Compilado de números ya demasiado vistos

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«El Astros está de fiesta». Libro e idea: M. Gómez y D. Comba. Mús. original: P. Marino. Coreografía: V. Wlosko. Dir. Gral.: M. Gómez. Int: N. Guevara, N. Artaza, M. «Bicho» Gómez, J. F. Casanovas. (Teatro Astros, de jueves a domingos).

Cuatro figuras centrales con historias diferentes y con espaldas de anchos diversos y un cuerpo de bailarines de seis chicas y tres muchachos que tienen anatomías talladas y saben mucho de acrobacia. Con esos ingredientes, se armó una cena que más se parece una picada, porque los elementos en cuestión están puestos sobre la mesa casi sin mezcla, sin elaboración, sin más proceso que «juntar las cabezas» y darle una pequeña continuidad al asunto.

Es difícil hablar de «El Astros está de fiesta» como un espectáculo. En rigor, es una sucesión de números sueltos, inconexos, cómicos, bailados o cantados a cargo de los distintos protagonistas, sin mayor relación que la de estar puestos uno después de otro.

Nito Artaza es uno de los «solistas». Cuidado en el vestuario y con un oficio que viene de muchos años de escenario, es de los que menos ofrecen al show en la suma final. Juega un par de momentos en su papel de animador-contador de cuentos, pero lo suyo no es una rutina en el sentido más clásico sino simplemente una lista de chistes -más o menos fuertes, al estilo espectáculo de revista clásica-, varios de los cuales tienen tanta antigüedad que hasta se han escuchado repetidamente en la televisión o en reuniones familiares. Lo suyo se hace más interesante -aunque se le ha visto otras veces, claro- cuando recuerda voces y estilos como los de Tato Bores, José Marrone, José María Muñoz o -la más increíble por su semejanza- del recordado Horacio García Blanco.

Bicho Gómez -uno de los que «juntó las cabezas»- tiene algo más de trabajo en sus cuadros. A la hora de contar chistes, repite el problema de Artaza de apelar a mucho de lo muy conocido. Pero se luce un poco más alguno de los monólogos. Y tiene un par de participaciones destacables, una junto al ballet y otra con Casanovas.

Otro que repite cosas de su pasado es precisamente el francés. Es impecable en sus playbacks de Marilyn Monroe y, sobre todo, de Edith Piaf. Y tiene su mejor momento con el sketch de la locutora que comparte con Gómez. Aunquetampoco hay sorpresa para quienes lo conocen desde hace tiempo por «Caviar».

El ballet es profesionalmente impecable y se destaca más por su destreza que por la originalidad de sus coreografías. Pero hay un cuadro de las chicas en una cama mezclado con baile de caño que logra combinar erotismo con sutileza y hasta con poesía. Y, en todos los casos, son evidentes el esfuerzo y el trabajo puestos en dar con lo deseado.

Otra que sostiene su estética y su profesionalidad es Nacha Guevara. Apenas con algunos problemas en los sobreagudos y en los pases de registro -al menos en la función que vimos-, con pista grabada y sin músicos de escena, sigue demostrando que es una gran artista. Se le puede cuestionar, de todos modos, que haya optado por no arriesgar. Cuatro temas -»Estoy aquí», «Mi ciudad», «Te quiero» y «No llores por mí Argentina»-, reiteradamente interpretados en muchos de sus espectáculos personales, quitan parte del interés a la presencia de quien aparece como la figura central del show.

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