Angela Merkel: la respuesta es no

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No, no y no. La tímida revolución francesa capituló en Estrasburgo. Sin refriega. ¿Que Europa carece de liderazgo? Angela Merkel, la premier alemana, no titubeó. Que lo diga el presidente anfitrión Nicolas Sarkozy que presentó el petitorio, o su huésped italiano -el atildado Mario Monti (a Berlusconi no lo hubieran invitado)-. ¿Eurobonos? No. ¿Intervención firme del BCE? No. ¿Hablar siquiera de la conveniencia de que intervenga el BCE? Tampoco. La bajada de línea fue directa. La instrucción resonó clarísima. Y no hubo ni un atisbo de rebeldía para los fotógrafos. Ante la prensa Sarkozy repitió convencido que había que dejar de mentar la participación del BCE ya que se trata de una institución independiente. Lo era también el día anterior cuando propuso, una vez más, volver a discutir el asunto.

Angela Merkel, la señora No, dista de ser satánica. Pero que el BCE asuma la defensa activa de la deuda de la eurozona tampoco es un pecado. El Instituto para los Trabajos Religiosos -que los paganos llaman el banco del Vaticano- se pronunció a su favor con encomio. La cercanía a Roma -después de todo, éste es un tema del César- habrá influido (¿o habrá sido, como en todo banco, la incomodidad de ver secarse la liquidez?). Su opinión doctrinaria: no hay herejía en las compras masivas de bonos públicos y, de momento, son altamente recomendables. Merkel, más apegada a Lutero, no se conmovió.

El Ancien Régime tambalea, la unión monetaria se agrieta, pero la señora Merkel pretende eludir la suerte de María Antonieta. La líder de la Europa de los 17 (o de los que queden, no hay cábala aquí) sabe de los vientos de fronda y de la necesidad de impulsar los cambios. Entiende que no alcanza con decir no con firmeza. De ahí su visión -ya comentada- de una Nueva Europa. La unión monetaria debe completarse con la unión fiscal. Se requieren modificaciones en los tratados europeos, dijo, «para darnos una unión fiscal con más integración política que permita sancionar a los países que no cumplen». La propuesta será presentada «en los próximos días». Y cuando ello ocurra, según el profesor Monti, «todo lo demás se desdramatizará y no hará falta hablar ni de ampliar el papel del BCE ni de los eurobonos». Merkel tiene que saber, por experiencia, que la parte fácil es convencer a sus colegas aterrados. Los jacobinos no son ellos. Por eso no corre sangre en la Bastilla, sólo en los mercados de bonos.

No, no y no. Los mercados de deuda están gobernados por otros plebeyos que no aceptan, hace tiempo, un no como respuesta. Mucho menos tres. Y, a esta altura, tampoco tomarían el sí a los eurobonos como una contestación enteramente satisfactoria. La unión fiscal era una respuesta contundente cuando el temporal no había dañado otra reputación que la de Grecia. O de los países pequeños. Cuando la crisis franqueó el portal de Italia, ya supuso otro riesgo y ahora que se acelera a la velocidad del rayo (y le mojó la oreja a la propia Alemania en una subasta mal manejada) significa mucho menos. Que Merkel proponga esa bandera, todo un símbolo, pero no pueda garantizarla (y la medida cabal de la garantía no es otra que alinear al BCE al servicio de la futura caja común) de poco sirve. Su palabra se devaluó -recordar el crédito de octubre burdamente dilapidado- y el ejercicio que propone -una cesión de soberanía a favor de Bruselas que deberían aprobar los 17 parlamentos (incluyendo el alemán)- parece una tarea colosal para quien ha fallado en recados mucho más modestos. Merkel debe saber que no frenará la embestida con este anuncio. Su mensaje es otro: todavía estamos lejos de cruzar el umbral de su tolerancia. El índice Sarkozy de exasperación -nuestra guía para atisbar un punto de inflexión en la convivencia dentro de la eurozona- titiló una luz amarillo rojiza el miércoles, pero ayer -como se dijo- volvió a sedarse tras apenas una breve reunión. El índice Geithner-Obama directamente no reconoce las turbulencias (debe haberse descompuesto). ¿Quién le quitará la navaja a Merkel? De momento, nadie.

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