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Ayala: “El arte quita las penas del corazón”
Ramón Ayala: “Siempre trato de que una canción tenga dos buenas piernas: la música y la poesía. Respeto la magnitud de la palabra”.
Periodista: ¿Siempre tuvo ese pensamiento?
Ramón Ayala: No, para nada. De joven era un tiro al aire. A los 20 no sabía ni cómo me llamaba. Este amor por la vida es algo que fue creciendo dentro de mí. Un día me miré al espejo y le dije a mi mente: vos no vas a ser mi ama sino que vas a ser mi súbdita. Entonces, me tenés que dar alegría, vida, no pálidas ni muerte.
P.: Usted es una persona con buen humor y con el chiste siempre a flor de piel. ¿Eso tamnbién juega a favor?
R.A.: Pero claro. El humor es fundamental. Siempre hay que tener una pizca porque es lo que nos permite reírnos de nosotros mismos. Parece fácil decir esto, pero no lo es porque la sociedad tiende a empujarnos en otro sentido.
Ayala confirma sus dichos con hechos. A su edad, y siendo autor de muchas de las canciones más importantes de nuestro folklore litoraleño -"El cosechero", "El mensú, "El jangadero", etc.- tendría de sobra con qué dormirse en los laureles. Sin embargo, se muestra en plena actividad. Pinta en el atelier que montó en su casa de San Cristóbal. Lleva adelante una gran reforma de esa vivienda "como si fuéramos a vivir otros cien años" -bromea-. El año pasado publicó, a través del Ministerio de Cultura, un libro enorme que venía escribiendo desde hacía 20 años. Son mil décimas bajo el título de "Las trincheras ardientes del Paraguay (Canto popular sobre la Guerra Grande)". Y más recientemente se editó "Confesiones a partir de la casa asombrada", una serie de relatos que tienen mucho de autobiográfico. "Pero tengo varios libros más escritos, uno de ellos es un canto -poesía y prosa- sobre la Patagonia. Ahora que me animé a mostrar esto, a lo mejor se publique algo más". Además, es protagonista constante de festivales y conciertos por todo el país y hoy actuará en el ND/Teatro junto a los hermanos Juan (guitarra) y Marcos Núñez (bandoneón).
P.: ¿Cómo hace para sostener tanta actividad?
R.A.: No sé. Pero quizá tenga que ver con que son cosas que necesito para sacar las penas del corazón. Cantar, escribir, pintar, son ejercicios del alma. Y como todo me da placer, incluido lo de ensayar o hablar con los periodistas, se me hace muy agradable.
P.: Usted es el creador de grandes obras de la música argentina.
R.A.: Yo, al menos, siempre trato de que una canción tenga dos buenas piernas: la música y la poesía. Soy cuidadoso, respeto la magnitud de la palabra, reviso todo lo que sea necesario. Con la pintura me pasa lo mismo; quien pinta tiene que ser, ante todo, un visualizador, capaz de descubrir los colores, los ritmos.
P.: ¿A qué colegas admira?
R.A.: A Gardel. Ese fue un grande de verdad. Tenía una voz finita al comienzo, como de tenor, pero era barítono y cambió su registro, aprendió a colocar la voz. Encontró un camino para ser lo que tenía que ser: el máximo. Le pasa a muchos artistas que tienen fallas fundamentales, que son ignorantes de su propia voz; no se dan cuenta de que la voz es el instrumento más delicado de la tierra, porque sirve para cantar pero también para hablar y comunicarnos. Así se arruinan la garganta, porque no estudian y no se cuidan. Y con las palabras pasa lo mismo: hay letras de canciones que dan pena; en vez de contarnos, nos atropellan con las sonoridades y con las imágenes.
P.: Pero usted es un artista de fuerte expresión y muchos colores, tanto en sus canciones como en sus cuadros.
R.A.: Sí. Quizá tenga que ver con mi provincia natal, con la espectacularidad del paisaje de Misiones. Pero siempre trato de partir de lo pequeño para alcanzar lo inmenso.
P.: ¿Por qué vive en Buenos Aires teniendo ese apego con su provincia?
R.A.: Tengo un fuerte sentido de adaptación. Me siento habitante del planeta. Ando mucho por el país y son muchos los lugares que me encantan. Y amo Buenos Aires, a la que le he escrito varias canciones, alguna de las cuales quizá hagamos en el teatro.
Entrevista de Ricardo Salton


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