telepático» y convenza a Don Lucas de que también él tiene poderes mentales.

Es una de las escenas más desopilantes de la obra y en ella Mario Alarcón muestra la hilarante transformación de este perdedor: antes un hombre apocado y ahora un engreído que cree dominar la mente de los demás. La credulidad de unos, la conveniencia de otros, algunas desafortunadas coincidencias y el temperamento excitable de las mujeres de la casa, desatan una cadena de enredos plena de vitalidad. Aunque se trate de una pieza liviana y con personajes del 1900, sigue atrapando al público. Ante todo por su impecable coherencia interna y por su constante juego teatral, basado en el engaño y la representación.

La puesta de Agustín Alezzo realza la comicidad de la obra y consigue que algunas escenas rocen el delirio gracias al expresivo trabajo corporal de sus actores. Todavía quedan por ajustar algunos apagones demasiado largos; personajes secundarios algo desdibujados y también convendría nivelar la energía de las actrices más jóvenes que tal vez impulsadas por el temperamento ansioso de sus personajes aceleran y superponen los parlamentos, dificultando su comprensión.

Quienes más sacan partido de su papel, hasta ahora (además de Alarcón) son Lidia Catalano, como la adorable madre de Lucía, y Claudio Da Passano, un gracioso timbero que odia a todos los «jettatore».

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