8 de abril 2011 - 00:00

Buen nivel de films rioplatenses ayer en el comienzo del Bafici

La perla negra: «Copie conforme», moroso film de Kiarostami, donde además Juliette Binoche aparece muy poco elegante.
La perla negra: «Copie conforme», moroso film de Kiarostami, donde además Juliette Binoche aparece muy poco elegante.
Buen comienzo tuvo este Bafici. No tanto por la comedia inaugural, «Vaquero», que gustó pero algunos vieron «estilo Bafici para iniciados», ni por obras como «Les avatars de la mort dEmpedocle», de Jean-Paul Touraille, que se ofrece sin subtítulos (otra sólo para iniciados), sino por la primera de la competencia argentina, bien pensada para todo público. Se trata de «Amateur», de Nicolás Frenkel, gozosa recorrida documental por el bochornoso y querido mundo de las películas caseras, con epicentro en un cultor del viejo Super8, cuya obra magna, dicho sea de paso, también podrá verse en este mismo festival, dentro de un «foco» dedicado a los superochistas. Muy graciosa, «Amateur» ya tiene promesa de estreno en circuitos alternativos, y seguramente será invitada de honor al próximo festival de amateuristas de Villa Gesell. Frenkel («Buscando a Reynols», «Construcción de una ciudad») confirma además uno de sus mejores méritos: no se ríe de los otros, sino con ellos.

También graciosa, la primera de competencia internacional, «La vida útil», de Federico Veiroj, Uruguay, con un gordo grandote, de anteojos, evolucionando desde especialista enfrascado en su cinemateca a tipo que sale al mundo, baila por las escaleras a lo Fred Astaire, y logra una cita con una chica. Los habitués del festival tienen un regocijo aparte, porque ese grandote de anteojos es otro habitué que viene todos los años, el crítico montevideano Jorge Jellinek.

Amable, «Música campesina», del escritor Alberto Fuguet, Chile, donde un chileno en busca de su amada aparece perdido en Nashville, capital del country&western, algo así como imaginar un siberiano perdido en Cosquín, capital del folklore. Suerte que por ahí se cruza con una argentina bien porteña que lo aconseja. Y menos amable, «Tilva Ros», de Nikola Lezaic, Serbia, una de adolescentes haciendo skate y tonterías en lugares que antes fueron de trabajo y riqueza para el pueblo.

En paralelas, aburrió un poco «Copie conforme», de Abbas Kiarostami, con una primera hora de charla vacua aunque inteligente entre un hombre y una mujer sobre copias que pueden ser mejores que los originales, pero después se hace más llevadera, cuando advertimos que ambos integran el mismo matrimonio, reciben buenos consejos de desconocidos, y pasean por Cortona, Lucignano, y otros bonitos pueblos de Italia. Igual deja una duda: ¿por qué la protagonista Juliette Binoche luce tan poco elegante, con el corpiño por encima del escote del vestido (y ni siquiera hace juego)? En fin, misterios del alma persa.

Más elogiables fueron algunos documentales sobre el Black Power, veteranos de la guerra civil del Lìbano, comida dudosa, Café Tacuba, etc. Gustaron especialmente tres sobre artistas. Uno, «Lart detre Arrabal», donde el gran provocador se vuelve un tipo afable, agradecido, amado por los niños y las monjas, hace una explicación descostillante e irreverente del cuadro «El jerónimo penitente», les asegura a unos pobres rusos que el propio Lenin escribió el Manifiesto Dadaísta, etc.

Otro, «Daniel Schmid, le chat qui pense», buena introducción para la retrospectiva que el festival le dedica al recordado autor suizo de melodramas, un tipo muy cálido, agradable, que en los 80 supo andar por aquí (su primer pareja fue un artista cordobés). A recomendar, de esa retrospectiva, su documental «Il bacio di Tosca», amorosa visita a los y (sobre todo) las cantantes de ópera residentes en un asilo de ancianos, donde, por supuesto, siguen cantando. Y por último, «Letter to Elia», una carta de Martin Scorsese a Elia Kazan, recordando sobre todo la impresión que le causaron cuando chico «Nido de ratas», «Al este del paraíso», «Rio salvaje» y «América, América». Hijos de inmigrantes, ambos vivieron cosas parecidas, y el joven italoamericano se asombró viendo en pantalla personas, hogares y conflictos que le tocaban de cerca, y que el cine hasta entonces no solía mostrar. «Películas formadoras, me hablaban como nadie me hablaba en la vida real». Años después, cuando conoció al autor, no quiso abusarse con preguntas. «A veces se aprende más de la obra que de su autor». Pero se convirtió en su amigo. Una lástima, que no pudiera venir la viuda de Kazan, como estaba previsto.

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